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La audiencia digital

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
11/11/2003
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com, S.L
Temáticas:  Comunidades virtuales  Periodismo digital 

Editorial número 397

Donde no entra tajada, entra rebanada

Una serie de estudios y de encuestas sobre los contenidos de pago en Internet, realizados sobre todo en EEUU, han vuelto a poner sobre el tapete esta cuestión central de lo que se entiende por nueva economía. Sólo que, ahora, con la perspectiva que ofrecen los años transcurridos desde que la era de la burbuja bursátil colocó esta cuestión en el eje del debate sobre Internet, las cosas se ven de otra manera sin que ello quiera decir que hayan cambiado tanto. Lo nuevo, hasta cierto punto, es la preocupación actual por definir qué se considera "contenido online" ante la amplísima variedad de ofertas a disposición del usuario. ¿Estamos hablando de solicitar melodías para el móvil, enviar tarjetas electrónicas, comprar crucigramas o artículos relacionados con temas de actualidad?

Sin duda, esta será una interesante línea de investigación (y de demarcación de los ámbitos de actividad en la Red) en los próximos años. Pero no tengo muy claro que sea muy fructífera. Es como si, a fin de cuentas, nos ponemos a decidir qué cosas son mercancías y cuáles no. Me parece que es coger el toro por el rabo. Y, en gran medida, esta distorsión viene provocada por el peso conceptual que todavía ejercen los "contenidos periodísticos" y todo el entorno gremial y corporativo que los rodean. A fin de cuentas, una parte considerable de analistas y expertos en cuestiones de contenidos proceden (procedemos) del campo de la comunicación y el periodismo, por tanto la parcialidad se da por supuesta.

Internet no sólo es un fenomenal canal de distribución de contenidos. Internet es, sobre todo, y en correspondencia con lo anterior, un fenomenal espacio de construcción de audiencias. No de las audiencias a las que estamos acostumbrados en el mundo real, más o menos estructuradas, fijas, fieles y sostenidas por andamiajes basados en su extracción económica, social, cultural, etc. Las audiencias en Internet, por el contrario, son volátiles dentro de un orden, se juntan no sólo por razones de sus condiciones económicas o sociales. Y, sobre todo, no buscan lo mismo que en el mundo real por la simple razón de que ellas, con su movilidad, interacción, participación, consumo productivo de la oferta y escultora de la demanda, son las que a fin de cuentas determinan una parte esencial de lo que hoy tratamos de definir como contenidos.

Sin un análisis pormenorizado de cómo se conforman estas audiencias, cómo se mueven, qué buscan y consumen, hasta qué punto contribuyen a construir lo que muchos denominan "oferta de contenidos" (como si ésta se confeccionara en un vacío), resultará muy difícil clasificar a dichos contenidos o encontrarles un sentido más allá de que se compran o se intercambian. Me parece que sólo por el camino de lo que podríamos llamar la "construcción de audiencias digitales", un concepto sumamente activo -incluso, hiperactivo- cuando se aplica a la Red, podremos entender que la oferta de contenidos periodísticos, por ejemplo, es tan sólo un aspecto (y quizá marginal o residual) de la actividad global de los "cardúmenes" de usuarios en Internet, si lo comparamos con el volumen de información que mueve cada internauta (ya sea individual o colectivamente) y que, además, lo consume activamente en su vida cotidiana.

También desde esta perspectiva de la "construcción de audiencias digitales" se podría entender mejor qué son los nuevos medios de comunicación y sus diferencias con respecto a los medios tradicionales. A qué tipo de público sirven unos y otros y qué papel juega dicho público en la elaboración de los contenidos editoriales, de la información que se genera y gestiona en dichos medios. En los medios tradicionales, incluso los más audaces, la vinculación más activa de los "lectores" con el medio sigue siendo el de las "cartas al director", aunque ahora la sección se ha transformado en un foro o, incluso, en un diálogo con algunos periodistas. Pero desde ahí hasta el consejo de redacción, hasta la cocina donde se cuecen las políticas editoriales, hay una distancia tan grande como desde un interruptor doméstico a la caldera de una central nuclear.

Los nuevos medios, por el contrario, son constructores de audiencias y éstas contribuyen a la construcción de dichos medios. Por tanto, su relación con la información es diferente, pues hay un elevado grado de pertinencia y, por extensión, de pertenencia. Esto último, la pertenencia, no lo digo en el sentido del típico sentimiento futbolístico aplicado a los medios de comunicación ("yo soy de El País", "yo de La Vanguardia y el Financial Times"), sino por razón del sentido operativo o significativo que tiene el contenido para los usuarios que constituyen su audiencia. Desde esta perspectiva, lo que llamaríamos el firmamento mediático cambia su configuración radicalmente, pues a medida que madura nuestra relación con la Red, más diverso resulta dicho firmamento, más poblado está de medios que para sus audiencias pueden tener una existencia esporádica, efímera, como estrellas fugaces, pero que constituyen por adición el tapiz informativo y cognitivo en el que se desenvuelve una parte considerable (si no toda) de la población conectada.

En este contexto, preguntarnos qué información debería ser de pago nos plantea respuestas muy diferentes. En primer lugar, hay que examinar la relación entre el proceso de generación y gestión de la información, por una parte, y el grado de intervención de la audiencia en dicho proceso y su crecimiento, su maduración, en esa intervención. Así, por ejemplo, nos podríamos encontrar con un nuevo medio que en un primer momento ofreciera información redundante, repetitiva, pero que ha evolucionado junto con su audiencia hacia un tipo de información con un elevado grado de pertinencia, lo cual ha reforzado sensiblemente los lazos de pertenencia de dicha audiencia con respecto al proceso de generación de dicha información. Un elevado grado de pertinencia implica que el sistema original de generación de información -pongamos por caso, un foro- ha evolucionado hacia un sistema complejo, dotado de servicios, herramientas colaborativas, conexiones con otras redes, una política editorial compartida, etc. Todo lo cual lo convierte en un candidato a ser un sistema de pago una vez alcanzada una cierta madurez, es decir, una vez que sólo se pueda mantener el medio en funcionamiento mediante una contraprestación económica de sus propios usuarios (de sus propios productores y consumidores).

Estos nuevos medios de comunicación, productos únicos y típicos de la era digital, no tienen mucho que ver con los medios de comunicación tradicionales, donde la oferta más "radical" consiste en dejar que el lector decida cómo desea recibir la información, si por correo-e, por el móvil, en su pantalla de TV o en un dispositivo digital de bolsillo. Se trata de otro tipo de audiencia, de otro tipo de contenido y, por tanto, de otras reglas económicas: las que hemos desarrollado desde la Revolución Industrial hasta hoy. Internet, sin embargo, nos plantea un marco conceptual diferente para pensar y plasmar la potencialidad de las relaciones bidireccionales de quienes encarnan al mismo tiempo y en la misma persona (o colectivo) la capacidad de producir y consumir, de demandar y ofertar información y conocimiento.

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