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Mapas gigantes

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
23/1/2008
Fuente de la información: Madrimasd
Organizador:  Madrimasd
Temáticas:  Redes  Internet 
Artículo publicado en Madrimasd
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Las interacciones sociales de la web son ahora tan complejas que ya no se pueden comprender sólo a través de la ciencia de la computación. En realidad, nunca se han comprendido sólo a la luz de esta disciplina, pero hemos vivido sometidos durante muchos años a una especie de dictadura blanda de los ingenieros que, en ocasiones, alcanzaba más rigidez de la necesaria (y la soportable). Ahora, cada vez surgen más voces que reclaman el concurso de las ciencias sociales para entender qué hacemos cuando lo hacemos en el espacio virtual. Lo menos que podemos decir es: ¡Ya era hora!

Hace ahora un año, Tim Berners-Lee, cuyo epitafio rezará, quiéralo él o no, “Aquí yace el inventor de la web”, se descolgó con la denominada Web Science Research Initiative (WSRI), una especie de consorcio entre el MIT y la Universidad de Southampton para investigar las interacciones sociales en la Red desde la pespectiva de la antropología, la psicología social, la sociología, la biología y tutti quanti. Era un gran paso que, por esperado y anhelado, no nos puede hacer olvidar que en internet se vienen desarrollando redes sociales desde hace décadas, que éstas nacieron prcisamente cuando la Red estaba casi en usufructo exclusivo del ámbito académico de EEUU y, menos, de Europa, superpoblado precisamente por científicos e investigadores. Pero no hubo forma de que le metieran mano al asunto. Y eso que ellos inventaron USENET, la primera plataforma en red para redes sociales.

Desde hace muchos años me ha llamado poderosamente la atención esta especie de mirar por el agujero equivocado del microscopio y, claro, no ver nada. Hace años di una charla ante un departamento de antroplogía (que, después, he repetido en otros departamentos de antropología de otras universidades, por lo que, dada la multitud, no es necesario señalar sólo a un pecador). Les presentaba las redes sociales que estábamos desarrollando por aquel entonces, antes de que fueran un concepto con nombre propio (finales de los 90, comienzos de los 80). Nosotros las llamábamos comunidades virtuales, abiertas o cerradas, para aprender, o para proyectar, o para ejecutar proyectos, siempre trabajando colectivamente en red. Y les pedía a los antropóloghos que enfocaran su atención en estas tribus que se armaban en la Red prácticamente de la nada, para ir conformando una cultura muy compleja, sumamente estructurada, en la que no faltaban los chamanes, los curanderos, el consejo de sabios que impartía sabios consejos... En fin, todos los elementos constitutivos de un pequeño poblado, pero sometido a la vorágine de una evolución furibunda de la red, donde se fusionaban las fuerzas propias con las ajenas. Es decir, algo parecido a la vida misma pero en un territorio que nunca habíamos hollado antes: el digital.

No hubo forma. Lo que les contaba no se podía comparar al fascinante estudio de un grupito de indios que vivía en un recodo del Amazonas y que cada vez que los visitaban tenían que cuidarse de no toser ni tener el menor atisbo de gripe porque si no el objeto de la investigación desaparecía en un periquete, y no metafóricamente. Ahora, según Berners-Lee, debemos echar mano del arsenal de las ciencias sociales para comprender el fenómeno de las redes sociales y el papel determinante que están jugando en la evolución de Internet y, por ende, de todo lo que toca o influye, que cada vez es más.

Lamentablemente, los historiadores no nos deleitarán con el recuento de lo que hemos dejado atrás, de la forma como lo hemos dejado atrás, para situarnos en el punto actual. Ellos tampoco estaban muy interesados en la Red porque, como se me dijo una vez en una charla en un departamento de Historia, “Internet es demasiado joven para poder prestarle atención desde el punto de vista cientíico de la historia”. Sólo que los ordenadores de esta infraestructura tecnológica doblan su capacidad de procesamiento y almacenamiento de información aproximadamente cada 18 meses (Ley de Moore), por tanto, ¿cuántos años representan en realidad los casi 40 años de existencia de la Red?

Para añadir más ofensa al agravio, ahora, sin apenas haber comenzado a investigar esta historia tan rica –a pesar de ser tan reciente- las cosas ya están cambiando en otra dirección. Berners-Lee nos anuncia que de la WWW estamos pasado a la GGG o Global Giant Graph (“graph” en este caso es más mapa que gráfico). La idea es la posibilidad de expresar las relaciones sociales como mapas sociales reconocibles por los ordenadores. Y, entonces, las máquinas los pueden exportar o empaquetarlos como mapas portables. Por tanto, mi red difusa, por ejemplo, la constituida por amigos, conocidos, lugares de trabajo, ocio o consulta, no estaría desparramada por cientos de ordenadores, sino que vendría siempre conmigo. Este paso daría lugar a la “reconstitución” permanente de las redes sociales a través de la incorporación de puntos de encuentro que ni los propios protagonistas habrían imaginado. Esta concepción, sin duda muy atractiva y fértil en cuanto imaginario de territorios virtuales en permanente proceso de fabricación, abre el campo hacia nuevos saberes. Esperemos que generen un viento de cola al que no sean indiferentes nuestras universidades.
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