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Tener o no tener Internet (*)

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
16/1/1996
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Internet 

Editorial número 2

Lo que con el ojo veo, con el dedo lo adivino


Internet se ha desarrollado en el molde físico de las redes telefónicas o de las líneas de transmisión de datos que cubren el mundo. Esto significa que Internet es esencialmente un fenómeno de los países ricos, donde la densidad de estas redes refleja fielmente el de la distribución de recursos a escala mundial.

Según la UIT (Unión Internacional de las Telecomunicaciones), todavía hay 600 millones de personas en el planeta que jamás han visto un teléfono o han efectuado una llamada telefónica en su vida. Esta abismal diferencia entre ricos y pobres, que se añade como un grave lastre a todas las otras que separan a nuestras sociedad en lo que se ha llamado Norte y Sur, adquiere una especial relevancia en este caso porque marca las distancias entre unos y otros precisamente cuando comienza a configurarse la sociedad de la información.

Aunque todavía resulta complicado pronosticar cuál será la evolución de esta sociedad, no cabe duda que existen ya suficientes elementos como para perfilar algunas de sus características más salientes, así como los beneficios y riesgos que implica.

Resulta difícil imaginar cuál será la factura que pasará el quedar excluido de la sociedad de la información, sobre todo si este empobrecimiento se añade al que hoy acumula dos tercios de la humanidad.

Lo curioso es que el mejor campo de pruebas de que disponemos sobre lo que significará participar plenamente o no en la "Era de la información" no está, en estos momentos, en el Sur o, como dice un amigo mío, "en los países amenazados de desarrollo", sino entre nosotros mismos: entre quienes hoy se conectan a la red de redes y los que no. Esta línea divisoria ya está gestando a dos nuevas clases, que yo definiría como ricos y pobres en relación a tener o no tener Internet. Esto no quiere decir que los primeros —ya sea colectiva o individualmente— sean mejores o más cultos (o más modernos), sepan más, o tengan más información o conocimientos (que son cosas distintas), mientras que lo segundos están signados por la marca del paria. En absoluto.

La frontera entre "riqueza o pobreza electrónica" se manifiesta sobre todo en que el mero hecho de acceder y trabajar con Internet modifica sustancialmente la perspectiva de la sociedad de la información y ésta aparece forjada por una dinámica que resulta inaprehensible desde fuera, desde la carencia del acceso a Internet. Andar por la red brinda una visión opulenta en matices y contenidos prácticamente imposible de encerrar en palabras para transmitirla o transferirla a "la otra clase".

Se podría equiparar esta riqueza a la que adquiría el guía que subía a la loma para divisar el paisaje al otro lado y trazar la ruta de la caravana. El hecho de disfrutar de un punto de vista diferente, en el que se unían dos mundos, el propio con el nuevo, enriquecía su abanico de decisiones y le permitía trazar un curso de acción determinado por los factores inesperados que aparecían en el horizonte. Sus actos -y esto le separada radicalmente de los demás- estaban inspirados en leyes no escritas que se concretaban a medida que su experiencia crecía gracias a su punto de vista privilegiado.

La diferencia es que Internet no es una loma. Es la gran loma, aunque evidentemente no la definitiva. Y no sólo uno sube a su cumbre, sino millones para divisar desde allí un paisaje configurado por la interactividad entre sus habitantes proyectada a una escala inconcebible en el mundo real, lo que le presta un dinamismo propio y único. No es una interactividad explicable o comprensible a partir de la que existe en la vida cotidiana. Esta carece de la magnitud de la audiencia, la densidad, instantaneidad y universalidad de las relaciones que se trenzan en la red. Y, sobre todo, percibe como una reminiscencia atávica la experiencia que supone estar integrado en un ágora donde cada opinión vale tanto —en principio– como la del vecino.

Apenas un internauta comienza a hablar con un "pobre en Internet" se abre inmediatamente la sima entre la sociedad de la información y la industrial. Uno trata de explicar cómo son los valles, los ríos, los bosques, la fauna y la flora que se encuentran al otro lado de la pantalla. Y la respuesta que recibe es: "La felicidad no es eso". O "Internet no resuelve nuestros problemas..." (añadir "políticos", "existenciales", "religiosos", "materiales", "sexuales", etc.).

La distancia entre los argumentos de uno y otro refleja —aunque todavía superficialmente— la brecha que comienza a abrirse entre quienes asumen plenamente los riesgos de participar en la sociedad de la información y quienes contemplan —voluntaria o involuntariamente— el fenómeno desde sus márgenes.

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(*) Este editorial fue publicado con el título "Los pobres de Internet" en el libro En.red.ando. Ediciones Zeta. Barcelona, 1998.

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