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Historia Viva de Internet. Los años de en.red.ando (1996-1998). Introducción de LAFH

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
10/5/2012
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com
Temáticas:  Internet  Periodismo digital  Historia red  Comunicación digital 
Vol. I de "Historia Viva de Internet. Los años de en.red.ando (1996-1998)"

Introducción
LAFH

Los sedimentos del ciberespacio


"Muchos que se adelantaron a su tiempo tuvieron que esperarlo en sitios poco cómodos". 
Atribuida a Stanisław Jerzy Lec, escritor, poeta y aforista polaco. 


A finales de los años 90 del siglo pasado, era común escuchar en conferencias, o leer en artículos y ensayos referidos a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC),  que “en diez años, estaremos todos en Internet y ni nos daremos cuenta, formará parte de la vida cotidiana”. Han pasado esos diez años y unos cuantos más y aquí estamos: con Internet efectivamente incrustado en la vida cotidiana de millones de personas. Pero nos damos cuenta de su presencia, y mucha. La incorporación de la Red a los hábitos diarios ha adquirido una velocidad, una inmediatez, un alcance y unas dimensiones de tal calibre que, por una parte, transforma el mundo que toca incluso aunque sea por mera proximidad, volviéndolo tan complejo e intrincado como lo es, por ejemplo, la creación de lo global y lo local y sus infinitas concatenaciones.  Por la otra, la Red, sobre todo su virtualidad, tiende a jibarizar todo lo que toca, a simplificar a través de la instantaneidad, la cercanía, la disponibilidad y la accesibilidad a la información ese mismo mundo que enreda constantemente, cogiéndonos por el cogote y sumergiéndonos sin remisión en un misterio insondable que, ese sí, se ha vuelto cotidiano, rutinario: a medida que tenemos más información, más información necesitamos para comprenderla, lo que nos mete en un pozo sin fondo para encontrar el conocimiento y los saberes que nos permitan desentrañar los acontecimientos que nos sirven desde un acelerado menú que se renueva en un bucle sin fin.

Pero, como todas las cosas que toca la velocidad de giro de la información, al conocimiento y los saberes, dos términos casi tan populares hoy como la Piqué en otras épocas (consúltese la Wikipedia), los hemos rodeado de una aureola esotérica que ofrece una generosa multiplicidad de interpretaciones y de aplicaciones, aunque sea a situaciones contradictorias. En esta agitación sin pausas que tiende a compactar el tiempo y el espacio, lo más fácil es perder de vista de donde venimos, sobre todo si de donde venimos es una construcción intangible donde se mezcla lo efímero, con lo virtual y lo emergente, lo cual contribuye considerablemente a las dificultades que experimentamos para acceder a la actualidad armados con algo más que las herramientas de la inmediatez.

Esta Historia Viva de Internet pretende reparar, en parte, este déficit. Hay bastante documentación sobre las diferentes fases que ha vivido la Red desde que comenzara a funcionar la conexión entre cuatro ordenadores de las universidades de Utah y las tres de California allá por 1969. Pero no hay tanta información sobre qué estaban haciendo, y cómo lo estaban haciendo o para qué, los que después devinieron en internautas, usuarios o cualquiera de estas insuficientes denominaciones que nos hemos otorgado para explicar que somos ciudadanos conectados. Ni en España, ni en EEUU, ni en ninguna parte disponemos de este tipo de documentación. Quizá por eso, entre otras razones, la historia que cuentan estos volúmenes, que apenas ha añejado poco más de una década y media, pareciera que viene de la profundidad de los tiempos. A más de uno de los que se atrevan a consultar esta páginas, “si no estaban allí” la melodía les sonará a tambores y flautas, los instrumentos musicales más antiguos que conocemos.

La Historia de la Red, con mayúsculas, y casi todas las historias que la componen, han madurado en barricas difíciles de localizar actualmente, en muchos casos incluso se han perdido quizá para siempre. El agujero negro digital se las ha tragado tras cada convulsión que ha sacudido al ciberespacio. Sucedió con el tránsito hacia la web a partir de 1994, cuya aparición estelar en Internet de la mano de los navegadores y de páginas llenas de colores, bellas tipografías, imágenes estáticas o móviles, audio y la promesa de una cascada de maravillas encapsuladas en aquel código, liquidó una parte todavía incalculable de la información, conocimiento, experiencias, experimentos, iniciativas, etc., que habían generado sobre todo decenas de miles de  comunidades virtuales desde finales de los años 80 del siglo pasado, ya fuera a través de BBS, listas de distribución, plataformas tecnológicas públicas de discusión o de elaboración y ejecución de proyectos, como USENET o APC, o privadas, como Compuserve, AOL o TCN. Los internautas de aquella época, cuando las pantallas de los ordenadores eran oscuras, mudas y estáticas,  literalmente no tuvieron tiempo (ni ganas, ni recursos) para trasladar cantidades ingentes de información a la cada vez más predominante y omnipresente estructura digital en Internet, la World Wide Web. Aquel naufragio fue catastrófico, pero alegremente asumido porque un nuevo amanecer iluminaba el ciberespacio y los nuevos que venían a disfrutarlo no sabían qué se habían perdido.

Otro tanto, pero con diferentes características, volvió a ocurrir tras el meteorito bursátil que destrozó la burbuja de las puntocom. Y cuando todo el mundo parecía feliz y contento con las potentes herramientas de publicación personal que emergieron tras esa hecatombe, como los blogs y las wikis, ¡zás!, aparecieron las plataformas de medios sociales (social media), como MySpace, Second Life o Facebook, por mencionar sólo a algunas de las más populares, y la historia de Internet volvió a reescribirse y, otra vez, una parte de su información y conocimiento se fue por ese famoso agujero negro digital que algunos estudiosos sostienen que se ha engullido ya a 4/5 parte de todo lo publicado en la Red desde su creación. Unas veces motivado por cambios espectaculares, como el de la web, otras porque la continuidad y sostenibilidad de los proyectos no son precisamente las virtudes más cultivadas en el jardín digital.

Contra esa poderosa tendencia del “Game Over” es que se publica esta Historia Viva de Internet. Es apenas una píldora, o un remedio casero, sí, pero viene desde adentro y es una forma de combatir a ese desaguadero de experiencias, ilusiones, inteligencia, talento, visiones y, muchas veces, desastres personales, colectivos o corporativos, que han tenido como único escenario Internet y como protagonistas a sus usuarios.

La historia que aquí presentamos no está escrita, como suele ser habitual, después de los acontecimientos, sino durante. Es una de las extrañas ventajas que proporciona la Red. Tras diversas experiencias como internauta en El Periódico de Cataluña y en diversas redes, como GreenNet o Compuserve, entre otras, me pareció que la aparición del ciberespacio suponía la discreta e invisible conformación de un nuevo universo que venía cargado de  promesas, riesgos, relaciones insospechadas, reformulaciones y visiones que requerían una reflexión más sistemática y profunda que la espasmódica o superficial que, por aquel entonces, admitían los medios de comunicación. En la Red ya había millones de personas que se afanaban en un abanico inabarcable de actividades, pero no había análisis y reflexión sobre lo que esto estaba suponiendo, sobre el impacto individual y colectivo de la progresiva e insidiosa penetración de Internet.

En esas circunstancias, el martes 9 de enero de 1996 publiqué en el ciberespacio “La torre de Babel inteligible”, un editorial bajo el genérico nombre de en.red.ando. Ya estábamos en “época web” y poco podía imaginar en aquel momento que ese ejercicio lo repetiría desde entonces cada martes hasta el 27 de julio de 2004, salvo durante un par de periodos de vacaciones estivales en los que Karma Peiró e Ibán García Casal me reemplazaron. En total, 434 editoriales que se publicaron desde el principio en castellano e inglés, a cuyas lenguas se añadió después el catalán y el gallego. Los textos los anunciaba como una reflexión y análisis de lo que sucedía en Internet, con especial énfasis en el impacto social, económico, cultural, político, científico, etc., que iba produciendo a medida que la Red se desplegaba e incorporaba a más y más aspectos del quehacer de nuestras sociedades.

Escribir a pie de trinchera mientras caen las bombas te lleva a veces a disparar contra enemigos... y amigos. Es un riesgo que se debe asumir y que debe tomar en cuenta el lector, que se encontrará con posturas, opiniones y juicios que, como las explotaciones agrícolas de Andalucía, son manifiestamente mejorables. Quizá debería preguntarse: “¿Yo habría sostenido lo mismo de haber estado allí?”, a ver si la irritación o contradicción con lo expresado se suaviza y se entiende mejor. El otro aspecto a tomar en cuenta es la perspectiva. Donde la mayoría solía ver en aquella época gente, internautas, y así medía la evolución de Internet, a partir de volúmenes y cantidades, a mí me preocupaba y fascinaba la penetración del ciberespacio en actividades de todo tipo, la creación de nuevas áreas de conocimiento o la transformación acelerada de las que considerábamos bien asentadas, la conmoción que producía en las instituciones y administraciones, públicas o privadas, así como en las empresas, la educación (formal o no), la comunicación, las relaciones personales, el procesamiento y distribución de información... Y, sobre todo, el sigiloso pero apabullante afloramiento de las reglas no escritas de Internet en la superficie, en lo que se ha dado en llamar “lo presencial”, “el mundo físico” por oposición al mundo virtual, que se convirtió en la locomotora de lo que ahora denominamos sin dudar como ”cambio cultural”.

Los primeros editoriales se alojaron en los servidores de L'Infopista Catalana, más tarde rebautizada como Vilaweb.com. Al principio, aquel artículo semanal, siempre subtitulado con un refrán, era muy parecido a lo que hoy se llama bitácora o blog: un texto de autor, un casillero remailer para que el lector dejara su correo-e y recibiera un aviso automático cada vez que cambiara la página (lo que hoy se conoce como RSS) y un formulario para que los lectores dejaran su opinión o comentarios. La tecnología para conseguir esto era muy parecida a la fabricación de un Frankestein digital: pedazos de software encajados como obras de filigrana para que aquello funcionara como una página abierta a la intervención de los lectores. Durante buena parte de 1996, la respuesta de estos fue de un silencio sepulcral. Me llegaron muchos mensajes por vía de “asuntos internos” animando a seguir con la experiencia, pero poca participación pública a pesar de la invitación expresa a que los internautas no sólo escribieran comentarios, sino que propusieran artículos o temas que reflejaran los usos que hacían o se hacían de la Red. Nada de nada. Hasta que el amigo Vicent Partal publicó en Vilaweb que en tal fecha de julio de 1996 yo cumplía 50 años y aquello fue estruendoso. Llegaron mensajes al formulario de en.red.ando desde lugares que nunca habría imaginado que estaban siguiendo esta discreta experiencia.

Las cosas empezaron a cambiar a principios de 1997. Poco a poco aparecieron algunos avanzados que propusieron unirse al editorial para abordar algunos temas en los que estaban trabajando en Internet. Al ver que ya éramos unos cuantos, en marzo de ese año decidí ampliar las instalaciones virtuales y fundé la revista electrónica en.red.ando, que incluía el editorial y artículos escritos por los protagonistas de lo que contaban. De hecho, era una especie de revista para-científica, donde se verificaba que lo que se publicaba era cierto y que los autores estaban realmente implicados en los proyectos, estudios, investigaciones o iniciativas que analizaban. La revista fue ganando prestigio, tanto por pionera como por la calidad de las colaboraciones y por su regular persistencia: cada martes aparecía un número nuevo con una cantidad variable de artículos. Poco a poco la publicación se convirtió en un verdadero laboratorio de I+Deas. Pero esa es una historia que corresponde al segundo volumen de esta Historia Viva de Internet.

En los editoriales de estos primeros tres años (como en los tres siguientes) tiene un peso  justificable toda la problemática de los medios de comunicación, de las empresas de medios de comunicación, del periodismo, del periodismo electrónico o digital, de los nuevos perfiles profesionales en la comunicación, de los nuevos medios y las nuevas empresas de la comunicación. Y digo justificable fundamentalmente por dos razones: en primer lugar, porque yo procedo del periodismo y la comunicación, por lo tanto, mi propio quehacer profesional se vio agitado rápidamente por la centrifugadora de Internet; en segundo lugar, porque los medios tienen una enorme capacidad de auto-representación pública, por lo que el debate sobre su futuro ante la irrupción de Internet siempre adquirió una desmedida importancia frente a otras industrias que sufrieron y siguen sufriendo las transformaciones radicales impuestas por la constante expansión del ciberespacio.

Los editoriales se presentan como fueron publicados, salvo correcciones de errores tipográficos. Pero los términos son los que se usaban entonces, lo cual le puede chirriar a un lector de hoy. Este es un aspecto que no debemos olvidar y que constituye una dinámica de hierro de Internet: la Red está siempre, desde su fundación, en constante crecimiento. De hecho, se dice que en el ciberespacio funciona una extraña ley: cada año, aproximadamente, la población de la Red se dobla. Esto, como es de esperar, tiene profundas implicaciones en todos los aspectos imaginables. Las audiencias crecen, se modifican y se reestructuran como cardúmenes, se forman e informan en un proceso continuo de expansión, donde se mezcla la experiencia, la madurez tecnológica, el empuje de lo nuevo, el aprendizaje desde cero de todo lo que afecta al mundo virtual, lo imberbe con lo veterano... Por eso, los debates a veces son reiterativos, pero no repetitivos, porque las situaciones, aunque parezcan las mismas, cambian y agitan los fondos abisales de la Red.

Antes de cerrar esta introducción debo decir que no tengo palabras para expresar la intensidad de mi agradecimiento a la Editorial de la UOC por publicar estos textos. No valen en esta ocasión las frases hechas. Desde que cerró Enredando.com en 2004, he negociado con varias editoriales para que alguna asumiera un proyecto de esta envergadura, como era el de publicar todos los editoriales que vieron la luz en los 8 años de funcionamiento de la revista electrónica en.red.ando. Ofertas de publicar una selección, o incluso de reescribirlos y actualizarlos (?), tuve varias. Pero nadie tuvo la audacia y el interés de emprender la aventura de publicarlo todo como lo que es, como una parte de la Historia Viva de Internet, hasta que Lluís Pastor, director de la Editorial de la UOC, decidió que eso era precisamente lo que quería y se debía hacer.

Este agradecimiento lógicamente lo quiero extender a todos los que participaron en la experiencia de en.red.ando, ya sea directa o indirectamente, o por vía de contaminación benigna. Fueron muchos y gracias a su trabajo, talento e inteligencia contribuyeron activamente a profundizar la visión, la interpretación y el análisis de estos editoriales. Sin ellos, no consigo imaginar la persistencia del impacto que esta peripecia tuvo en todos nosotros.


Luis Ángel Fernández Hermana
Fundador y director de Enredando.com
y de la revista electrónica en.red.ando
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