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El Imperio contraatacado

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
18/9/2001
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com
Temáticas:  Política  Gobernabilidad  Internet 
Editorial: 285

Otros más lerdos mandaron regimientos

Nadie sabe todavía de dónde vinieron. Desaparecieron sin dejar ningún mensaje o reivindicación. Pero todos comprendimos, incluso los más refractarios o colonizados por el cine de los efectos especiales, que el infierno que desencadenaron el 11 de septiembre de 2001 fue algo más que una metáfora. Se metieron en el salón de nuestra casa, nos hicieron explotar sus improvisadas armas mortíferas en nuestras narices y todavía estamos limpiando el polvo de los muebles, esquivando los cascotes y preguntándonos sobrecogidos por los miles de desaparecidos. No se han estabilizado aún ni las ruinas, ni los ánimos. El feroz ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono con aviones civiles cargados de pasajeros, retransmitido en directo por las televisiones de todo el planeta, tuvo desde el primer momento toda la apariencia de un suceso cósmico, de esos destinados a conmocionar hasta el orden universal de las galaxias. Sin embargo, ni el humo, ni el polvo, ni la sangre que sabemos que se ha derramado aunque no nos la hayan mostrado, nos debe hacer perder de vista el orden de los factores.

La conmoción hace tiempo que viene produciéndose y la viene padeciendo 4/5 partes de la humanidad. El infierno desatado en Nueva York y Washington no es más que otro bárbaro episodio de esa conmoción, desde luego el más espectacular y sangriento de los que nos han dejado ver en muchas décadas. Suficiente como para que, encima, tengamos que soportar, además del horror experimentado en vivo y en directo, la estúpida alianza que se está forjando para meternos el miedo de la guerra en el cuerpo. No saben contra quién tienen que tirar, ni exactamente por qué. Pero, por más que se empeñen, por más que quieran aferrarse a la demagogia instantánea alimentada por el genuino dolor causado por esta demencial mortandad, el mundo ya no es como los dirigentes del imperio se lo imaginan. Y la persistencia en manejarlo como si todo permaneciera igual que hasta hace tan sólo una docena de años, apunta nítidamente en la dirección de una decadencia considerable de su propio armazón como única superpotencia.

Desde la caída del muro de Berlín, primero, y el imperio soviético, después, EE UU ha tenido que lidiar con una comunidad internacional cada vez más compleja e ingobernable. El escenario bipolar de la guerra fría aseguraba interlocutores, reparto de zonas de influencia, expoliaciones negociadas y unas reglas de juego pactadas dentro de los límites de los siempre veleidosos intereses estratégicos. La información era poder y el poder lo tenía quien poseía la mejor información. A pesar de lo cual, ninguna de las dos superpotencias tuvo ni siquiera la intuición de que una de ellas iba a hacer mutis por el foro en menos tiempo que uno chasquea los dedos, caída del muro incluida.

A partir de la desaparición de la URSS, EE UU se quedó como el único poder imperial en el planeta. Este era un escenario nuevo, pues no existía una arquitectura madura de contrapoderes que permitiera interpretar el nuevo escenario. Las zonas de influencia se esfumaron, así como las referencias negociadoras. Los interlocutores crecían por doquier, los agravios históricos resucitaban con inusitado vigor, así como sedimentos culturales y religiosos muy diversos con los que nunca había sido necesario compartir mesa, no digamos ya dialogar. Y todos ellos exigían lo mismo que habían venido exigiendo durante décadas y que el Norte, afectado por un autismo crónico, se había negado a escuchar: la oportunidad de alcanzar una vida digna, sin la angustia de la espada de Damocles del hambre pendiendo sobre sus cabezas, del deterioro medioambiental, del sojuzgamiento político o del corsé de la dominación tecnológica de los países industrializados. Es decir, salir del estado de conmoción que la guerra fría había sacralizado como "el estado de las cosas".

EE UU (ni sus aliados), por razones que ahora no viene al caso examinar, no hizo una lectura inteligente de la nueva situación. Se aferró a los tics del pasado como si nada nuevo hubiera ocurrido, ni siquiera a ellos. Pero, lo verdaderamente inexplicable es que el imperio no fuera capaz de apreciar en todas sus dimensiones el calado del cambio social que él mismo estaba promoviendo: la popularización de la Red y la entronización de la información y el conocimiento como los bienes esenciales de una nueva e incipiente forma de organización social. Apenas cinco años después de la caída del muro de Berlín, la población de la Red experimentaba una verdadera explosión demográfica. Lo que hasta entonces había sido el predominio del cariz audiovisual de la comunicación, firmemente asido por gobiernos y corporaciones mediáticas, experimentaba un cambio de proporciones. El poder duro de la guerra fría comenzó a algodonarse en lo que, en un editorial del 22/10/96, denominaba "el nacimiento del poder suave".

Internet comenzaba a crear y recrear una nueva forma de comunicación, basada en la participación de sus usuarios, en el intercambio y en el crecimiento espectacular del volumen de información y conocimiento distribuidos en la Red. En los últimos 7 años, esta nueva naturaleza electrónica que nació en 1969, el espacio global por antonomasia, saltó de menos de 3 millones de usuarios a cerca de 500 millones. Pero su ámbito de influencia es incalculable a partir de su combinación con las redes audiovisuales y su penetración en el funcionamiento de las organizaciones. Esta fenomenal expansión favoreció que una parte de la atención se centrara en una visión reductiva de las perspectivas económicas que ofrecía la Red. Pero la vasta mayoría se quedó varada en su principal valor: saber qué pasaba al otro lado del correo electrónico o la web y negociar sus pensamientos a partir de esta actividad. La Red está propiciando nuevas formas de diálogo entre multitudes que no se conocen, o no tienen por qué conocerse, que comparten el mismo espacio electrónico (y real), pero cuya única forma de relación fructífera es a través de la negociación.

En apenas un decenio, la penetración de estas nuevas relaciones sociales ha propinado un enorme revolcón a los comportamientos y percepciones procedentes de la guerra fría. De ésta procede la forma como se condujo la Guerra del Golfo, un acontecimiento más propio del artista Christo, empaquetado y con sólo un agujero de salida: el permitido por la alianza occidental. Conseguir algo así hoy es muy difícil, por no decir imposible, a pesar de la turbulencia causada por los acontecimientos del 11 de septiembre y del aprovechamiento que de ella tratarán de sacar los gobiernos occidentales en aras de la seguridad. Apenas han transcurrido siete días desde el trágico derrumbe de las Torres Gemelas y de parte de la emblemática sede del Ministerio de Defensa de EE UU, y decenas de miles de norteamericanos han tenido la oportunidad de ventear en la Red su rabia, su indignación y también sus interrogantes: "¿por qué nos han hecho esto?" Pregunta peliaguda, porque en otras circunstancias se habrían encontrado con las respuestas elaboradas por sus propios dirigentes y por sus propios medios de comunicación que, como los nuestros, han vuelto a doctorarse en estrategia militar y no cesan de asfixiarnos con planes trasnochados para lanzar oleadas de ataques a todo lo que huela a ajeno. En la Red no es tan fácil establecer esos paisajes en blanco y negro que les son tan queridos. En la Red también están los otros, quienes forman parte de la respuesta a muchas preguntas. Y están respondiendo.

Sin querer jugar a profeta, y sólo con la experiencia que tenemos en la mano de la evolución de Internet, el gran cambio que se nos viene encima —y que los feroces ataques a EE UU van a acelerar— es el del choque de visiones dentro de nuestras propias sociedades. Y no, como pregona el hoy tan cacareado Samuel Huntington, un choque de civilizaciones. Visiones confrontadas entre quienes están dispuestos a mantener un mundo dividido entre la quinta parte de la población que consume los dos tercios de los recursos del planeta, por una parte, y quienes consideran que deben construirse alternativas viables para modificar este 'curso de las cosas'. Este es un cambio político en todo el sentido del término, de la forma de hacer política y de los agentes que hacen esa política. Las manifestaciones de las organizaciones mal denominadas antiglobalización son tan sólo uno de los síntomas de este cambio. Junto a la demanda a las autoridades para que propicien las medidas necesarias para acabar con desigualdades que paralizan y aniquilan a continentes enteros, están apareciendo nuevas formas de organización de la sociedad civil a escala planetaria cuya proyección es imposible de calibrar en estos momentos.

En otro editorial del 10/09/96, titulado "Ojo, que viene el Sur", decía que el número de asociaciones y organizaciones que canalizan acciones y visiones del mundo oprimido "a través de Internet crece sin cesar y la red canaliza esta voz del Sur hasta el mismísimo salón de estar de los hogares del Norte. La cuestión es: ¿estaremos preparados para afrontar semejante tratamiento de choque? ¿seremos capaces de abrir nuestros sentidos a la explicación ajena de cómo fabricamos este mundo cada día, de cómo contribuimos con nuestras pautas de consumo a sostener y agravar las condiciones de vida de quienes por primera vez nos hablan sin intermediarios que distorsionen su mensaje?"

Nunca imaginé, por supuesto, que esta llegada hasta el salón de estar sería con un aldabonazo tan brutal como el del 11 de septiembre. Tras el espanto de los primeros momentos (y, hoy día, los primeros momentos duran muy poco), tras el trago amargo que representa comprobar a qué extremos de locura estamos llegando en la defensa de (y oposición a) un status quo insostenible, la única opción que nos queda es encontrar las vías de negociación propias de este mundo globalizado. Hoy, a pesar de los claroscuros de toda situación compleja, sabemos mucho más sobre lo que nos pasa, mucho más que en cualquier época anterior. El demoledor ataque contra EEUU llega cuando en el mundo aflora una conciencia de que estamos tocando algunos límites sin camino de retorno, de que los desequilibrios producidos por la riqueza de una minoría de la población mundial y la pobreza del resto ha convertido a este planeta en un barril de pólvora y la mecha la tiene gente o con la suficiente codicia o la suficiente desesperación como para encenderla.

Se nos echan encima tiempos en los que unos y otros querrán chantajearnos con sus respectivas alternativas extremas. Pero no está escrito en ninguna parte que esa tenga que ser la única dialéctica posible. Por más inestable y difícil que parezca en estos momentos de agobio, la construcción de consensos a través de redes humanas y electrónicas es la única salida viable para la superación de los obstáculos históricos a que nos enfrentamos. O matar con el terror de la economía o de las armas, o negociar: una disyuntiva que prefigura dos tipos de sociedades muy diferentes y de la que no podremos escondernos, como hemos hecho hasta ahora, amparados en la sordera, la ignorancia o el despiste interesado.

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