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Historia Viva de internet. Los años de en.red.ando (2002-2004) Introducción de LAFH

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
11/5/2012
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com
Temáticas:  Periodismo digital  Comunicación digital  Historia red  Internet 
Vol. III de "Historia Viva de Internet. Los años de en.red.ando (2002-2004)"

Introducción de LAFH

Aprender haciendo y hacer con lo aprendido


“La tecnología es nuestra segunda naturaleza” (Lynn Margulis, bióloga, entrevista en en.red.ando, 25/4/2000)


Este tercer volumen de “Historia Viva de Internet, los años de en.red.ando” cubre dos años y medio, desde enero de 2002 hasta julio de 2004, cuando la empresa Enredando.com cerró sus puertas y su legado comenzó a discurrir por otras veredas, entre ellas, por ejemplo ahora, esta trilogía. Estos dos años y medio marcaron indeleblemente la primera década del siglo a sangre y fuego. Tras el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, vinieron las guerras de Irak y Afganistán y los atentados de Bali, Atocha y Londres. Estas tragedias maduraron un escenario listo para representar una obra en la que se privilegiara la razón de la fuerza militar, la conveniencia de acogerse a los principios líquidos de la seguridad y la necesidad de sacrificar derechos en el altar del bien común, siempre según la interpretación del poder político y económico de turno. Si bien esta melodía no era nueva, esta vez incluía dos factores encadenados que galopaban aparentemente impulsados por dinámicas propias y que cambiaban radicalmente la orquesta a la que estaba destinada la partitura: la globalización creciente de todo tipo de relaciones y transacciones, por una parte, y la capacidad de Internet para “invadir, conquistar y trastocar” espacios de todo tipo, físicos o mentales, individuales o colectivos, a una velocidad y profundidad que superaba constantemente lo imaginable.

De hecho, una de las gracias y de los atractivos de Internet es precisamente que constantemente supera lo imaginable. Así ha sucedido desde su creación y así sigue sucediendo hoy. Lo cual, no deja en muy buen lugar a nuestra capacidad de análisis y prospectiva cuando se trata del ciberespacio (y mira que le metemos esfuerzo, talento e imaginación a este asunto), aunque, de paso, si lo miramos por el lado de la botella donde hay líquido, al menos su aparente comportamiento errático e impredecible nos orienta sobre la evolución de las demandas y los requerimientos en el mundo virtual, de los saberes y conocimientos que son necesarios para trabajar en la Red y aprovechar sus posibilidades o detectar sus riesgos, mientras que, al mismo tiempo, nos va dejando un rastro reconocible de su progresión, que no es lo mismo que saber hacia dónde va. 

Por tanto, constantemente nos estamos moviendo en una dialéctica que, casi sin darnos cuenta, determina lo que hacemos y cómo lo hacemos en la Red. Por una parte, movidos por la creciente sencillez de uso y el amplísimo espectro de aspectos que incorpora, aplicamos toda la carga de apasionamiento típica del aficionado, de quien se ve narcotizado por la curiosidad y el ansia de descubrimiento. Por el otro lado, sin embargo, todo se va tornando más complejo y, también casi sin darnos cuenta, aparece la demanda de conocimientos nuevos, diferentes, capaces de desentrañar lo que hacemos y saber lo que construimos o queremos construir. Esta dialéctica entre una aproximación amateur y otra de carácter progresivamente más profesional de las redes, que goza de un largo recorrido y de un rico historial compartido, al convivir en el mismo espacio y tiempo, categoriza sin explicitarlo las demandas, los ritmos y los límites, físicos y virtuales, de lo que hacemos. Los saberes nuevos emergen a partir de un proceso combinado de innovación social de tales dimensiones e impacto global como quizá no hemos conocido nunca, pues, en esta ocasión, se suma a lo nuevo un dispositivo de comunicación en red que subvierte las reglas de juego que hemos conocido al respecto hasta ahora.

Esta dinámica coloca en el primer plano, ya no sólo de la Red, sino de la sociedad, la necesidad de extraer, organizar y clasificar conocimientos generados por las olas de innovación social, a veces evidentes y otras discretas, de manera tal que sean reutilizables para los fines más diversos, que nos permitan movernos entre lo que podríamos denominar un uso elemental y espontáneo de la Red y los usos avanzados acordes con un mundo cada vez más complejo, entre otras cosas, precisamente por la complejidad de las redes que somos capaces de construir. En el fondo, este tipo de dilema nos acompaña desde la noche de los tiempos. Como señala Eudald Carbonell, uno de los directores de Atapuerca (véase la entrevista con él en la revista en.red.ando el 25/12/2001), tardamos unos 200.000 años en resocializar el fuego, es decir, en integrarlo como una faceta más de la actividad cotidiana, lo que sin duda fue una innovación que cambió el signo de los tiempos: modificó, de entrada, los hábitos culinarios y gastronómicos y, por tanto, parte sustancial de la cultura asociada a la caza y la recolección. Aquellas primeras chispas se convirtieron en un incendio silencioso, discreto y decisivo, para el devenir del género humano.

Pero el cambio no residía tan sólo, ni mucho menos, en el uso elemental del fuego, por más radical que esto fuera en términos de calefacción y cocina. El giro de civilización se produjo cuando comenzaron a comprenderse las propiedades del fuego y el calor, que desembocaron en el desarrollo de diferentes tecnologías para tratar la madera, fundir y alear metales, cocer materiales y, en fin, adquirir e incorporar al arsenal tecnológico humano estos recursos básicos y esenciales que no hemos abandonado desde entonces. Algo parecido sucede con las estructuras virtuales que propicia Internet y con el conocimiento que desplegamos para construirlas y funcionar en ellas. Estamos sin duda al principio de la resocialización de estas tecnologías de la información y la comunicación y de su conversión en tecnologías maduras de la sociedad de la información y el conocimiento.

Por tanto, nos encontramos inmersos (por lo menos) en un doble proceso de descubrimiento, con sus propias leyes y determinaciones, que lógicamente no conducen siempre o indefectiblemente al mismo lugar. Por una parte, el uso de los medios sociales (también mal denominados redes sociales) requieren conocimientos básicos de las TIC que se extraen, sobre todo, a fuerza de experimentar, aunque con dificultades evidentes para sistematizarlos y aprovecharlos, entre otras cosas, por el carácter efímero de la información que generan y gestionan. Es mucho más rico el lenguaje que va engendrando, que lo que dicho lenguaje trata de capturar y describir.

Las redes sociales de conocimiento, por otra parte, requieren conocimientos más elaborados y estables, una aproximación por tanto profesional, relacionada con el diseño y la gestión de las estructuras virtuales y con los procesos de agrupamiento para alcanzar objetivos específicos y resultados operativos. Entre ambos, entre lo amateur y lo profesional, hay por supuesto un amplísimo gradiente de actividades y posibilidades, donde se mezclan huellas y memorias de ambas partes, donde se aprende a socializar comportamientos en red y donde surgen y se plantean las preguntas que, según como sean trabajadas y respondidas, apuntan decididamente en una u otra dirección.

Como no podía ser de otra manera, en Enredando.com nos movimos en ambos lados de la moneda, pero con una firme vocación de encontrar un camino que nos permitiera extraer un tipo de conocimiento más cercano a los usos avanzados de la Red. En otras palabras, profesionalizamos nuestro trabajo como constructores de redes casi sin saberlo, a toda velocidad, porque, una vez iniciados en un camino, la emergencia de nuevos conocimientos, la necesidad de adquirirlos, sistematizarlos y probar su bondad al volver a aplicarlos, más la presión incesante del mercado, es decir, de generar productos que garantizaran la supervivencia de la empresa, se convirtió en una vorágine cotidiana que, cuando acabó en julio de 2004, nos dejó con un silbido en los oídos como el eco de una tempestad que, en realidad, todavía no ha amainado. Los usos avanzados de la Red, si acaso, se han convertido en una necesidad todavía mayor gracias al despegue de los medios sociales, a sus repercusiones socializadoras, a la creciente necesidad de comprender el mundo actual, cambiante y en ebullición, todo lo cual comporta un nivel de exigencia que presiona notablemente sobre nuestra faceta de usuarios apasionados y eleva sensiblemente el cariz profesionalizado de nuestra forma de trabajar con estas tecnologías.

Por tanto, lo que no sabíamos o no teníamos, tuvimos que inventarlo, sobre todo porque no estaba disponible, ni gratis ni de pago, ni aquí ni en ninguna otra parte. Y, en este proceso, la selección de las preguntas y la forma de responderlas se convirtió -como sucede en tantos aspectos de la vida- en el nudo gordiano que había que desatar. El llegar rápidamente a la conclusión de que quien hacía preguntas también “sabía” o “encontraría” las respuestas si las trabajaba en red, comenzó a abrirnos las puertas conceptuales de las redes sociales de conocimiento y a reforzar un largo y potente hilo conectado con la propia cultura y tradición de Internet (que, aunque no lo parezca, la tiene), con sus comunidades virtuales, sus redes ciudadanas y un amplio abanico de experiencias que nos había tenido a algunos de nosotros como protagonistas. Si hablábamos de la sociedad de la información o la sociedad del conocimiento, o incluso de la sociedad de la innovación, la forma de trabajar en esa dirección tenía que consistir en ser capaces de organizarnos como sociedad de la información y dotarnos de los recursos conceptuales y tecnológicos que nos permitieran avanzar por ese camino.

El problema era que el camino no estaba trazado, señalizado o ni siquiera rumoreado. La pantalla del GPS no mostraba este mapa. Tuvimos que incursionar literalmente a campo través porque en aquella época, la que recogen los editoriales de este tercer volumen, no había empresas o departamentos de universidad que trabajaran o pensaran guiados por estas preocupaciones. O, si los había, no representaban una masa crítica visible que se constituyera en un tejido social y tecnológico significativo capaz de afrontar las nuevas demandas. Por tanto, nos vimos forzados a aprender haciendo y hacer muchas cosas diferentes con este aprendizaje para garantizar la generación de conocimiento a partir de procesos nuevos y la reproducibilidad de lo que estábamos haciendo. Así, el equipo de Enredando.com fue adquiriendo conocimientos y experiencias inalcanzables de otra manera en aquellos años. Nos profesionalizamos en el mundo de las redes de conocimiento a tientas, desarrollamos tecnologías y procesos nuevos para proyectos innovadores de los que no se había escuchado nada antes. No había otra forma, no nos quedaba otro remedio. De todas maneras, esa es la opción que siempre privilegia Internet, por ahora.

En estas circunstancias, adoptamos un doble ejercicio de adquisición y sistematización de conocimientos: por una parte, talleres semanales con todos los miembros del equipo de Enredando.com y, por la otra, el desarrollo de cursos de formación online. En los primeros, compartíamos las experiencias y abordábamos las preguntas que nos iban apareciendo o que nos planteaban quienes trabajaban en nuestras redes. En los segundos, aprendimos a desarrollar toda una metodología de trabajo de lo que llamábamos formación en red: en plataformas diseñadas por nosotros, fuimos experimentando las diferentes vías por las que los “alumnos” aprendían a investigar, a consultarse entre ellos, a poner en claro sus ideas, a convertirse en consultores del grupo o de algunos de ellos, a reinvertir el conocimiento adquirido en el propio proceso de formación, en definitiva a trabajar en red y avanzar hacia los objetivos del curso mediante la elaboración de propuestas personales relacionadas con sus propias áreas de trabajo.

Un factor clave en esta actividad fue el mencionado diseño y desarrollo de plataformas tecnológicas para estas redes, ya fueran de formación (como las tres ediciones de nueve meses cada una de ellas, del Máster de Comunicación Digital en.red.ando) o para proyectos concretos (como en.medi@, Locomotora, Xarx@ires, HipotecaGratis.com, etc.). La relación entre estructura y función, en una construcción tecnológica virtual para el trabajo colectivo en red, se convirtió en un escalpelo que nos permitió cortar claramente las diferencias entre las plataformas que hacíamos de las que había en el mercado (pocas, bastante rígidas y casi todas necesitadas de más de una mano de pintura y recauchutado). Por este camino, aprendimos no sólo a diseñar plataformas virtuales -algo que no pertenecía a nuestra cultura tecnológica, ni mucho menos, sobre todo si tenían que encajar para proyectos concretos y no sólo basadas en principios generales no referenciados-, sino que también fuimos afinando el proceso de creación y diseño de redes sociales de conocimiento y, sobre todo, de su gestión, lo cual comprendía un conjunto de competencias que hoy van emergido como esenciales para hacer funcionar dichas redes y para extraer y gestionar el conocimiento que generan. Gestores de redes, moderadores, dinamizadores, gestores de conocimiento en red, tutores de red, etc., son perfiles profesionales que, en nuestro caso, a veces tenían el mismo nombre y apellido y calzaban el mismo par de zapatos. Pero sabíamos que, a medida que las redes crecieran, se multiplicaran y se diversificaran, lo mismo iba a suceder con las competencias relacionadas con la gestión de redes y la necesidad de sistematizarlas, enseñarlas y aplicarlas.

Desde esta perspectiva, los editoriales jugaron el papel de un cuaderno de bitácora que registraba y reflejaba nuestras inquietudes, nuestras dificultades y los debates que manteníamos entre nosotros y con el resto del mundo sobre aspectos esenciales de la construcción de las redes sociales virtuales de conocimiento. Sin perder de vista la propia dinámica de la Red y el contexto social que la determinaba en gran medida, buscábamos los rastros que nos permitieran detectar y cultivar conceptos para después encajarlos en los proyectos que emprendíamos. Debatíamos constantemente nuestros progresos y los poníamos en cuestión. Y la mejor manera de hacer esto era ventilarlos y abrirnos a discusiones y polémicas en las que muchas veces ni siquiera estaban claros los términos precisos de la discusión. La pregunta que guiaba nuestra inquietud existencial era :”¿Cómo le explico a mi abuela lo que estoy haciendo?”. Por supuesto, no había forma de explicárselo ni a la abuela, ni a ningún otro pariente, ni a los amigos más próximos y, admitámoslo, frecuentemente ni a nosotros mismos. Era un sendero de innovación constante, mil veces bifurcado a través de nuevas oportunidades y la emergencia de nuevas áreas de actividad, que, por consiguiente, difuminaba frecuentemente lo escrito y exigía incursionar una y otra vez sobre experiencias en blanco. Dilucidar su lógica, sus principios, sus metodologías y, sobre todo, sus resultados, nos ocupó todo el período que cubre este volumen. En realidad, el mantener a la abuela como objetivo hermenéutico causaba una buena dosis de desazón: Esto no puede ser tan bueno si no hay forma de explicárselo. Y todavía no hay fórmula mágica al respecto. Pero ayudó mucho a extraer, organizar y aplicar  los conocimientos generados en red

A pesar del riesgo de asumir tareas y funciones que no nos ofrecía el mercado, de cargar a la empresa con una diversidad de actividades necesarias para sus fines, pero muchas de las cuales debieran haberse referido a otros negocios, lo que queda es una velocidad de aprendizaje supersónica. Adquiríamos competencias que tratábamos de profesionalizar antes de que surgieran otras nuevas y nos hicieran perder el hilo. Íbamos por el borde de la innovación, pero no sabíamos, porque nunca se sabe, cuán profundo era el precipicio. Todo era descubrimiento y roturación de tierras nuevas. Obteníamos resultados que solían sobrepasar nuestras expectativas, lo cual dificultaba el proceso de pensarlos, comunicarlos y  aprovecharlos en todas sus dimensiones, desde las económicas y comerciales hasta las sociales y de investigación. En gran medida, parte de este tiempo borrascoso quedó reflejado, entre otros editoriales, en la serie publicada en abril de 2002 (véanse los editoriales del 314 al 317:  Redes sociales mediadas por ordenador del 9/4/2002; 315, Modelos de conocimiento del 16/4/2002; 316,  Líderes de la Red del 23/4/2002; o 317, Cuestión de galones del 30/4/2002).

El equipo de la empresa respondió a esta excitación con una intensidad y compromiso desmedidos. Se produjeron incluso hechos sorprendentes, guiados no sólo por el entusiasmo, sino también, y sobre todo, por un ejercicio de responsabilidad no solicitado que no resulta fácilmente comprensible, sobre todo si tomamos en cuenta que estamos hablando de gente mayoritariamente muy joven y que, sin recibir el aviso de “agua va”, se vio metida en su primera experiencia empresarial en una centrifugadora muy extraña. Como me dijo una de ellas: “Yo tenía la certeza de que quería ser periodista. Ahora no sé de qué tengo certezas, pero nunca me imaginé que iba a disfrutar tanto esta incertidumbre”. Esta gente, sin decirme nada, acordó en los momentos más duros de la empresa, cuando las rebajas salariales para subsistir a las dificultades económicas estaban en límites insoportables, organizar entre ellos una especie de olla popular para no tener que abandonar. Por turnos, uno cocinaba en su casa para el resto, para así capear el temporal.

No hace falta añadir más para entender que este período fue de agonía y éxtasis. Irónicamente, la riqueza de lo que hacíamos nos desgastó fatalmente al no plasmarse en la cuenta de resultados. Para mí, esta necesidad de cubrir simultáneamente tantos flancos debido a la ausencia de un tejido industrial e informacional en el que apoyarse, sumado a las carencias culturales de poderes públicos y privados en relación con las demandas y potencialidades de la sociedad del conocimiento, fueron factores que contribuyeron sin duda a la debacle final de Enredando.com, a su cierre definitivo en julio de 2004. La larga secuela de la crisis de las puntocom, la liquidación y lentísima recuperación de los valores tecnológicos, el clima de restricción implantado por las entidades financieras, los errores de gestión y la falta de experiencia para gobernar un experimento empresarial de este tipo... todo ello también jugó, y mucho, en la decisión final de dar por terminada una aventura que comenzó observando un mundo emergente y concluyó convirtiéndose en una de las organizaciones que contribuyó a moldearlo.

Pocos meses después del cierre, comenzamos a atisbar en el horizonte nuevas velas que anunciaban la llegada de las grandes plataformas de medios sociales. MySpace, Second Life, Facebook, Twitter... buques insignias procedentes del mismo mundo, casi del mismo punto geográfico, como si hubieran salido todos ellos, por poner un ejemplo, de Palos de Moguer, sólo que en otro continente y desde otro océano. Seguro que aquí hay una buena lección, pero no es este el lugar ni la ocasión para exponerla.

Junto con los editoriales de los últimos años, se incluyen en este volumen todas las entrevistas que realicé para la revista en.red.ando desde 1996 a 2008, que son sólo una parte de todas las entrevistas publicadas. Cada una hay que leerla con las antiparras de aquellos años y el contexto específico de cada uno de los entrevistados. Todos ellos jugaban -y muchos lo siguen jugando- papeles destacados en el campo de la reflexión, de la investigación, del impulso de la sociedad del conocimiento, del desarrollo de proyectos en territorios físicos o virtuales muy diversos o de contribuciones cuyo impacto en la Red y en la sociedad era todavía una cuestión abierta. Cuando las iba haciendo, a pesar de la distancia temporal entre ellas (un arco de 8 años moviditos), me fascinaba cómo el mismo asunto, considerado de vital importancia por el entrevistado de turno, era tratado o considerado desde aproximaciones intelectuales y experimentales completamente diferentes y en abierta oposición a otros entrevistados que pertenecían a campos de actividad y conocimiento muy distintos. Ahora, cuando he tenido la ocasión de releerlas por primera vez desde 2004, he apreciado en todo su alcance la riqueza de este tapiz humano constituido por retazos de antropoloía, sociología, genética, política,  filosofía, educación, ecología, biotecnología, biología evolutiva, diversas versiones del conocimiento tecnológico, paleontología o historia primitiva. No creo que haya en nuestra literatura, especializada o no, un conjunto de personajes de este calibre confrontados no entre ellos, ni con sus disciplinas, sino con un mundo que llamaba a sus puertas con un pliego de exigentes preguntas. 

Lamentablemente, en algunos casos he tenido que quitar enlaces a páginas que ya no existen. El agujero negro digital se las ha tragado sin pedir excusas. Y, lógicamente, no he actualizado los datos de las actividades de cada uno de ellos. Como los editoriales, las entrevistas aparecen tal cual fueron publicadas y reflejan, por tanto, lo que cada uno de ellos hacía y pensaba en aquellos momentos. Al tratarse de un arco de tiempo largo e intenso y de gente que no suele encontrársela uno en la misma fiesta, las entrevistas reflejan las expectativas, esperanzas, la imaginación y el talento, así como las visiones que formaban parte de la emergente cultura de Internet en aquella época. Por decirlo de alguna forma, funcionan en unos casos como un telescopio y en otros como un microscopio. Al lector corresponde ajustar la mirada.

Tanto los editoriales como las entrevistas, ya sea en sus análisis del mundo virtual y el físico, como en las intervenciones donde se explican o ejecutan proyectos o visiones, reflejan una parte sustancial de lo que queda en el haber de la experiencia de Enredando.com:
.- nuestra creciente capacidad, como ciudadanos, para producir en redes de conocimiento la información y el conocimiento que necesitamos para comprender y cambiar el mundo en el que debemos actuar, así como para comprendernos y cambiarnos en ese mundo, y qué saberes nos acercan a esas metas.
 .- la recuperación de una de las facetas más sobresalientes, interesantes, difíciles, intrincadas e innovadoras de Internet: la potencia del trabajo colaborativo en redes virtuales con el fin de alcanzar objetivos concretos, y los perfiles profesionales nuevos capaces de diseñar y gestionar los entornos virtuales donde se despliega ese trabajo colaborativo para alcanzar los resultados buscados.

Estos no son vestigios de un tiempo pasado. Estos son usos avanzados de la Red, los que sumados a otros que vamos descubriendo y adoptando, nos permitirá resocializarla para que se convierta en un aspecto más de la vida cotidiana, de la organización social y de una forma de entender el mundo para poder intervenir en él. De ahí el título de estos volúmenes: Historia Viva de Internet.

Luis Ángel Fernández Hermana
Fundador y Director de Enredando.com (1996-2004).
lafh/@/lafh.info
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