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El autismo del Norte

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
03/11/1994
Fuente de la información: La Vanguardia
Temáticas:  Medio ambiente  Gobernabilidad  Periodismo 

El autismo del Norte, escrito por Luis Ángel Fernández Hermana, es uno de los cuatro capítulos del libro "El Medi Ambient vist pel Sud" (*). Los otros tres autores fueron el etnoecólogo Víctor Toledo (México), la física y activista medioambiental Vandana Shiva (India) y el biólogo especialista en recursos genéticos Tewolde Egziabher (Etiopía).

Barcelona. Invierno 94/95:

Índice del capítulo El autismo del Norte:

El cristal del lenguaje
La escoba de las ideas
La inteligencia en la nevera
Petroleros escépticos
La guerra del clima, y viceversa
La tecnología es "nuestra"
El Museo de la señora Tussaud
Río de Janeiro no fue un carnaval
Voces de otros mundos
Las olas del Sur


El autismo del Norte


Entre 1991 y 1994, cientos de miles de agricultores indios se manifestaron en las calles de Nueva Delhi, Bangalore, Hospet (Karnataka) y otras ciudades menores de Utter Pradesh y otros estados. En Hospet se celebraron encuentros que superaron el medio millón de almas. La ola de protestas estaba dirigida contra las medidas adoptadas por el gobierno indio para poner en práctica los programas agrícolas de ajuste estructural impuestos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Se rebelaban también contra las propuestas de la Ronda de Uruguay del GATT (Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas) sobre los derechos de propiedad intelectual, que les obligaba a comprar sus propias semillas a las compañías extranjeras que ahora las vendían con ligeras modificaciones. Aquellas movilizaciones, que se conocieron como el Movimiento de la Semilla Satyagraha, fueron impulsadas por la Asociación de Agricultores del Estado Karnataka (KRRS), fundada en 1991.

El programa de la KRRS se resume en una oposición abierta a la "colonización de la semilla" a través del mito occidental de "las semillas milagrosas", a la destrucción de la diversidad genética, a la pseudoestabilidad ecológica que producen los monocultivos de la revolución verde y a la toxicidad y las enfermedades del suelo por el uso intensivo de fertilizantes y plaguicidas para las variedades de alto rendimiento. Todo ello dentro del marco de la lucha contra la explotación indiscriminada de los recursos naturales y la preservación de los conocimientos adquiridos a lo largo de siglos para proteger el medio ambiente. Entre las bestias negras de la KRRS y, de hecho, de los millones de agricultores indios que se manifestaron en las calles, estaban el "Proyecto Dunkel" y los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio, que en sus siglas inglesas, TRIP, se puede usar como insulto del Norte al Sur en la India sin temor a que nadie confunda las intenciones.

¿De qué trataba el "Proyecto Dunkel? ¿En qué consistía el TRIP? Más aún, ¿cuáles eran las políticas del FMI y el BM que desataron --y desatan-- furias tan incontenibles como la de miles de campesinos que en diciembre de 1992 asaltaron las oficinas de Cargill en Bangalore e incendiaron sus archivos y les hubiera gustado hacer lo mismo con Pepsi? ¿Quién es Cargill? ¿Y la KRRS? ¿Y por qué ese odio contra una compañía que sólo vende refrescos? Aparte del conflicto entre EEUU y Europa sobre los subsidios agrícola, ¿el GATT --la famosa fase final de la Ronda de Uruguay que concluyó entre Ginebra y Bruselas-- trataba de algo más? Si se hiciera entre nosotros una de esas encuestas a la que somos tan aficionados, ¿qué resultados obtendríamos con un temario basado en estas preguntas? ¿Acertaríamos siquiera una? Por si acaso a alguien se le ocurriera semejante empresa (hay gente para todo) vamos a ayudarle con una respuesta: Cargill controla el 60% del comercio mundial de cereales. La pregunta sobre su nacionalidad la incluiremos también en la encuesta. En cuanto a Pepsi..., bueno, una pista: vende refrescos, sí, pero también es una potente corporación del sector de las semillas.

El cristal del lenguaje

Desde que se creó el ámbito que después se ha dado en llamar Tercer Mundo, allá por 1956 en la reunión de Bandung, y sobre todo desde que el medio ambiente se convirtió en una cuestión política prioritaria en todo el planeta, fundamentalmente para la supervivencia de los países en desarrollo, los acontecimientos vitales de estas regiones han chocado clamorosamente en el mayor de los silencios contra el poderío informativo de los países ricos. Sólo las guerras o los actos de violencia, las catastróficas hambrunas o los mal llamados desastres naturales, han ganado eventualmente carta de ciudadanía. Tanto, que la historia de muchos de estos países tan sólo parece un compás de espera entre un terremoto y la siguiente inundación, una erupción volcánica y la matanza de turno, ya sea por guerra, epidemia o, como se dice ahora, "limpieza étnica".

A través de ese cristal deforme, la población del Primer Mundo contempla perpleja una realidad sistemáticamente presentada como extraña, exótica, sincopada y condenada de antemano por su propia incoherencia. Así vemos a quienquiera que sea el que se oculta bajo los mantos semánticos de "Tercer Mundo, países en vías de desarrollo, países atrasados, países menos industrializados o países pobres". Con este subterfugio de la lengua damos fe de que existen y desde esa distancia sideral nos son completamente ajenos. Si nosotros los vemos así, ¿cómo nos ven ellos a nosotros? ¿qué piensan del comportamiento y la forma de pensar de cualquiera que sea el magma que se cubre bajo la colcha del "Primer Mundo, países industrializados, Occidente o países ricos"? ¿Cambia la perspectiva desde el Sur? (Empleo este término, Sur, como los otros mencionados, para referirme a entidades incuantificables, incualificables, pero aproximadamente comprensibles por el sentido común que impregnan estos términos a través de su prolongado uso)

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La escoba de las ideas

Este libro brota de esta realidad insoslayable: todo paisaje está determinado por el punto de observación. Y en el debate sobre las relaciones entre el Norte y el Sur, el paisaje político más trascendental de nuestra época, esta determinación ilustra con una claridad meridiana sus contenidos. Lo que ocurre por aquellas regiones del Sur (ya sea que estén donde geográficamente les corresponde estar, o se encuentren enclavadas en la médula del Norte, de la misma manera como hay retazos del Norte troquelados en pleno Sur) lo contemplamos a la luz de un discurso propio, construido con todos sus convenientes mimbres, un discurso vago, perezoso, autosuficiente, interesado y complaciente. Un discurso en el que los protagonistas sólo tienen la voz que les prestamos para que digan lo que a nosotros nos interesa que digan, para que vivan como a nosotros nos gusta que vivan y, sobre todo, para que desaparezcan como ellos mismos se lo están buscando. En otras palabras, parece que las cuestiones del Sur no van con nosotros más de lo que nos afecta el canibalismo de ciertas especies abisales o la violenta actividad que tiene lugar bajo la corteza terrestre: son fenómenos irremediables con los que se vive a pesar nuestro, pero sobre los que apenas podemos hacer nada.

Esta escisión aberrante en un mundo que se pregona global se manifiesta por doquier, desde los estilos de vida hasta la forma como se piensa esa vida, aquí y allí, en el Norte y el Sur. Desde este punto de vista, este libro es también el fruto de parte de mi propia experiencia profesional durante estos últimos diez años, en los que me ha tocado asistir a numerosas reuniones nacionales e internacionales relacionadas con el medio ambiente. En ese breve espacio de tiempo han aparecido cuestiones nuevas o han alcanzado una prioridad impostergable otras que se venían arrastrando desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Entre las primeras, encabeza la lista el cambio climático por las emisiones crecientes de dióxido de carbono (CO2) debido al consumo industrial de combustibles fósiles; el agotamiento de la capa de ozono causado por los gases clorofluorocarbonados (CFC) empleados sobre todo en equipos de refrigeración; la desertización y erosión del suelo; el agotamiento de ciertos recursos que se pensaban ilimitados, como el agua; la pérdida generalizada de biodiversidad o la desaparición de hábitats enteros por la voraz ocupación de todos los espacios disponibles. Entre las segundas, la lluvia ácida, la destrucción de recursos genéticos empleados en la agricultura, la reducción espectacular del número de semillas de las que depende nuestra alimentación y, por supuesto, la cuestión de la superpoblación.

Cada tema ha tenido --y tiene-- su foro, con su complejo entramado de toma de decisiones, y su congreso o conferencia mundial. Allí suelen encontrarse las delegaciones de todos los países de la Tierra para debatir, frente a focos y taquígrafos, cuestiones esenciales sobre cuya trascendencia ninguna mente en sus cabales pondría en duda. A debatir. A hablar. Y a tomar decisiones. Por supuesto, estos foros son tableros de esgrima donde los floretes ideológicos prueban su temple. En estos combates, no siempre tan corteses como hace suponer la elegancia de los esgrimistas o la solemnidad de los recintos, los estilos suele divergir, lo cual parece natural tratándose de un debate en el que se ventilan posturas encontradas. Sin embargo, las diferencias son más profundas que una mera toma de posición ideológica. En cuestiones de medio ambiente (y no sólo en ellos), el debate entre el Norte y el Sur tiene una dificultad añadida: el lenguaje no sirve como elemento mediador. El lenguaje, en vez de acercar, distancia, crea un territorio insondable en el que resulta imposible que surjan las zonas compartidas donde cada una de las partes reconozca como familiares hasta los elementos más simples: una piedra es una piedra, un valle es un valle. El Norte y el Sur hablan de cosas muy diferentes, se aproximan a los hechos por vericuetos muy distantes entre sí.

El cambio climático, por ejemplo, significa cosas tan radicalmente opuestas para unos y otros, que ni siquiera una inversión multimillonaria en relaciones públicas garantizaría que se encuentren un par de conceptos coincidentes a la hora de trazar una definición del problema. Para ilustrar este desencuentro mental, y que no sólo es privativo del debate ambiental, pongamos un ejemplo: nosotros vemos como lo más natural del mundo enviar a un grupo de médicos a un país africano para ensayar nuevas vacunas sobre la patología que sea, y por supuesto a nadie se le ocurre la posibilidad de que los nativos no corran a prestar su brazo para el pinchazo. ¿Hemos considerado alguna vez la imagen inversa, que un equipo de médicos africanos desembarque en Barcelona con su último descubrimiento y seamos nosotros los que corramos a que nos pinchen? ¿Imposible? Curioso. Porque lo primero está sucediendo constantemente y es en lo que se sustenta parte de nuestro arsenal farmacológico que tanto nos ayuda para prolongar la vida más allá de nuestras propias expectativas y, de paso, convertir a éstas en un suculento porcentaje del PIB. O sea, en un ingrediente sustancial de la estadística de la riqueza que, por tanto, nos coloca en un lugar muy preciso del paisaje de las relaciones entre el Norte y el Sur

Dentro de lo que cabe (pues no podemos olvidar la trascendencia de la discusión medioambiental y lo perentorio de soluciones que afectan a millones de vidas humanas con nombres, apellidos y sus circunstancias), se podría adoptar un punto de vista saturado de comprensión hacia esta construcción bipolar de los acontecimientos. Al fin y al cabo, estamos acostumbrados a que el ejercicio del poder en las relaciones Norte-Sur culmine bajo la forma de una gran escoba que barre para casa sin importar mucho las consecuencias de su acción. Lo grave --por calificarlo de manera caritativa--, y éste es un aspecto sobresaliente en las repercusiones publicas del debate Norte-Sur, es que el punto de vista del Sur rara vez, por no decir nunca, llegue a penetrar en el reducto norteño donde se expone la controversia.

Con esto no quiero decir que los medios de comunicación de los países industrializados hagan oídos sordos a sus argumentos, lo cual suele ser cierto. Sino que se trata de una sordera social generalizada, desde la clase política al alumno del colegio, pasando por el ama de casa, el profesor universitario, el ejecutivo de la PYME o el comerciante. La manifestación más trivial de esta grave enfermedad es el cultivo de lo folklórico y lo exótico, una forma como otra cualquiera de levantar un tabique para expresar el desprecio. Pero también se edifican muros mucho más gruesos que ocultan convenientemente los resultados directos de mantener en perfecto estado a nuestro aliñado y confortable patio norteño. En este trabajo de albañilería política, los medios de comunicación, qué duda cabe, ponen algo más que una buena porción de ladrillos y argamasa.

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La inteligencia en la nevera

En la reunión que se celebró en Londres en 1990 para reformar el Protocolo de Montreal y adelantar la fecha de desfase de los clorofluorocarbonos (CFC), se produjo uno de los reiterados enfrentamientos entre los países industrializados y el resto del planeta con curiosas derivaciones de tipo erótico. En discusión estaba no sólo el cese de la producción de los CFC en fecha más temprana que lo acordado en el protocolo, sino cuáles iban a ser sus sustitutos. Países del Tercer Mundo como China, India, Argentina o Brasil no querían perder su propia capacidad de producción de neveras y sistemas de refrigeración, vitales para sostener el desarrollo económico. Por tanto, pedían un acuerdo en el que se establecieran vías para una transferencia de tecnología que les permitiera reparar el cierre de sus fábricas de CFC con la producción propia de los nuevos compuestos químicos. Los países industrializados se cerraron en banda: la investigación de los gases sustitutos se hacía en el Norte, allí estaban las empresas responsables de dicha investigación y sólo cabía una venta directa de dichos gases por ellas a los interesados. Ya se arbitrarían algunas ayudas para este comercio. Pero la innovación tecnológica es poder, y el poder no se toca.

Este debate ocupó toda la conferencia y, de hecho, a punto estuvo de romperla y mandarla a pique, para mayor desesperación de la doctora en química Margaret Thatcher, quien había hecho alardes de coleguismo para demostrar su preocupación por un tema en el que se ventilaban cuestiones tan cercanas a su formación universitaria, además del futuro de las petroquímicas británicas que participaban del reducido y escogido grupo de fabricantes de CFC y sus sustitutos. A pesar del papel central jugado por la disputa entre Norte y Sur sobre la transferencia de tecnología, sólo sus aspectos más pintorescos fueron aireados en la prensa occidental. El cuerpo de informadores se acercó a esta "curiosa" petición del Tercer Mundo gracias a otro cuerpo que, aparte de su extraordinario talento y capacidad de negociación, posiblemente fue jugado como un hábil subterfugio del heterogéneo conglomerado que conformaban el grupo de los 77 (las naciones "no alineadas") para romper el tradicional boicot a que le somete la prensa de los países avanzados.

Aquel cuerpo venía envuelto en un sari, respondía al nombre de Maneka Gandhi, nuera de Indira, y, a la sazón, directora general de Medio Ambiente de la India. Maneka, una mujer que comenzaba a transitar la treintena, desplegaba una inteligencia aguda, una belleza exquisita y una elegancia desconcertante para muchos de los veteranos corresponsales destacados en la conferencia. Envuelta en saris de color oro, turquesa o carmesí, la delegada india defendía con argumentos implacables el derecho a sobrevivir en un mundo confeccionado por otros. La exposición de las posturas de los países en desarrollo salía de su boca con una contundencia demoledora. La población asistente a sus conferencias de prensa comenzó a crecer a ritmos típicos del Tercer Mundo. Los periodistas occidentales, no obstante, una vez superado el instante de la pasión, recobraban la verticalidad, desenfundaban y disparaban preguntas del tipo: "¿Pero está usted dispuesta a cargar con la responsabilidad de las muertes que se producirán en todo el mundo por cánceres de piel si ustedes siguen usando los CFC en los sistemas de refrigeración y el agujero de ozono cada vez es más grande?".

Maneka esbozaba una leve sonrisa y devolvía los proyectiles sin descomponer el gesto: "En primer lugar, me permito recordarle que los CFC no los descubrimos nosotros. En segundo lugar, le aseguro que la perspectiva de contraer cáncer en un país con los problemas de asistencia sanitaria como tiene el nuestro, no es muy atractiva. Pero tampoco lo es que ahora nos quieran endosar las consecuencias de un problema que no hemos creado. Si es necesario retirar los CFC, los retiraremos. Pero necesitamos acceder a las nuevas tecnologías para producir los sustitutos. De lo contrario, nos veremos obligados a comprarlos en el mercado mundial a las grandes corporaciones químicas. Eso supone, lisa y llanamente, el hundimiento de economías lastradas con la deuda externa y la imposibilidad real de conseguir un mínimo de prosperidad económica. No nos parece justo."

A pesar del arrastre de la delegada India, sus argumentos rara vez encontraron el camino hacia los medios escritos. La TV sí le prestó más atención, aunque sería raro que alguien tuviera tiempo de comprender los argumentos de Gandhi mientras las imágenes --y los comentarios-- la mostraban como la participante más bella y exótica de la conferencia. En cuatro días, sólo dos periódicos de los considerados serios, uno de Londres y otro de Nueva York, incluyeron un día unas líneas referente a la postura de los 77 defendida por Gandhi. En ambos casos hicieron mención expresa de su atuendo. Esta magra representación del punto de vista del Tercer Mundo contrastaba con el maremagnum que se armaba cada vez que William Reilly, director general de la Agencia Medioambiental de EEUU (EPA), o cualquier ministro de la UE, convocaba una conferencia de prensa. En aquellos días, EEUU y Europa rivalizaban por aparecer ante la opinión pública como adalides en la lucha contra el agotamiento de la capa de ozono. Cualquier palabra pronunciada por los primeros espadas de estas delegaciones merecían al día siguiente el titular de portada y 3/4 partes de la crónica. Aunque se trataran de perlas del tipo "Europa no depende de EEUU para decidir cuándo desfasar los CFC" o "Nuestras industrias saben perfectamente dónde está el problema".

Hasta el día de hoy, poca gente en Occidente tiene una idea, siquiera aproximada, de las posturas de los países en desarrollo en relación con los gases que afectan a la capa de ozono. Y no se trata de una cuestión baladí. Los CFC alimentan los motores productores de frío y calor, es decir, constituyen la médula de la actividad industrial. Por tanto, su control tiene un impacto desmesurado sobre las políticas de desarrollo de dichos países, además de los problemas medioambientales asociados al uso de los CFC y sus implicaciones en la salud pública.

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Petroleros escépticos

La misma ignorancia rodea al debate sobre el cambio climático. Dos meses después de la reunión de Londres sobre los CFC, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) organizaron una selecta reunión en Ginebra de un día de duración para una treintena de periodistas y analistas de diferentes partes del mundo. El objetivo era, como rezaba el programa, "hacer una puesta al día sobre el acuciante debate de los cambios globales que amenazaban a la Tierra" y sobre las investigaciones climáticas que se llevaban a cabo en distintas instituciones del planeta, sobre todo en EEUU, Europa y Rusia. La gran mayoría de los invitados procedía de los países industrializados. La posibilidad de un ascenso de la temperatura media de la Tierra debido a las emisiones de CO2 se había abierto paso definitivamente desde los laboratorios científicos al ámbito de la política. Desde 1988, cuando se celebró el primer Congreso Mundial sobre Clima y Desarrollo en Hamburgo (¡así de joven es la cuestión!), me tocó asistir a numerosos encuentros relacionados con este tema.

El Grupo Intergubernamental de Cambio Climático (GICC) ya trabajaba para tratar de perfilar los distintos escenarios medioambientales del próximo siglo y preparaba un voluminoso informe que debía ser presentado en sociedad en octubre de ese mismo año (1990) en la Segunda Conferencia Mundial del Clima, también organizada por la OMM en Ginebra. En todas estas reuniones, siempre me había llamado poderosamente la atención un detalle. Los científicos se mostraban de acuerdo tan sólo en una cosa: el objetivo principal del ser humano (así, en genérico) debería ser aminorar el impacto del cambio climático, para lo cual la primera medida razonable consistía en reducir el consumo de energía de origen fósil y en diversificar urgentemente las fuentes energéticas. Dadas las incertidumbres científicas que rodeaban al cambio climático, esta postura, decían, siempre produciría resultados satisfactorios: si no había cambio climático, mejoraría sensiblemente el grado de contaminación del planeta, nos haría más eficientes en el uso de la energía y el sistema económico, en general, saldría beneficiado; si había cambio climático, su impacto se vería atenuado por las medidas preventivas adoptadas. Este debate progresaba, no obstante, sin que apareciera uno de los principales protagonistas: la Organización de los Países Productores de Petróleo (OPEP). ¿Qué pensaban ellos de la relación entre cambios globales y las emisiones de CO2? Si había que reducirlas, de lo que se estaba hablando era de disminuir el consumo de petróleo. ¿Cómo se podía dar semejante paso sin el concurso de ellos?

Mi sorpresa fue considerable cuando en Ginebra apareció, entre los invitados a tan selecta reunión de la OMM, Marba Al-Saleem, ingeniero químico de la OPEP destacado en Viena. Al-Saleem era el primer delegado enviado por la organización de los productores de petróleo a una reunión internacional sobre el efecto invernadero y los cambios climáticos. Para más señas, el ingeniero era iraquí. Ningún periodista habló con Al-Saleem, a pesar de que no era mudo. Al revés. Tenía ganas de explicar el punto de vista de la OPEP y, en particular, de los países árabes. Durante el almuerzo, el ingeniero iraquí, un hombre bajo, socarrón y fornido como la broca de un pozo petrolífero, accedió gustoso a explicarme por qué había acudido a la reunión. Lo primero que me dijo era previsible: "Nosotros no creemos que se esté produciendo un cambio climático debido a las emisiones de CO2. Eso todavía no está demostrado y falta investigar mucho antes de establecer semejante conclusión. Pero queremos participar en el debate porque hay muchos intereses en juego y parece que quieren involucrarnos. Aunque no creo que nunca lleguemos a plantearnos seriamente una reducción del consumo de energía, como se ha venido hablando en algunos foros".

Pero ¿qué sucedería si las actuales previsiones de los científicos se cumplieran en su vertiente más modesta? ¿qué pasaría si, entre otras cosas, los litorales de muchos países fueran invadidos por el mar, la agricultura se viera sometida a enormes tensiones por el desplazamiento de las franjas temperadas como resultado de un ascenso de la temperatura media del planeta y, en consecuencia, y en el más hipotético de los casos, las sociedades occidentales emprendieran una política de reducción de las emisiones de CO2? Al-Saleem no tenía ninguna duda al respecto: "Aunque se produzca el escenario más catastrófico, nadie querrá vivir por debajo de la línea de confort. Todo el mundo seguirá aspirando a vivir cada vez mejor. Por eso los países pobres no se creen nada de lo que dicen los países ricos sobre la preservación del medio ambiente. Mientras, aparentemente, se muestran muy preocupados por esta cuestión, incrementan la tasa de consumo de combustibles fósiles y no transfieren tecnologías a los países menos desarrollados para que adopten procesos productivos limpios y sin costes gravosos para sus economías. En realidad, prevalece la postura contraria: los países industrializados buscan la rentabilidad más alta vendiendo a los países menos desarrollados tecnologías obsoletas y sucias y luego pretenden que éstos las desfasen porque afectan al medio ambiente".

Los pobres siempre miran al rico y lógicamente quiere vivir como él, prosiguió Al-Saleem. "¿Qué autoridad tienen los países industrializados para pedir sacrificios si lo único que quieren sus ciudadanos es seguir viviendo cada vez mejor, consumir más, sin sufrir ninguna reducción de su confort? La solución a los problemas del medio ambiente estriba en que todas las naciones jueguen limpio y que las ricas hagan todo lo posible para que las pobres también disfruten del desarrollo. No se les puede poner listones a éstas sobre qué desarrollo deben alcanzar para que no haya problemas con el medio ambiente, cuando los propios países industrializados no están dispuestos a autolimitarse". Al-Saleem explicó que las regulaciones más estrictas en la producción se traducen en nuevas tecnologías más caras que muchas industrias o no pueden o no están dispuestas a soportar. "Esta es una de las razones por la que las refinerías de petróleo se construyen ahora en el Golfo Pérsico o en países donde apenas hay regulaciones ambientales [Esta tendencia se ha detenido después de la guerra del Golfo]. Lo irónico del caso es que a raíz de este cambio están variando los criterios de seguridad: nosotros almacenamos el crudo y ellos almacenan sus subproductos, que son los que entran al mercado mundial".

El delegado de la OPEP no creía que este cambio de política industrial iba a traducirse en una mayor riqueza para los países productores del oro negro. "Al revés. Todo será más caro para nosotros, porque los países ricos nunca nos permitirán acceder a las tecnologías claves, siempre iremos por detrás y cada vez pagaremos facturas más elevadas". El técnico puso ejemplos que le había tocado vivir directamente. "Cuando compramos una refinería en EEUU nunca nos venden lo último. Por eso nuestra eficiencia energética siempre es más baja, contaminamos más y, de paso, nos sale más caro todo el proceso. Jamás aceptan vendernos los últimos catalizadores --un elemento crucial para el refinamiento del crudo y que constituye una tecnología puntera muy compleja y cara--, no importa cuánto estamos dispuestos a pagar por ellos. Hemos llegado a ofrecer a ciertos países europeos petróleo gratis durante largos períodos si accedían a vendérnoslos. La respuesta ha sido siempre la misma: No. O sea, que si los queremos utilizar para abaratar nuestros costes y poder competir en el mercado mundial, sólo nos queda... conseguirlos por las malas. Lo hemos intentado de todas las maneras posibles, desde preparar camadas de ingenieros y científicos para adquirir los conocimientos necesarios para desarrollarlos nosotros mismos, hasta operar por las orillas de la ley. El resultado final es que vivimos pendientes de un hilo, porque no podemos consolidar nunca lo que conseguimos. Un cambio de humor de parte de los países ricos puede dar al traste con nuestros esfuerzos ¿Esto qué tiene que ver con la preservación del medio ambiente que nos predican todos los días? Nosotros creemos que, si se mantiene la tendencia actual, las refinerías del futuro estarán en el Golfo, pero siempre tendremos que comprar en los países ricos la tecnología y el conocimiento necesario para mantenerlas en funcionamiento. Nuestra dependencia respecto a ellos no cambiará. Cuando este aspecto cambie, uno podrá pensar que por primera vez se dan pasos efectivos hacia la solución del problema del medio ambiente. Antes, no."

Dos meses después, el ejército iraquí invadía Kuwait. Occidente organizó la armada más formidable desde la segunda guerra mundial, desalojó a Saddam del pequeño emirato y, de paso, como reza el documento oficial de la ONU elaborado tras una inspección en el terreno a los pocos días de concluido el conflicto bélico (1), "los bombardeos sobre Irak han destruido todos los centros vitales de una sociedad altamente mecanizada e industrializada. El país ha regresado a una era pre-industrial". Occidente prefirió el feudalismo de los jeques kuwaitíes a la dictadura industrial iraquí. El primero no compite, sólo vende petróleo. El segundo comenzaba a ser alguien en el mercado regional de Oriente Medio y el sudeste asiático. Pero, a lo largo del conflicto, los países industrializados escondieron convenientemente este "detalle". Nadie hizo las preguntas pertinentes sobre los rasgos más sobresalientes de la sociedad iraquí, en particular los que mencionaba el susodicho informe de la ONU, sobre los que no se dijo absolutamente nada antes, durante y después del conflicto. El autismo funcionó con la precisión de una bomba dirigida por láser.

(1) "Informe al Secretario General sobre las necesidades humanitarias en Irak en el medio ambiente inmediato a la pos-crisis", elaborado por una misión al área dirigida por Martti Ahtisaari, vicesecretario general de administración y gestión de la ONU. 20 de marzo de 1991. En esta fecha, Javier Pérez de Cuéllar, secretario general de la ONU, presentó el documento a los miembros del Consejo de Seguridad.

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La guerra del clima, y viceversa

Con el ejército de Saddam en Kuwait y los preparativos de la coalición occidental en marcha, en Ginebra se abrió la Segunda Conferencia Mundial del Clima en noviembre de 1990. El temario ya había alcanzado carta de ciudadanía y ropajes de alarma: cambio climático, contaminación a escala global, agujero de ozono, deforestación, disminución de la producción de alimentos por pérdidas de suelos destinados a la agricultura, desertización, islas amenazadas por la subida del nivel de las aguas, etc. Delegados de casi todo el mundo expusieron los problemas medioambientales de sus países, de sus bloques, de sus regiones geográficas y políticas. De este "collage" surgió la imagen de un mundo de una complejidad extraordinaria, copado por cuestiones de una enorme trascendencia local que, a través de los sutiles mecanismos del comercio internacional, se integraban en una problemática mucho más vasta e intrincada.

La cuestión de los bancos de genes y cómo se verían afectados por el cambio climático, por ejemplo, le permitió a un delegado de India exponer la rapacidad con la que estaban actuando las corporaciones occidentales acumulando germoplasma que después modificaban ligeramente para venderlo a los propios agricultores que habían cultivado la semilla en cuestión durante siglos. Esta política estaba arrinconando todo un abanico de cultivos tradicionales en pro de los tres o cuatro impuestos por el poderío comercial de estas compañías. El científico indio explicó que de las 240.00 especies de plantas conocidas, apenas 3000 se habían usado alguna vez para alimentación, 1.150 se habían cultivado a cualquier escala y ahora sólo 20 representaban el 85% del consumo humano actual. Tres --arroz, maíz y trigo-- llenaban la mitad de la canasta alimentaria. Algo así como la historia de las bebidas de refresco, que en casi todo el mundo ha quedado reducida a un idilio de dos, pero en versión de semillas.

Este tipo de realidades no goza de muchos favores en las audiencias de los países industrializados. Los habitates del primer mundo estamos convencidos de que los tomates crecen en las neveras y las almendras son un producto típico de ebanistería. El único mensaje que traspasaba nítidamente la sala de conferencias y recalaba plácidamente en las redacciones de televisiones, radios y prensa escrita del pedazo de mundo que concentra a una quinta parte de la población mundial y consume 2/3 de todos los recursos del planeta (incluidos, por supuesto, los alimentarios), era que EEUU se había convertido en una especie de bestia negra del clima porque no quería aceptar limitaciones en el uso de la energía. Esta verdad como un templo, tapaba, sin embargo, otras, que explicaban aquellas sin necesidad de recurrir a manidos lugares comunes o a cargar culpas en la espalda de los delegados de turno, que bastante tenían con saber si a fin de mes seguirían ocupando el mismo lugar en la nómina del ministerio correspondiente.

La única voz del Tercer Mundo que pudo horadar un pequeño canal en los estropeados aparatos auditivos del Norte fue el rey Hussein de Jordania. Su toque de alarma, ante el desastre medioambiental que aguardaba al Medio Oriente si los sables se desenvainaban en el Golfo, parece que impresionaron a los corresponsales de prensa, ya sensibilizados por la cacharrería militar que comenzaba a acumularse en Arabia Saudí, sus aguas aledañas y el cielo circundante. Además, el estremecedor discurso del rey hachemita venía aderezado precisamente con la postura incondicionalmente alineada con EEUU de Arabia Saudí, que durante toda la Conferencia se comportó como un perrito faldero de la delegación de Bush.

En Ginebra, la posición dominante del pensamiento occidental y cristiano ofrecía un frente cementado incluso por quienes, supuestamente, debían agrietarlo. Organizaciones ecologistas de la envergadura de Greenpeace, duchas en el arte de preparar alimentos informativos cortados a la medida de cada uno de los apetitos de la prensa occidental, proporcionaban a ésta el menú que querían escuchar: primer plato, segundo plato, postre, café, copa y puro, todo exquisito, con ingredientes de alta política y pleno de las sutilezas aromáticas de los juegos estratégicos del poder. Por supuesto, todo ello en favor del Tercer Mundo, aunque las argumentaciones del Tercer Mundo no aparecían por ningún lado. Por no aparecer, ni siquiera aparecieron los temores ante lo que podía suponer la guerra del Golfo desde el punto de vista político, ambiental y de consagración de un nuevo tipo de relaciones entre el Norte y el Sur. Jeremy Legget, uno de los pesos pesados de la delegación de Greenpeace en Ginebra, me dedicó unos minutos para tratar de explicarme en detalle lo que estaba sucediendo, porque parecía que mi cabeza mostraba una alarmante resistencia a argumentos tan rápidamente comprendidos por los colegas del International Herald Tribune, The Independent o Le Monde: "Todo este asunto de la guerra del Golfo es una maniobra de distracción para desviar la atención del problema central: la reducción de las emisiones de CO2 por parte de los países ricos. Quieren irse de esta conferencia sin firmar ningún compromiso".

Por supuesto que la cuestión de la reducción de las emisiones de CO2 era un tema prioritario, pero el amigo Leggett perdía de vista una porción considerable del cuadro, curiosamente aquel que afectaba a las relaciones entre el Norte y el Sur y, más concretamente, a la postura del Sur con respecto al funcionamiento del comercio mundial, que no era precisamente un mero apéndice del conflicto del Golfo. Por supuesto, Greenpeace rectificó su postura respecto a la guerra unos meses después --concretamente en enero de 1991--, pero resulta sintomático que hasta las mejor intencionadas organizaciones de defensa del medio ambiente transmitieran acríticamente una visión etnocentrista, sin duda determinada en gran medida por la creencia en el poder movilizador de los medios de comunicación del Norte. Es, hasta cierto punto, un lamentable acto de fe en el dicho de que sólo existe lo que aparece en estos medios.

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La tecnología es "nuestra"

Como suele acontecer en reuniones del calibre como la Segunda Conferencia del Clima de Ginebra, a la que acudieron jefes de estado, primeros ministros y la mayor parte de las delegaciones tenían rango ministerial, las conferencias de prensa proliferaron. Nadie quería perderse la oportunidad de explicar cómo veía los asuntos del planeta ante tan ilustres contertulios. Allí estaba "toda la prensa". Siempre había un foco encendido o una libreta de notas aguardando una declaración. Una de estas conferencias, sobre la que posteriormente nunca he visto la más ligera mención, fue la convocada por Umberto Colombo, a la sazón comisario de la energía de la CE. En la mesa se encontraban algunos directores de medio ambiente de las transnacionales más conocidas. En mis notas tengo a Dupont, Dow Chemical, ICI, Elf Aquitaine y Hoechst. Todas ellas fabricantes de CFC, cuyo impacto en el efecto invernadero se había convertido en una patata caliente, científicamente hablando. Y todas ellas fabricantes de los sustitutos de los CFC, otra patata que empezaba a calentarse.

Una de las mayores preocupaciones de los países en desarrollo, como ya he mencionado antes, era si ellos iban a disponer de la tecnología para fabricar los nuevos gases destinados a los sistemas de refrigeración o si tendrían que comprarlos directamente a los suministradores occidentales. De hecho, desde los primeros días del Protocolo de Montreal, como en todas las reuniones posteriores, esta había sido una reivindicación constante del Tercer Mundo: el problema no lo habían causado ellos y, por tanto, era necesario arbitrar medidas para que no perdieran en el cambio hacia una tecnología más limpia las posiciones que ya habían ganado a costa de mucho sacrificio. El Primer Mundo, por boca de sus políticos, y así había quedado constatado en numerosos reportajes periodísticos, "era sensible a esta postura" y ayudaría a los países en desarrollo. La reunión de Londres para reformar el Protocolo se selló con esta promesa y un cheque de 200 millones de dólares para China, que sirvió para cerrar la boca de Maneka Gandhi y calmar las ansiedades de las autoridades de Pekín, quienes veían que las restricciones sobre el uso de CFC y un crecimiento económico del 5% eran entidades contradictorias.

Allí, en la mesa de Ginebra, estaban quienes tenían que "ejercer" la sensibilidad del Norte. En realidad, ellos mismos eran la quintaesencia del Norte. Para entrar suavemente en el tema, les pregunté qué medidas habían adoptado sus respectivos países para transferir las nuevas tecnologías limpias a los países en desarrollo, cuánta tecnología estaban dispuestos a transferir y a qué precio. Se produjo el silencio propio del estupor. Quizá 15 o 20 segundos, pero sonoros. El representante de Dupont cogió el toro por los cuernos: ningún gobierno, ni propio ni ajeno, había hablado con ellos, juntos o por separado, sobre semejante barbaridad. "¿Cómo vamos a transferir nuestra tecnología que nos ha costado millones de dólares y es la que nos permite mantenernos en el mercado? Si los países en desarrollo quieren continuar con sus programas de desarrollo, no tienen más que pedir cuantas toneladas de los gases refrigerantes nuevos deseen, pagar por ellas y se las serviremos", explicó.

Pero ¿y los compromisos de ayudar al Tercer Mundo para que el abandono de los CFC --en beneficio de todos-- no les sea particularmente oneroso y puedan hacerlo lo más pronto posible? "Eso es algo que les compete a ellos. Ningún gobierno puede forzarnos a transferir tecnologías que ni siquiera están todavía rentabilizadas. Según tengo entendido, las ayudas son créditos para que nos compren los nuevos gases". Pero, veamos, si ellos no tienen recursos económicos, el comprar los nuevos gases en esas condiciones les va a representar un agravamiento hasta extremos ridículos de su deuda externa. Entonces, lo más seguro es que no sustituyan nada y sigan con los viejos procedimientos. Si ocurre algo así, en esta Conferencia se está sosteniendo que el futuro que nos aguarda no es muy luminoso --o lo sería en exceso, por el agujero de ozono--, en cuyo caso ¿qué mercado está defendiendo usted, el de quien vende mucho hoy para no poder vender nunca más porque estaremos todos calvos, o el de quien vende menos y mantiene un ritmo sostenido de negocio por la continua presencia de todos los factores que componen el mercado mundial, aunque sea a costa de compartir ciertos beneficios con los sectores más atrasados?

Aquí entramos de lleno en el terreno de la biología, la selección natural y el señor Darwin, temas cortantes y definitivos según quién los aborde: "Nosotros no podemos darle tecnología a quienes van a ser nuestros competidores en el futuro. Ellos tienen que comprar nuestros productos, porque, de otra manera, simplemente estamos trasladando la amortización de nuestras inversiones en investigación y desarrollo a los competidores. La petición de los países menos industrializados de que se les transfiera tecnología en condiciones favorables es ilusa. Ningún gobierno nos va a obligar a hacerlo. Estamos en un sistema de libre mercado y nadie nos puede decir a quién debemos vender ni a qué coste".

Sorprendente declaración, que he escuchado repetidamente de boca de altos funcionarios y empresarios de EEUU, de diferentes países europeos, de la UE y de Japón. Sorprendente porque eso mismo es lo que ha venido haciendo EEUU a través del Departamento de Estado, el Departamento de Defensa y el Departamento de Comercio durante las últimas cinco décadas. Unas veces bajo el infame paraguas del COCOM, que lo mismo servía para no venderle tecnología a la URSS, como para impedir la transferencia de tecnología estratégica a un aliado "porque no había seguridad de que finalmente no acabara en manos de Europa del Este o la Unión Soviética". Otras veces, a través de las listas negras del Departamento de Comercio, como en la que se encuentra actualmente Zimbabue, boicoteable a todos los efectos porque no goza de un régimen del agrado de la Casa Blanca.

Esto permite perpetrar ciertas acciones al amparo del autismo occidental. En los últimos cuatro años, el centro de Africa ha sufrido una dura sequía que ha destrozado a vastos sectores de la agricultura. Zimbabue no ha sido la excepción. Pero con una diferencia. Zimbabue era el único país de Africa que poseía reservas de grano. Sin embargo, como se encuentra en la lista negra del Departamento de Comercio, el Banco Mundial, esa venerable institución que ya peina las canas de los 51, no le permitió que obtuviera créditos sobre estas reserva --como hacen todos los países "no castigados"-- y le obligó a sacarlas al mercado, lo cual no es más que un seguro cheque al portador para garantizar el hambre de mañana e incrementar el consiguiente endeudamiento externo. Si se producen revueltas y tumultos en el país, no importa. Las fuerzas de despliegue rápido en defensa de la libertad siempre estarán prestas para pacificarlo y demostrarle a las incompetentes autoridades actuales cómo se gobierna. Y si no sale bien, como sucede casi siempre, pues no sale bien y santas pascuas. A ver ¿alguien se acuerda de la invasión de Somalia en el nombre de la sacrosanta bandera de la "seguridad alimentaria", bendencida por el Papa y el Secretario General de la ONU, entre otros?

El último repique de campana era el "sistema de libre mercado". Me permití recordarle al delegado de Dupont que, precisamente, los países en desarrollo se quejan reiteradamente de que no pueden adquirir la tecnología que necesitan ni siquiera comprándola a precios de mercado. Según ellos, el sistema de mercado es cada vez menos libre. La respuesta: "Se trata de bienes estratégicos y corresponde al propietario de ellos decidir a quién se los puede vender y en qué condiciones. La gran mayoría de los países en desarrollo no tiene un sistema de protección jurídica de los derechos de propiedad intelectual. No son seguros." Frases simples, directas y que van al corazón de la sima que divide a los pobres de los ricos. Más que eso, esculpen la continuidad y profundización constante de la brecha.

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El Museo de la señora Tussaud

Este tipo de planteamientos son cruciales en los debates sobre medio ambiente entre el Norte y el Sur. Pero no forman parte del acerbo de la opinión pública en Occidente. Al-Saleem se preguntaba: "¿Cómo es posible que no haya poderosas empresas petroquímicas en los países productores de petróleo del Tercer Mundo a pesar de la riqueza que genera el oro negro? ¿lo explica todo el "exotismo" de los sistemas políticos, la corrupción de las castas dominantes o la incompetencia de los gobiernos? ¿A nadie le extraña que todo el plástico que se utiliza en el Oriente Medio sea importado, cuando somos nosotros los que nadamos en petróleo?" La respuesta es no. A nadie le extraña. Forma parte del autismo de los ricos, una patología conveniente y cuidadosamente cultivada por el poder de las sociedades industrializadas.

En la primavera de 1991, Imperial Chemical Industries (ICI), la poderosa transnacional bioquímica británica, celebró su reunión anual para presentar la cuenta de resultados. La dirección de la empresa convocó a periodistas de toda Europa a una conferencia de prensa en Londres. Por la noche, todos fuimos invitados a una cena en un "restaurante" poblado de ilustres y extraordinarios comensales, aunque bastante silenciosos, autistas definitivos: la sala central del Museo Madame Tussaud. Tras la mesa de cabecera, toda la familia real británica asistió impasible al ágape. El resto de los asistentes al convite estábamos acompañados por un revoltillo de personajes no menos célebres: Winston Churchill, Idi Amín, Franco, Roosevelt, Lindbergh, Pasteur o la señora Curie. La guerra del Golfo había concluido hacía un par de meses y las densas humaredas de los pozos incendiados todavía seguían cubriendo gran parte de la región. A los postres se suscitó una discusión entre el vicepresidente de la compañía y varios de los periodistas que estábamos en su mesa. Tema: el futuro de la industria de fertilizantes.

ICI consideraba que el mercado de fertilizantes había llegado a su cumbre e iniciaba el declive desde el punto de vista de las grandes corporaciones: "Para nosotros, ya no hay negocio". Tras la fallida revolución verde y la saturación del suelo del planeta con productos químicos, la agricultura mundial ya sólo podía utilizar cantidades marginales de abono industrial, una demanda que podrían satisfacer empresas de menor envergadura estrechamente relacionadas con las necesidades locales. ¿Qué iba a suceder con las actuales plantas de producción? La puerta de salida podría estar en las "sociedades industriales emergentes", como las repúblicas de la ex-Unión Soviética y otros Estados del Tercer Mundo. Pero ahí llegó inmediatamente el aviso: "De todas maneras, este es un mercado que a partir de ahora estará rigurosamente vigilado. Después de lo que ha sucedido en Irak, no podemos vender fábricas de fertilizantes a cualquiera, porque siempre podrían tener un uso perverso y convertirse en centros de producción de armas químicas" (como, por otra parte, lo han sido en Occidente).

¿Quién confeccionará la lista de los buenos y los malos? "Las industrias químicas tenemos nuestros propios foros y trabajaremos junto con los gobiernos para examinar cada caso". ¿Cómo se puede saber si la India o Argelia, por poner un par de ejemplos, dos países con una fuerte dependencia de la agricultura, como sucede con todos los del Tercer Mundo, tienen la intención de reconvertir una fábrica de fertilizantes que aún no han comprado en una de armas químicas? "Por sus obras los conoceréis", fue la explícita respuesta. Una forma elegante, por calificarla de alguna manera, de expresar las mil y una formas que posee el poderoso de saltarse las reglas del sacrosanto comercio mundial y del mercado libre. Aunque paguen, no basta. Primero deben mostrar la hoja de servicios. Y después, ya veremos. Ya veremos si conviene que tengan una planta de fertilizantes. ¿Hará elevar la eficiencia de su agricultura? ¿Les volverá muy competitivos en el mercado mundial de productos agrícolas? ¿Sí? Pues ya les encontraremos alguna intención oculta, algún derecho humano violado, alguna secta integrista con inclinaciones genéticas hacia el terrorismo. Lo que sea. Siempre habrá una razón para no vender, o para vender lo que los otros no quieren comprar.

Al concluir la cena le pregunté a los colegas con quienes había compartido mantel si iban a hacer algo con la información que habíamos recibido. La respuesta fue unánime: "Sí, explicaremos que las grandes plantas de fertilizantes quizá se vayan a Rusia" (que no se han ido). ¿Y sobre esta forma de "modular" y "controlar" el desarrollo de países eminentemente agrícolas que quizá requieran del abono químico para sus propios planes económicos? "No, ¿a quién le interesa?" Tres de mis colegas representaban a los periódicos más conocidos de París, Frankfurt y Amsterdam.

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Río de Janeiro no fue un carnaval

La Cumbre para la Tierra fue, como dijo el ministro español de Obras Públicas, Josep Borrell, un "happening". Todos los países del planeta acudieron a Río de Janeiro en junio de 1992 empujados por una epidemia creciente e impaciente de "medioambientitis". Los científicos ya no tenían dudas: las emisiones de CO2 estaban potenciando el efecto invernadero. En la agenda de las próximas décadas de este planeta estaba escrito que el clima podía alborotarse por encima de su umbral de variabilidad natural. La propia historia de este viejo pedrusco que nos acoge así lo atestigua. Sus eras geológicas, cada una de ellas con su clima particular, guardan una estrecha correspondencia con la actividad de los seres vivos y la forma como estos fabrican la atmósfera. Además de las emisiones de varios contaminantes, la ciencia también alertaba sobre otras empresas de lo seres humanos destinadas a ejercer un fuerte impacto sobre el medio: deforestación, ocupación creciente de espacios naturales, erosión del suelo por prácticas agrícolas agresivas, desecación o grave contaminación de fuentes de agua y, en particular, un profundo desequilibrio en el uso de recursos entre el minoritario sector rico del planeta y el resto.

En 1992, el Tercer Mundo, con el 77% de la población total, obtenía el 15% del ingreso mundial, consumía el 12% de todos los recursos naturales y el 13% de la energía total. Todo ello en el marco de una explosión demográfica generalizada. En el Norte, cualitativa: unos pocos consumían lo que distribuido de otra manera y con otros fines, daría para vivir a muchos. En el Sur, cuantitativa. Como explica el ecólogo Ramón Margalef, "la única posibilidad que tienen los pobres de avanzar en la vía biológica es producir un exceso de individuos, muchos de los cuales morirán, pero los que queden podrán contribuir a hacer más eficiente su constitución genética. Este proceso corre paralelo con el que sucede entre los más poderosos: en ellos, lo más probable es que su característica genética de supervivencia no mejore y cada vez tendrán que recurrir más al recurso de la medicina para mantenerse vivos".

A pesar del ambiente de "happening", de la intensa preparación emocional de la Cumbre, de la gravedad de los problemas lanzados sobre la mesa y de la presencia de más de un centenar de máximos mandatarios, Río 92 no alivió el autismo del Norte. Todo lo contrario. Durante la conferencia se escribieron y dijeron miles de millones de palabras. Los medios de comunicación occidentales dedicaron sus espacios de lujo a la gran fiesta del medio ambiente. Los problemas de la pobreza, la desigualdad, el genocidio ambiental y la irracional destrucción de los sistemas vivos ocuparon las más ilustres cabeceras. Como dijo Warhol, tuvieron sus quince minutos de gloria. Pero dentro de un orden. Sin rasgar el pulcro vestido de los conceptos, no fuera que se viera y se oliera la miseria.

Invariablemente, cuando había que descender a los hechos para plantear los mimbres de las soluciones, las fuentes de estos medios de comunicación eran abrumadoramente occidentales. Una pequeña encuesta realizada con otro colega arrojó un resultado perfectamente armónico con la sordera crónica de los ricos. Cuatro de los periódicos más importantes de EEUU (The New York Times, The Washington Post, The Boston Globe y Los Angeles Times), todos con corresponsales destacados en la conferencia, apenas habían citado más de cinco veces en 12 días a una fuente del Tercer Mundo como parte de la explicación de las posturas de los países del Grupo de los 77. En todos los casos, eran respuestas a algo que había dicho un funcionario de EEUU, ya fuera el presidente George Bush o cualquier otro, nunca la exposición de un argumento propio. Esta fidelidad a la patria se repetía, con ligeras diferencias, en los mejores medios europeos. Los grandes debates ocuparon su merecido lugar. Pero la tinta solía correr de un solo color y sin dejar que la mano fuera guiada por una visión equilibrada entre las distintas partes que concurrían al foro.

Unos pocos ejemplos pueden ilustrar este vasto ejercicio de parcialidad que un purista consideraría como una trasgresión flagrante de la regla de oro del periodismo: contrastar la información y dejar que todas las partes implicadas expresen sus puntos de vista. Como estaba previsto, la cuestión de la reducción de las emisiones de CO2 constituía la piedra de toque de la Cumbre. El marco de esta política debía consagrarse en la Convención del Clima. En Río se ventiló ampliamente un argumento, esgrimido sobre todo por EEUU, pero que ha encontrado oídos amistosos incluso entre nuestros políticos, en el sentido de establecer un tipo de contabilidad de la reforestación y la protección forestal que permita computar como reducción o estabilización de las emisiones de CO2 la capacidad de absorción de este gas que se le concede a los bosques. Es lo que se llama "sumideros de CO2", entre los cuales también se cuenta los océanos. La administración Bush planteó --y lo sigue haciendo-- conceder exenciones fiscales sobre las medidas que se adoptaran respecto al consumo de energía a aquellas empresas que planten árboles en otros países. Y, a la vez, sostuvo, dentro de la fracasada comisión forestal, la necesidad de que los países con recursos forestales aceptaran cuotas de talas para equilibrar los gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Esta postura contó con el apoyo interesado de la CE. Sobre todo si se piensa que, como estamos experimentando en carne propia, la Europa comunitaria debía desmantelar 4/5 partes de su agricultura y reconvertir los territorios desocupados en los frondosos bosques medievales que otrora conformaban el paisaje del Viejo Continente. El Ministro Josep Borrell refrendó la misma posición respecto a España en su intervención en la Conferencia. No dejaba de ser una solución elegante. No se tocaban las fuentes de energía, no se modificaba la tasa de consumo de recursos energéticos (¡incluso se podían aumentar, como de hecho ha venido sucediendo!), y los excesos se equilibraban mediante estímulos a que no se talaran árboles en el trópico o a que se plantaran en casa propia o ajena para paliar la ineficiente e irracional gestión agrícola soportada con subvenciones públicas desde la Segunda Guerra Mundial. O sea: que se prepararan los países del Tercer Mundo, porque por cada árbol que talaran estarían favoreciendo que más CO2 llegara a la atmósfera. Esta postura, como es lógico, tuvo buena prensa en Occidente. Era una historia bonita. Íbamos a plantar árboles y, además, quedaba demostrado una vez más que los culpables de la potenciación del efecto invernadero no éramos nosotros, sino los dueños de los árboles en el Tercer Mundo que eran incapaces de mantenerlos erguidos en su sitio.

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Voces de otros mundos

Lo que ya no gozó de tan buena prensa, de casi ninguna prensa, fue la postura de los países en vías de desarrollo, a pesar de que todos estaban allí y ninguno se había plegado a una huelga de silencio hacia los medios de comunicación. Al contrario. Los delegados estaban encantados --y algo estupefactos-- de atender al periodista "europeo" que tenía la delicadeza de preocuparse por su opinión respecto a la postura de EEUU y Europa. Malasia, la India e Indonesia, los países que hablaban por el grupo de naciones de la franja tropical del planeta, sostenían dos puntos de vista. En primer lugar, decían, estamos muy lejos de poseer el conocimiento científico como para establecer una correlación directa entre emisiones de CO2 y acción de los sumideros ("¡ellos hablando de ciencia!", me dijo un querido colega inglés con el que nos hemos pateado decenas de estas conferencias y al que todavía no se le han desprendido los glóbulos coloniales de su sangre británica). En segundo lugar, la postura de los países ricos consistía en trasladar a la fotosíntesis la responsabilidad de detener el calentamiento global causado fundamentalmente por las actividades industriales del hombre.

El delegado de Malasia, el elegante Ting Wan Sen, me explicó sin desenfundar su sempiterna sonrisa planchada: "Nuestros bosques se han convertido en peones de una partida de ajedrez que se celebra en los salones del Hemisferio Norte. No vamos a aceptar semejante chantaje. Utilizan las selvas tropicales con el fin de distraer la atención sobre las enfermedades industriales de los países desarrollados. No se les cruza por la cabeza el corolario lógico de su propuesta. Si quieren imponernos cuántos árboles no debemos talar para que actúen como sumidero de sus emisiones industriales de CO2 ¿podemos imponerles nosotros a ellos qué porcentaje de emisiones deben recortar para que podamos talar árboles y desarrollar algún tipo de industria, aunque sea la de patas de sillas y palillos de dientes?".

Ting Wan Sen, como los delegados de muchos otros países y tanta otra gente, se preguntaba por la misteriosa ausencia de las corporaciones transnacionales en la Cumbre de Río. No hubo debate acerca de ellas, ni con ellas. No hubo forma de que Maurice Strong, secretario general de la Conferencia, las convenciera de la conveniencia de aparecer por la bella ciudad brasileña. Pero, en la vorágine de la Cumbre, fueron pocos los que echaron de menos a las 500 compañías del famoso listado de la revista Fortune, que controlan el 70% del comercio mundial, el 80% de toda la inversión extranjera y el 30% del PIB mundial. De todas maneras, hubiera sido muy conveniente contar con su testimonio, porque el tema de la conferencia era Medio Ambiente y Desarrollo, y ellas son responsable de más de la mitad de las emisiones mundiales de gases que potencian el efecto invernadero.

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Las olas del Sur

Los debates de la cumbre de Río de Janeiro, independientemente de cómo quedaron reflejados en los medios de comunicación y de cómo fueron percibidos por sus vastas audiencias en Occidente, hicieron aflorar las corrientes subterráneas que determinan el curso principal de los acontecimientos. Corrientes que suelen discurrir enmascaradas tras grandes conceptos como el comercio internacional, la libre competencia o el libre mercado. La Cumbre empujó hacia la superficie, con todo su brutal rigor, la cuestión del poder, la profundidad del abismo que separa al Norte del Sur, los obstáculos extraordinarios para acordar la transferencia de las más pacíficas de las tecnologías, el grillete de las patentes y los "royalties", el efecto corrosivo de las subvenciones a la agricultura en las sociedades industrializadas que deja al resto del mundo al borde del precipicio de la hambruna cuando se ve forzada a jugar con las reglas del comercio internacional. En Río se pusieron de manifiesto los verdaderos motivos que amparan la degradación del planeta y, a la vez, la enorme dificultad que existe para atenuarlos o, como se pretendía, modificarlos. Con tan sólo dos años de preparación, se intentó que en la ciudad brasileña los paises del planeta acordaran principios de convivencia que afectan directamente a todo lo establecido. Como idea era bonita. Como realidad, no logró transgredir la ley de hierro que le impone el rico al pobre: "No le escucho ni aunque grite, de modo que ya sabe".

Aunque no tuviera mucho éxito en la empresa, el Sur trató de transmitir un mensaje que no pasó de ser olas batiendo contra un malecón. Un mensaje que viene formulándose desde Bandung, la isla de Java donde a mediados de los años 50 surgieron las semillas de los países no alineados. Un mensaje que ha sufrido en carne propia todos los avatares de los acontecimientos extraordinarios que han sacudido al mundo en los últimos 40 años. En aquel entonces, por ejemplo, el estribillo central era el desarrollo. Ahora es el desarrollo y el medio ambiente, como términos inseparables de la ecuación de la supervivencia del ser humano. En Río de Janeiro, el Sur dijo una y otra vez que si preservar el medio ambiente para todos los seres vivos era un objetivo deseable, era necesario entonces cambiar desde los comportamiento personales, hasta las estructuras políticas, las orientaciones económicas y las perspectivas de la sociedad humana. Las pautas de consumo asociadas al desarrollo industrial están firmemente atrincheradas en el Primer Mundo como síntesis de lo que se denomina estilo de vida o calidad de vida occidental. Sus manifestaciones más aparentes se utilizan como rangos para medir la civilización, el progreso o la cultura.

Los países en desarrollo o pobres, se fijan en esos elementos como metas a alcanzar, pero estas no son independientes del tipo de medio ambiente que hemos generado, de los peligros a que nos lleva con el calentamiento global, el agujero de ozono, la pérdida de suelo fértil y de biodiversidad, la escasez de recursos insustituibles, la disminución de la producción de alimentos y un clima de tensión política que degenera en guerra por la apropiación de los recursos más primarios que puede ofrecer la tierra, como el agua, la energía o las fuentes de alimentos. Cambiar estas perspectivas no lo conseguirán ni diez cumbres como la de Río. Pero serán necesarias como parte de una metodología mucho más amplia de sensibilización, de tolerancia y de solidaridad con los demás, no entendidos como los "otros", sino como la parte indivisible de un sólo hábitat a cuyo destino está amarrado el del género humano.

El indio Rashmi Mayur, miembro de la Red de Estudios Futuros, me dijo en una ocasión como si estuviera contando la broma que le habían gastado el otro día: "Ahora resulta que, casi sin beberlo ni comerlo, tenemos que añadir el efecto invernadero a los graves problemas que impiden nuestro desarrollo. Y, por si fuera poco, tenemos que reducir las emisiones de dióxido de carbono de nuestras industrias atrasadas comprando la tecnología anticontaminante que "ellos" desarrollen. ¡Qué negocio más redondo! Todos sabemos que el calentamiento global del planeta es el fruto del estilo de vida del mundo desarrollado. Pues con todo lo que está pasando ya deberían tener claro que ese modelo no es la panacea ni para ellos ni para nosotros. No sé por qué tratan de imponérnoslo a toda costa. Si no lo quieren cambiar, entonces nos corresponderá a nosotros buscar nuestras propias vías de desarrollo, menos despilfarradoras y más racionales con los recursos que poseemos".

Existe esta búsqueda. Sabemos algo acerca de ella y es uno de los objetivos de este libro: entregar la palabra a quienes en el Sur tienen definitivamente una opinión sobre nosotros y sobre lo que ellos deben hacer para afrontar los graves problemas que hemos creado para todos. El Medio Ambiente visto por el Sur es apenas una gota dentro del gran debate. Una escueta muestra de un problema mucho más serio y profundo. Pero refleja con acierto que Norte y Sur no son sólo regiones geográficas determinadas por la cantidad y la irregular distribución de sus bienes materiales. Son también regiones espirituales, determinadas por los criterios sobre qué se quiere hacer con los bienes que poseemos.

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(*) Sólo hay edición en catalán:
"El medi ambient vist pel Sud"
Col.lecció debats mediambientals.
ISBN: 84-7091-356-5
Beta Editorial S.A.
Roux 67
08017 Barcelona-España
Tel.: +34 93 280 4640
Editado con el patrocinio de la Generalitat de Catalunya.
Departamento de Medio Ambiente
http://www.gencat.net

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