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Vigilar al vigilante

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
02/9/2003
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com

Editorial 387


A perro flaco todo son pulgas

La respuesta del gobierno de Bush a la muerte de sus soldados en Irak es elevar cada vez más “el umbral de la seguridad” en EEUU. Ante todo, hay que mantener la tensión para que luzca la preocupación del gobierno por la protección de los votantes y que estos no se desparramen ante el estruendo del fracaso en Oriente Medio. Y cada nuevo apretón en pro de la seguridad se traduce en otro intento de recorte de los derechos civiles de los ciudadanos para defender la “nación asediada”, la cual engorda a ojos vista gracias a las teorías conspirativas con que la alimentan Bush y su gente. Este verano le tocó, lógicamente, a los aeropuertos, que es donde estaba casi todo el mundo en algún momento del período vacacional. Allí se endurecieron todas las medidas de vigilancia y control hasta los extremos de la paranoia más estéril. Los profetas del estado orwelliano y del Gran Hermano aprovecharon para pintarnos, una vez más, un paisaje tremendista de control oficial y supervigilancia de la intimidad más íntima de cada individuo. Pero, como siempre, sobre todo en la era de Internet, esa era la parte más paródica de todo este teatro.

Al Gobierno de EEUU le interesa que el mensaje quede claro: “Mientras nuestros muchachos mueren por una causa justa, nadie va a venir a volar nuestras casas como hacen esos bárbaros que no dudan en bombardearse entre ellos mismos con tal de sembrar el caos y el odio contra nuestra civilización”. Cuanto más cristalino es este mensaje, más transparente es también la respuesta popular: cada vez está más oscuro eso de la reelección del actual presidente, que es lo que verdaderamente está en juego. Y cuanto más nuboso sea el futuro de Bush, más van a apretar los Rumsfeld y compañía para hacer vivir a la nación en un estado de sobresalto y suspicacias crecientes. No puede ser que ahora, precisamente ahora que están en la cresta de la ola imperial, se les escape la madre de todas las tetas: chulear a la comunidad internacional y someterla a sus intereses estratégicos. Estas elecciones que vienen van a salirle muy caras a los ciudadanos de EEUU y, por extensión, a los que se crucen en el camino de la Casa Blanca.

Y no sólo por la patológica tendencia a la vigilancia de la banda bushiana. A fin de cuentas, todo lo que están haciendo en este terreno es sumar incompetencias y preparar un marco de inestabilidad social como jamás han imaginado. La sumatoria de todos los datos personales para “anticipar el futuro y saber todo sobre todos y cada uno de los habitantes del planeta”, como decía uno de los apologetas del proyecto TIA (no confundir con la famosa agencia de Mortadelo y Filemón, se trata del Total Information Awareness promovido por el Pentágono), es algo que viene sucediendo desde hace años. Sus resultados están a la vista.

Las agencias tributarias de casi todos los países del mundo ya tienen acceso a los pagos por tarjeta de crédito, cuentas bancarias, suscripciones a medios, facturas de todo tipo, etc. La policía y las administraciones regionales o municipales, también, o están a punto. Algunos de los gobiernos autónomos de España preparan proyectos para que un nuevo documento nacional de identidad contenga la firma electrónica para Internet, identificación sanitaria y fiscal, amén de todos los datos posibles y por haber de cada individuo. Todo ello, claro está, dentro de una política de “armonización de la información personal” a escala europea.

La concentración de estos datos y su transferencia entre administraciones ha progresado a velocidades crecientes en medio del desinterés social por un tema que afectaba tan directamente a la intimidad de las personas. En los años 80, cuando el gobierno socialista español preparaba la ley de tratamiento automatizado de datos personales, un grupo reducido de gente -entre ellos Julián Marcelo, uno de los pioneros en la lucha contra la intromisión del estado y las entidades corporativas en la esfera de los datos privados, y la Asociación de Técnicos de Informática (ATI)- fundamos la Comisión de Libertades e Informática (CLI). Este primer intento de llevar a la opinión pública el debate sobre este tema se saldó con una serie de declaraciones y de reuniones semioficiales. Pero, a la vuelta de casi dos décadas, la administración pública española (y no es una excepción en el mundo industrializado) está muy bien preparada para cruzar datos personales de todo tipo.

Y no sólo los estados. Cada vez más todos dispondremos de mayores posibilidades de incrementar nuestra intromisión en la vida de los demás. El Mundo Red (si se me permite este concepto) apenas ha marcado sus fronteras. El último grito en la recolección de datos es el “polvo inteligente”, sobre el que investigan varios laboratorios. Este polvo está constituido por motas de sensores inalámbricos que se pueden comunicar entre ellas, crear redes autónomas de comunicación y verificar prácticamente cualquier cosa: temperaturas locales (al aire libre o en espacios cerrados, desde habitaciones a calderas nucleares), tráfico de personas y máquinas, la salud de animales en hábitats remotos, la posibilidad de erupciones volcánicas... Ya han comenzado a sonar las alarmas por lo que pueda significar que las redes de “polvo inteligente” suministren chorros infinitos de datos sobre la Tierra y sus habitantes. Sólo que, en esta ocasión, en principio cualquiera podrá conectarse a la red de polvo que más le interese. ¿Quienes serán entonces los vigilantes y quiénes los vigilados?

Mientras tanto, los vendedores de miedo se encargarán de esparcir la mercancía y de hacer resaltar los casos que ilustran la bondad del producto. Cuanto más alharaca armen, mayores las posibilidades de enterrar bajo el ruido los debates que, sobre todo en Internet, denuncian, por una parte, la estulticia del gobierno de Bush con sus caperucitas conspiradoras y, por la otra, proponen medidas y salvaguardas para manejar la creciente marea de datos personales en manos de las administraciones públicas y privadas, recurso del que ya se habían apropiado sin necesidad de recurrir a las alarmas terroristas.

Aquí es donde está el verdadero meollo del asunto: quien vigila a los vigilantes. Es decir, cómo se controla el uso de los datos personales en un mundo en red, sobre todo en los casos en que pueden ser utilizados para configurar determinados contextos individuales o colectivos. Está claro que ya no basta con el acceso público a dichos datos para “corregirlos o borrarlos”, como se proponía hasta ahora. Las redes han incrementado la circulación de datos personales a escalas inimaginables, como también lo ha propiciado la creciente colaboración entre agencias policiales de diferentes países y la integración de los sistemas financieros y de las telecomunicaciones. Ahora lo amenazado ya no es la intimidad, porque lo que se sigue considerando como intimidad hace tiempo que está rendida a la gestión social, económica o política. Ahora la amenaza es la inexistencia de controles públicos e independientes que permitan saber quién está utilizando qué y para qué. Controles que deberían cristalizar en oficinas del tipo “consumidor de datos”, o entidades parecidas, reconocidas legalmente y con la facultad de exigir la revocación de cargos públicos u otro tipo de sanciones para quienes hayan utilizado inapropiadamente datos personales.

La queja por la omnipresencia del estado o por su creciente apetito por nuestra intimidad se basa en una ilusión peligrosa: eso no está sucediendo ahora y es lo que pretende conseguir. Perdón, señores profetas de la libertad individual basada en la inviolabilidad de los datos personales, eso hace mucho tiempo que está sucediendo, ya sea por derecho o por hecho, por vía legítima o criminal. Lo que no está ocurriendo es que la sociedad perciba el verdadero significado de esta cesión de su personalidad individual y colectiva y no se plantee, por tanto, la necesidad de construir (previo los debates públicos del caso) los controles necesarios para saber quiénes y para qué usan los datos. Y, según el caso, la necesidad de que respondan legalmente de sus acciones, aunque estén inspiradas por la beatífica e inalcanzable meta de la seguridad.

En los próximos años vamos a a asistir al doloroso parto de estos impostergables debates públicos sobre el control de quienes controlan datos sensibles personales y colectivos. Y uno de los principales impulsores será, irónicamente, el propio Gobierno de EEUU bajo el peso de las barrabasadas que cometerá por sus ansias desquiciadas de convertir a la seguridad en un activo electoral. De ahí a pensar que sus proyectos de fiscalización personal permitirán anticipar el futuro no deja de ser un sarcasmo ante su gestión actual de la crisis iraquí. Su gran oreja electrónica, Echelon (véase “Las orejas del lobo”, Editorial 102 del 13/1/1998), estaba preparada para detectar conversaciones sobre bombas, terrorismo y conspiraciones en todo el mundo. Y lo único que viene sucediendo desde el 11/9/01 es que todo el mundo no para de hablar de otra cosa, ya sea por teléfono o por Internet. Tarea complicada ésta la de separar el buen grano de la mala paja (dicho sin ulteriores intenciones).

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