Buscar en LAFH.info
viernes 23 febrero 2024
Secciones LAFH
Consultoría
Conferencias
Formación en red
Artículos
Agenda
Curriculum
GC-Red
Equipo
Servicios
Zona @rroba
> Artículos > Otros medios de comunicación
Quién educa a los educadores

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
02/6/2008
Fuente de la información: Madrimasd
Temáticas:  Internet  Educación  Tecnología 
Artículo publicado en Madrimasd
++++++++++++++++++++++

Mientras las puertas presupuestarias de la investigación científica se cierran poco a poco, a pesar de todos los dictámenes a favor de usar los vientos de la I+D para navegar por la crisis y sortear sus más peligrosos arrecifes, las tecnologías de la información, las ubicuas TIC, parecen gozar de un tiempo estupendo y se benefician del empujón de las denominadas “medidas anticrisis” (aunque cabe preguntarse, antes de este cataclismo económico, ¿qué eran? ¿o no eran?). Entre éstas, descuellan sobre todo las dedicadas a la educación. Rodríguez Zapatero las puso sobre la mesa de los parlamentarios durante el discurso sobre el Estado de la Nación, mientras que algunas autonomías, en mayor o menor medida, ya venían persiguiendo ese rastro. Si hay que abandonar la cultura del ladrillo para dedicarnos a la economía del conocimiento, el certificado del cambio parece ser el llenar las aulas de ordenadores, si es posible muy muy baratos, y repletos de libros digitales, si es posible gratis.

Los peores pensados (los muy mal pensados) consideran que es un signo de los tiempos que, otra vez, dejemos a la ciencia por el camino a los primeros temblores. Aunque, reconocen, que debe ser un signo de tiempos todavía no vividos, que alguien se decida a gastar en TIC para capear una crisis, reorientar la mirada y los saberes de los alumnos y empapar el mercado de trabajo con las competencias de los nuevos profesionales de la sociedad del conocimiento. En el medio, los maestros se preguntan: ¿y nosotros que hemos hecho para merecer esto? Porque el clamor sordo que comienza a contaminar tamaña empresa es el más obvio: por muchos ordenadores que se metan en un aula, no bastan para izar los pendones de la educación digital. Seguramente, un concepto tan contundente debe significar algo más que llegar a acuerdos con marcas comerciales cuyos emblemas en los portátiles y chismes tecnológicos son bien conocidos. Pero no está claro qué significa realmente ese “algo más”.

Lo cierto es que a partir de septiembre, diferentes autonomías van a convertir a sus maestros, alumnos y aulas en verdaderos laboratorios donde, ya sea individual o colectivamente, unos y otros tratarán de encontrar una salida al laberinto en el que los van a meter sin comerlo, ni beberlo. Los maestros, por lo menos los que conozco aquí en Cataluña, están justificadamente inquietos. Por una parte, por fin ocurre algo después de años de dejarse muchos mechones en la gatera de los pioneros digitales para no acabar en ninguna parte. Esto es algo que más de uno pensaba que no lo iba llegar a ver. Por la otra, saben  de primera mano que los educadores no están educados para lo que se pretende de ellos. Y saben algo más, todavía más preocupante: ignoran quién ha educado a los educadores de los educadores, si es que alguien lo ha hecho. Por lo menos, eso de que cada maestrillo con su librillo en esta ocasión no es verdad. No hay librillo.

De todas maneras, aunque estamos asistiendo a un pesado y bastante torpe primer paso de un enorme elefante, resulta difícil predecir si se trata del anuncio de una estampida incontrolable o si cogerá el paso para convertirse en una marcha organizada por algún tipo de concierto cuyos compases todavía no hemos logrado escuchar.

Sabemos, por lo que nos han contado, que miles de estudiantes tendrán portátiles en un abrir y cerrar de ojos (un estudiante, un ordenador, según el proyecto de Cataluña), en colegios que hasta ahora tienen unas pocas aulas informáticas -o una sola- y un escaso equipamiento humano y físico para mantenerlas actualizadas. Que en algunos colegios los profesores tendrán pizarras electrónicas para controlar los portátiles de los alumnos y dirigir el proceso pedagógico. Que no todos saben cómo realizar esta labor o cómo es un proceso pedagógico en un entorno virtual (¿hay que favorecer el “corta y pega”, cómo se estimulan los procesos de reflexión, análisis e indagación, los alumnos sólo estarán conectados con los que están en el aula o funcionarán como miembros de redes sociales en contextos pedagógicos más amplios...? y un largo etcétera que mantiene a más de uno con el cerebro en vela justo cuando su reloj biológico le asegura que es la hora de dormir).

El experimento es crucial, pues la punta del iceberg de una generación se va a asomar por primera vez a una educación incrustada en un sustrato tecnológico que, encima, funciona en la medida en que crea y recrea entornos virtuales muy complejos, en permanente expansión y con un alcance incontrolable, exactamente lo contrario de lo que sucede en la escuela, cuyo entorno es estático, su alcance controlable y la expansión, cuando la hay, sucede mediante procesos de agregación en oleadas de una diversidad de alumnado que apenas alteran el proceso pedagógico, incluso aunque lo degraden. Eso no es lo que va a suceder (no tiene que suceder) en la educación digital.

En este contexto, posiblemente la piedra de toque al principio va a ser cómo encajan las piezas que se han desarrollado estos últimos años, por lo general y mayoritariamente, fuera del rompecabezas, bueno, en realidad no había rompecabezas aunque se sabía que algún día aparecería y habría que empezar a darle forma. Me refiero a las redes que ya han diseñado y experimentado profesores y pedagogos preocupados por toda esta problemática, quienes además han creado recursos de calidad variable pero que, ahora, deberán pasar la prueba del algodón al probarlos en aulas repletas de portátiles. Posiblemente esta es la pata más importante, al menos durante estos primeros años de prueba y error, hasta que se consolide un paradigma de la educación digital viable y capaz de evolucionar al mismo tiempo que la Red.

Todo lo cual no nos puede hacer olvidar que, en el subsuelo de este movimiento telúrico de corte tecnológico, late un cuestionamiento en toda regla a la educación como la hemos conocido hasta ahora, sobre todo a la que podríamos catalogar como educación industrial. La formación en espacios virtuales disuelve las estructuras verticales, que son los organigramas clásicos de la escuela, favorece espontáneamente el aprendizaje transversal, reconstruye el colectivo en individualidades emergentes y apunta hacia un sistema en redes que todavía no hemos probado lo suficiente como para empezar a decir cosas significativas sobre sus implicaciones. Porque en esas redes, que son redes sociales virtuales, la característica que las marca a fuego es que todos sus miembros son productores y consumidores de información y conocimiento y lo comparten como iguales en entornos abiertos y transparentes. Ese es el bagaje que maestros y alumnos cargan en sus respectivas mochilas mentales y llevan al aula poblada de ordenadores conectados a la Red. Esa es su tradición actual y sus usos culturales que se conforman como una segunda piel, por breve que haya sido la experiencia para adquirirlos. Y estos aspectos no sabemos todavía cómo funcionan en la educación. Seguramente, dentro de muy poco ya podremos decir algo al respecto.
Imprimir Recomienda esta URL
CATALÀ
Buscar por temática
 Búsqueda avanzada
LAFH en:
  • Google
  • Yahoo!
  • Ask Jeeves
  • Terra


  • ©LAFH, 2005. Todos los derechos reservados. lafh@lafh.info producido por gnuine