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Érase una vez, un oleoducto...

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
25/9/2001
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com
Temáticas:  Internet  Gobernabilidad  Política 
Editorial: 286

El mentir pide memoria


Buenas, sr. Bush jr.: me gustaría contarle un par de cosas antes de que el ruido machaque las palabras. El viernes 21 de septiembre me desayuné con un estentóreo titular en el periódico que leo habitualmente: Bush advierte que "quien no está con nosotros, está contra nosotros". Usted se refería, al parecer, a la lucha contra el terrorismo, a que no iba a aceptar ninguna "neutralidad" en la lucha contra el terrorismo. Aunque le cueste creerlo, se puede no ser "neutral" ante el terrorismo (hay mucha literatura y mucha historia al respecto, que ustedes conocen de primera mano), sin que, como contrapartida, haya que avalar todo el escenario que usted está preparando, no sólo para luchar contra el terrorismo, sino también contra nosotros, los ciudadanos de a pie, a los que usted pretende sumergir en el líquido del terror social para ver si nos ahogamos de una vez. Por eso, definitivamente no estoy con ustedes en esta reedición de las cruzadas medievales con tecnología punta. Creo que las cosas se pueden hacer de otra manera sin tener que poner primero el misil sobre la mesa. Y al hilo de esto, viene la segunda cosa que quería contarle.

Llevamos ya dos semanas de pleno ejercicio por su parte de chantajes abiertos o encubiertos, de instigación a corrupciones de todos los colores para tratar de torcer la voluntad de gobiernos y pueblos con el fin sublime, en esta ocasión, de combatir al terrorismo mediante una guerra larga, quizá infinita, como indica la sarcástica denominación con que su publicista de la Casa Blanca ha bautizado el despliegue de efectivos militares por el mapa asiático (Operación Justicia Infinita). Ahora todos los cañones apuntan a Osama Bin Laden, según ustedes un estratega sublime, responsable del terrorismo del pasado, el presente y el futuro, que huye a caballo por las montañas de Afganistán mientras urde las redes de la guerra global desde un país sin apenas conexión a Internet, un sistema telefónico ruinoso controlado por los talibán y poca electricidad (véase Afganistán en el mapa lumínico del planeta elaborado por la NASA). Con razón la CIA, a pesar de haberle entrenado y financiado durante años, sabe tan poco de él: los satélites no encuentran señales que rastrear, el sistema de GPS es todavía tan burdo que no detecta la emisión de olores con los que, al menos, podría fijar la posición de la cagada de los caballos de Bin Laden y su gente. Todo llegará.


Tras Osama, los cañones apuntan a los talibán. Y tras ellos, ¿a quién? Esta guerra sin escenario, sin enemigo fijo, móvil, permanente, ¿tiene sólo como objetivo "eliminar el terrorismo allí donde se encuentre", sin saber donde se encuentra? Porque resulta que al primer punto al que están llegando sus tropas, las repúblicas que rodean por el norte a Afganistán, no son precisamente un punto geográfico cualquiera. Desde la caída del imperio soviético, allí se han encendido más movimientos guerrilleros que mecheros en un concierto de Sting. Y, además, hay petróleo, mucho petróleo. Como usted sabe, como buen tejano al que las compañías de su estado ya le deben haber informado cumplidamente, alrededor del Mar Caspio se encuentra la segunda mayor reserva de petróleo del mundo. Pero los países ribereños no se ponen de acuerdo en la modalidad de explotación (¿es un lago o un mar interior?, según lo que se decida se comparte el recurso o cada uno tira por su lado).


Lo más importante, sin embargo, es que, a pesar de la intervención constante de su gobierno durante estos últimos 10 años en la zona, unas veces directamente a través de medios diplomáticos, otras de operaciones encubiertas que después salen en la revista Time, o de los tejemanejes de las corporaciones que pretenden quedarse con este tesoro negro, todavía no se ha logrado un acuerdo sobre la mejor forma de sacar ese petróleo al mercado. No está claro por dónde pasarán los oleoductos: ¿Rusia, Turquía (miembro de la OTAN), Irán, Afganistán y Pakistán? ¿Dónde desembocarán, en el Mar Mediterráneo o en el Golfo Pérsico? Esta es, desde luego, una decisión estratégica de enorme importancia, tanto para los países afectados, como para la economía occidental y oriental, léase Japón y China. ¿Tiene esto algo que ver con los que ustedes --y sus socios de la OTAN y Unión Europea-- están ofreciendo a algunos gobiernos, con sus cambios de postura aún a riesgo de sublevaciones sociales y religiosas, con esa decisión de ir con ustedes hasta dónde sea en el combate contra todos los Bin Laden que, presumiblemente florecerán una y otra vez, como amapolas afganas, durante los próximos años hasta que este otro asunto se resuelva?


Antes de pasar a mayores, permítame aclararle, para que Echelon y toda la parafernalia alrededor de este fenomenal sistema mundial de escuchas de su discreta Agencia Nacional de Seguridad no se me eche encima, que los detalles de esta historia son públicos, están sacados de declaraciones de las empresas, expertos y los gobiernos involucrados. Todo se ha publicado en periódicos respetables que desde sus páginas editoriales han dejado en claro, sin tapujos de ninguna clase, que "están con ustedes" hagan lo que hagan. Estos medios, sin embargo, por algún desliz de la memoria, no han mencionado ni siquiera de pasada qué ha venido sucediendo últimamente en el lugar donde están aterrizando sus marines. Todo lo cual torna el asunto en un cuento de misterio: ¿por qué tanto de Osama y tan poco de esto?


Aparte de Rusia, los países implicados directamente en el petróleo del Caspio son Azerbaiján, Kazajstán (una potencia nuclear), Turkemenistán y Uzbekistán, país éste donde han desembarcado sus soldados y "mucho material secreto", según la CNN (échele un vistazo al mapa, aunque seguro que lo conoce muy bien). Bajo el suelo de estos países hay una bolsa certificada de 40.000 millones de barriles de petróleo, aunque los expertos consideran que puede alcanzar fácilmente los 200.000 millones de barriles. Kuwait, en comparación, se queda en 97.000 millones de barriles. Es decir, que las reservas del Caspio son las segundas más abundantes del mundo en estos momentos y, además, no están en la esfera de la OPEP, algo que usted y sus colegas de Rusia o la Unión Europea sin duda aprecian en todo su sentido. Por ahora, esto huele demasiado a "otra Somalia".


Ya en 1994 se dijo que la guerra de Rusia contra Chechenia era un intento de Yeltsin de yugular las pretensiones chechenas de controlar uno de los posibles trazados de los oleoductos, que empalmaría con los de la madre Rusia procedentes de Siberia. Mientras esa y otras guerras se sucedían sin solución de continuidad, muchas sin saberse muy bien por qué empezaban o cuál era el objetivo de tanta carnicería y tanto sufrimiento, se fueron celebrando numerosos acuerdos que culminaron en la creación de varias compañías mixtas y en convenios de explotación de los yacimientos. El capital privado era mayoritariamente occidental y tiene nombres propios bien conocidos. Los diferentes consorcios creados hasta ahora tienen como protagonistas a British Petroleum, las estadounidenses Amoco, Unocal, Pennzoil, Exxon, Ramco y McDermoth, la noruega Statoil, la italiana ENI, la franco-belga TotalFinaElf, la anglo-holandesa Royal Dutch Shell y la saudí Delta-Nimir.


Sin embargo, no ha habido forma de ponerse de acuerdo sobre los oleoductos. La feroz guerra de Chechenia, las bandas armadas de Georgia y las otras repúblicas, las sanciones contra Irán, las pretensiones turcas de controlar el grifo final del caño, etc., toda la política de la región parece conspirar contra las doradas promesas del Caspio. Sale petróleo, pero en cantidades insignificantes. En 1996 parecía que Yeltsin lo había conseguido al acordar con Kazajstán y el sultanato de Omán la construcción de un oleoducto de 1.500 kilómetros por unos 1.500 millones de dólares de entonces. Se creó incluso el Consorcio de Oleoducto del Caspio, donde estaban las compañías de su país Chevron y Mobil, las rusas Lukoil y Rosneft, la italiana Agip y British Gas, entre otras. Pero ha habido mucha sangre, mucha matanza en la región desde entonces, sin el correspondiente duelo mundial ni la necesaria cobertura televisiva. Y los planes de Yeltsin naufragaron (o los hicieron naufragar) en ese torbellino.


Clinton consiguió que Turquía, Azerbaiján y Georgia firmaran un acuerdo en noviembre de 1999. Parecía que EEUU finalmente se salía con la suya y se construiría un oleoducto de 1730 kilómetros por 2.400 millones de dólares. Además, miel sobre hojuelas, no pasaría por Rusia, donde ya existe una parte considerable de este tipo de infraestructuras que abarataría los costes, con lo que el golpe económico a este país era demoledor. Un competidor menos. Sin embargo, aquel acuerdo, al que se unió en marzo de este año Azerbaiján, todavía no es más que una propuesta para crear el marco legal de la explotación y la distribución del crudo por parte de las compañías. Nada más. Las armas siguen muy calientes, no se sabe muy bien con quién se firma, ni por cuánto tiempo. La región hierve de grupos armados y entrenados con dinero islámico, con el suyo a través de la CIA (como hicieron con Osama Bin Laden), el de los rusos y el de tantos otros navegantes de conveniencia. La cuestión ahora es, de nuevo, por dónde se trazará el oleoducto. ¿Volverá una de las ideas que, antes de los talibán, ya estaba sobre la mesa: sacar el petróleo a través de Afganistán y Pakistán hacia el Golfo Pérsico? Un proyecto así no será fácil. Requiere mucha ingeniería política y militar. Pero todo apunta a que estamos en ello, ¿no?


O sea, hemos llegado hasta aquí y no hay forma de terminar la historia con un "fueron felices y comieron perdices". Todo lo contrario. Surgen preguntas difíciles de formular y más difíciles aún de contestar, al estilo de aquellas que finalmente se extendieron como un sudario opaco sobre la muerte de Kennedy o tantos otros acontecimientos similares. ¿Quién ha promovido o instigado realmente el tremendo ataque contra Nueva York y el Pentágono? ¿Con qué intenciones? ¿Quién está pagando las consecuencias? ¿Quién se va a beneficiar de las represalias? ¿Hasta qué punto no sabemos para quien trabajamos o a quien aplaudimos? O sea, sr. Bush jr., brotan otra vez las preguntas de siempre tras la estela del hilo conductor que ustedes tan bien nos han enseñado a buscar: sigue el rastro del dinero y encontrarás la respuesta.


Claro que, le acepto la sugerencia, éste es tan sólo uno de los hilos posibles. Es cierto, el mundo es cada vez más complejo y no hay una sola lectura, ni siquiera la de su amada Biblia, capaz de darnos las claves de tantas desgracias como usted está dispuesto a perpetrar en el nombre de un gesto de reparación que huele demasiado a venganza y ajuste de cuentas. Pero, como le han dicho unos cuantos intelectuales en su país (véase el excelente artículo de Norman Birnbaum en el periódico español El País el 21/9/01) es usted una víctima de su propio pasado y, ante disyuntivas como ésta, otros ya le marcaron el camino. Pero, permítame que se lo diga así para no alargarme demasiado, tengo la impresión de que se está cavando su propia tumba, porque el mundo -perdone que se lo repita una vez más- ya no es lo que era.


Simplemente no le creemos la fenomenal mentira que todos sus corifeos tratan de inyectar directamente y sin anestesia en nuestra neuronas. Y este acto de descreimiento es el que nos pone a muchos al otro lado: por eso no estamos con ustedes en esta guerra. La nuestra, por ahora, es tratar de aprovechar al máximo lo que las redes nos permiten hacer: hablar, intercambiar ideas, contaminarnos con otras experiencias que ustedes no quieren que conozcamos, sin fronteras de ninguna clase. Estamos seguros de que hablando y negociando llegaremos mucho más lejos que usted, y con bastante menos ruido. No hace falta que se lo explique: Internet es nuestra mesa de debate y la interacción la palanca para cambiar las cosas, a pesar de ustedes. Cuando finalmente se aposente el polvo del maremagnum que ustedes están armando, todo esto se verá más claro.

Hasta entonces.

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