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Digitalización abierta

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
11/6/2002
Fuente de la información: Revista Medi Ambient. Tecnologia i Cultura
Organizador:  Enredando.com
Temáticas:  Internet  Historia red  Redes 
Editorial: 323

Aunque visto de lana, no soy borrego


La gestión de conocimiento en red, a diferencia de la gestión de conocimiento a secas, tiene fecha de nacimiento conocida: finales de 1969. Ese año se realizó el primer experimento de cuatro ordenadores interconectados para conmutar paquetes de información entre ellos. Para realizar esta prueba, el grupo de científicos y tecnólogos promotor de la idea diseñó lo que ahora denominamos una red de arquitectura abierta (RAA). ¿Cuáles eran las características más sobresalientes de este diseño? En primer lugar, la red estaba "vacía", es decir, la información la pondrían los usuarios. En segundo lugar, dotaron el acceso a la red de tres rasgos notables: universalidad, simultaneidad e independencia del tiempo y el espacio. Finalmente, en una decisión que, junto con las mencionadas, ha marcado indeleblemente al final del siglo XX y comienzos del XXI, construyeron la red para que creciera de manera descentralizada y desjerarquizada. En otras palabras, por una parte, bastaba añadir más ordenadores a la red para "desparramarla" y, por la otra, ningún ordenador ejercía labores de control y supervisión sobre las funciones del resto de máquinas.

Este último rasgo es tremendamente significativo, sobre todo si pensamos que este proyecto estaba amparado por la organización más centralizada y jerarquizada que el ser humano se ha inventado desde que se cayó del árbol: el Ministerio de Defensa de EEUU. Como lo eran también los otros rasgos para los tiempos que corrían afinales de los 60, principios de los 70 del siglo pasado. La universalidad del acceso significaba que cada usuario podía ver toda la red con sólo conectarse a uno de sus ordenadores. Y todos los usuarios estaban conectados al mismo tiempo -simultáneamente- pues cada uno de ellos se conectaba a la información de los otros usuarios, aunque muchos de estos en ese momento no estuvieran realmente en la red.

Esta RAA descansaba, pues, en lo que hemos denominado la fórmula PIC= Participación, Interacción, Crecimiento del volumen de información. Los usuarios estaban "obligados" a participar pues la única información que podían encontrar era la que ellos publicaban. La mera conexión implicaba enviar una señal de su existencia que repercutía sobre el resto de la red. Pero esta existencia lo era en cuanto se consultaba información, se modificaba la existente y se comunicaba e interactuaba con los otros usuarios. Y de este intercambio se producía un incremento del volumen de información y conocimiento que circulaba por el sistema.

Esta red, sin cambiar un ápice su arquitectura básica, primero bajo la denominación de ArpaNet y después como Internet, funcionó casi en exclusiva en el ámbito académico y de los centros de investigación de EEUU durante dos décadas desde los años 70 (la equivalente militar, MilNet, se desgajó lógicamente desde el principio y quedó confinada en las fuerzas armadas). Su configuración abierta significó desde el arranque que no había zonas restringidas según las funciones o los intereses de los internautas. Ni tampoco una jerarquización de la red en función de una organización pre-existente. En realidad, esta organización se construía y reconstruía, de manera caótica y azarosa, a medida que la red se expandía. Las actividades de cada uno de los usuarios, ya fueran individuales, colectivas, grupales o institucionales, eran las que determinaban las zonas de contacto e intercambio. Esto dio origen a la Comunicación Mediada por Computadoras (CMC), una ciencia que sólo arraigó en las universidades de EEUU a partir de los años 80. El retraso de nuestros centros universitarios en incorporar estudios e investigaciones sobre CMC explica, en gran medida, el atraso europeo en este campo científico. Pero ésta es materia de otra reflexión.

El hecho de que la Red se expandiera por los centros de investigación colocó a los investigadores, científicos y tecnólogos ante el dilema de cómo resolver el problema de los intercambios de información y conocimiento y de la sistematización de éste en un entorno virtual tan volátil como el de las redes abiertas. Éste era un proceso sin dirección ni fuerza corporativa que lo estructurara. Así fueron apareciendo diferentes soluciones, como las listas de distribución por correo electrónico, los foros, las BBS ("Bulletin Board Systems", o tablones electrónicos), los grupos de noticias, etc. Todos estos instrumentos apuntaban a la gestión de conocimiento en red, a la búsquedas de nuevas formas de generar y gestionar conocimiento a través de las relaciones y los mecanismos de la Red.

La digitalización abierta propiciada por la Red de Arquitectura Abierta procedía al mismo tiempo que la digitalización cerrada, pero sin traspasos entre ellas de ninguna de sus características funcionales, aparte del mero proceso de digitalización. Hubiera sido muy complicado dicho traspaso, de todas maneras, porque mientras la digitalización cerrada se ceñía estrictamente a las características, necesidades y objetivos de las empresas y las organizaciones (véase el editorial "Digitalización cerrada"), la abierta premiaba la diseminación de información, la celeridad de las comunicaciones y el intercambio entre los usuarios (fueran estos quienes fueran, y estuvieran donde estuvieran), o la innovación colectiva para crear nuevos entornos virtuales donde fuera posible almacenar y reutilizar, de alguna manera, la inteligencia distribuida.

En un par de décadas, pues, en el territorio cautivo de las universidades de EEUU, nació una nueva forma de generar y gestionar conocimiento, en este caso "en red" y, más específicamente, "en redes abiertas". De hecho, se trataba de una nueva disciplina científica deudora, por supuesto, de su sustrato tecnológico, pero alimentada fundamentalmente por otras áreas del conocimiento, sobre todo las procedentes de las ciencias sociales, como la historia, la psicología social, la antropología, la sociología, la comunicación o la biología evolutiva y la dinámica de poblaciones. Este territorio cautivo académico comenzó a saltar por los aires gracias al crecimiento de las comunidades virtuales en EEUU desde mediados de los años 80. De todas maneras, el hecho de que el interfaz de la Red no fuera muy amistoso que digamos, actuó como una especie de freno profiláctico o mecanismo de control de la población conectada.

En 1994, cambia radicalmente este interfaz con la aparición de la World Wide Web. La rápida diseminación de los servidores web por toda la Red sirvieron los ingredientes básicos para la gran orgía digital. La multiplicación de la población conectada comenzó a dispararse hasta tasas galácticas. En un abrir y cerrar de ojos, la marea virtual propiciada por Internet penetró en domicilios, empresas, universidades, organizaciones, fundaciones, administraciones, escuelas, hospitales, etc. De manera imperceptible, pero cuantificable, las empresas comenzaron a colocar esta red de arquitectura abierta como una red complementaria de las redes de área local. Éste fue el punto de encuentro de las intranet -y la gestión de conocimiento en red- con las redes que estructuraban las funciones y los objetivos de las empresas -y la gestión de conocimiento, a secas-.

Este fue -y es- el gran choque de trenes que ha creado un magma conceptual y tecnológico de enormes proporciones sobre la gestión de conocimiento. Y no tiene nada de extraño. La digitalización cerrada había sido diseñada para que calzara como un guante en la estructura corporativa de las empresas y el mundo de los negocios. Desde este punto de vista, había creado sus propios instrumentos, conceptos, ritos y procedimientos. De repente, este ámbito se ve invadido por una red que, aunque estructurada como intranet, su arquitectura es universal, de acceso simultáneo, donde en principio podía publicar cualquiera, descentralizada y desjerarquizada. Es decir, exactamente lo contrario de las características de las redes de área local que habían impulsado la digitalización en las empresas hasta entonces.

El conflicto era inevitable. La gestión de conocimiento procedente de las estrictas teorías del "management" y la administración de empresas se planteaba (se plantea) objetivos muy diferentes de la gestión de conocimiento en red procedente de la comunicación mediada por computadoras en redes de arquitectura abierta. Por ejemplo, la primera no puede perder de vista que su materia de trabajo es la obtención del talento de los trabajadores de la empresa (conocimiento tácito, conocimiento almacenado en cada cabeza). La segunda, pone el énfasis en la inteligencia colectiva y en el conocimiento como expresión de nuevos procesos sociales de agregación, segmentación, masificación y personalización en redes abiertas. Por tanto, no hay conocimiento tácito, sino conocimiento expresado en red y, por supuesto, no sólo en el ámbito de una organización en particular, sino en toda la Red. Su objetivo, en consecuencia, no es obtener el conocimiento almacenado en las cabezas, sino el expresado en las redes.

Podríamos decir que, desde el arranque de la digitalización, ya fuera abierta o cerrada, la gestión de conocimiento en red y la gestión de conocimiento a secas estaban destinadas a compartir el mismo espacio, pero con objetivos diametralmente opuestos. Esta es la raíz del famoso y espinoso cambio cultural en las organizaciones: la necesidad de asumir la organización del trabajo en redes de arquitectura abierta, pero en ambientes organizativos intrínsecamente cerrados y jerarquizados. Un factor decisivo para resolver este cambio cultural reside en incorporar la gestión de conocimiento en red como elemento organizador y conductor de este proceso de cambio. Dicho en otras palabras, es necesario convertir a las redes de arquitectura abierta en redes inteligentes capaces de concretar los objetivos de las organizaciones en ámbitos virtuales nuevos (y, a la vez, propios). Esto será harina del próximo editorial.
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