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El coste climático del divorcio

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
16/12/2007
Fuente de la información: La Vanguardia
Organizador:  La Vanguardia, Suplemento Dinero
Temáticas:  Economía  Medio ambiente 
Artículo publicado en el Suplemento Dinero del periódico La Vanguardia
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Ante todo, un aviso: este no es un artículo a favor del matrimonio, sea del género que sea. Este es un artículo que trata de dar cuenta de una de las investigaciones más sorprendentes que se han publicado últimamente. ¿Tema? El impacto del divorcio sobre el medio ambiente. ¿Resultado? Tremendo, el impacto, claro. En un momento en que sube el número de divorcios en todo el mundo, tanto en países ricos, como en los menos desarrollados, incluida China donde está socialmente muy mal visto, y cuando el cambio climático se ha erigido en el escollo insoslayable de nuestro siglo, resulta que el matrimonio –o vivir cuantos más juntos, mejor- puede convertirse en una pieza clave de la sostenibilidad ambiental. Esta es una papeleta cuya solución no siempre encuentra un buen clima.

Al separarse una persona para irse a vivir sola, Best Replica Watches su decisión repercute directamente en un mayor consumo y despilfarro de recursos, un uso ineficiente de las viviendas y el territorio y, en suma, en una contribución neta al deterioro del medio ambiente. Como si no tuviéramos bastante con tener que separar la basura, abstenernos de la segunda residencia y reducir el uso del coche, el divorcio le clava la garra al medio ambiente en dos aspectos cruciales. Por una parte, divide las viviendas en dos, por tanto aumenta el número de hogares, el uso del suelo y requiere más materiales de construcción. Por la otra, el hogar del separado suele ser más pequeño, pero dilapida más recursos. La nevera que antes enfriaba alimentos como mínimo para dos o más personas, ahora se tiene que contentar con un único visitante. Lo mismo sucede con el aire acondicionado, el coche o los muebles.

El trabajo que han realizado Eunice Yu y Jianguo Liu, ambos de la Universidad de Michigan, abarca a 12 países, España incluida, durante cuatro años, desde 1998 hasta el 2002, con el periscopio centrado en el 2000. Y la conclusión es indubitable: a medida que se enfrían las relaciones personales, tomamos decisiones que calientan el ambiente, y no sólo el hogareño. Por ejemplo, los hogares de los divorciados en EEUU consumieron de un 42 a un 61% más recursos por persona que cuando vivían en la vivienda matrimonial. La separación eleva considerablemente la ineficiencia de los separados. Si hubieran mantenido la del hogar de casado, EEUU podría haberse ahorrado 38 millones de habitaciones, 73.000 millones de kilovatios/hora de electricidad y unos 2 billones de litros de agua sólo en el año 2005.

Esta es la primera vez que se estudia la dinámica del hogar desde el punto de vista de su impacto ambiental a partir de la relación entre sus ocupantes. Sobre todo, como enfatiza Jianguo Liu en una entrevista sostenida a través del correo electrónico, al combinar dos factores: la curva ascendente de divorcios en el mundo y el crecimiento más rápido del número de viviendas que la población. “Incluso donde la población se estabiliza o disminuye, el número de viviendas aumenta considerablemente debido a factores como el divorcio”, dice Liu, quien es el titular de la Cátedra Rachel Carson de Sostenibilidad Ecológica en la Universidad de Michigan.

En España, este crecimiento fue de 157.494 hogares extras debido a los divorcios en el año 2000, lo cual representaba el 3,6% de todos los hogares del país y más de un millón de habitaciones extras por esta causa. Esto coloca a España en el sexto lugar entre los 12 países analizados, por detrás de EEUU, Bielorrusia, Rumania, Grecia, Costa Rica y por delante de Camboya, Brasil, Sudáfrica, Ecuador, México y Kenia. Pero donde comienza a verse nítidamente el impacto ambiental del divorcio es cuando se toma en consideración las características de estos hogares, algunas de ellas de sentido común. Por ejemplo, las viviendas de los divorciados son más pequeñas y vive en ellas menos gente que en las de los casados. Esto significa que si –utópicamente- los hogares de divorciados en los 12 países estudiados se hubieran combinado para disponer de la vivienda promedio de los casados, entonces se habrían necesitado unos 7 millones menos de viviendas.

Pero, además, los hogares de divorciados son voraces consumidores de espacios. En principio, la persona casada dispone de un territorio limitado en su vivienda por la presencia de los otros. El divorciado, sin embargo, tiene toda la vivienda para sí, lo cual marca una notable diferencia cuando se agregan los resultados. En los 12 países, en el año 2000, los hogares de divorciados ocupaban entre un 35 y un 95% más habitaciones por persona que las viviendas de casados. Estas proporciones se mantienen cuando se mide el gasto de electricidad o de agua. En EEUU, en el 2005, las viviendas de divorciados gastaron entre un 46 y un 56% de más dinero por persona que en los hogares de casados por cada uno de estos recursos.

Por otra parte, EEUU, que como en el caso de las emisiones de CO2 también encabeza la lista del número de divorcios y de impacto ambiental por esta causa, ha experimentado el mayor salto en el aumento de las habitaciones por persona en viviendas de divorciados en dos décadas, hasta contar con más de 35 millones en el año 2000. La cifra representa un 61% de más habitaciones por persona en las viviendas de divorciados, mientras que la de los casados sólo aumentó en un 6%. La otra cara de esta moneda es lo que ocurre cuando la persona separada se casa o empareja de nuevo. Mientras que el número de habitaciones por persona muestra un incremento espectacular durante la fase de divorcio, cuando vuelve a emparejarse, el rigor de la convivencia consigue que la vivienda recupere el tamaño y número de habitaciones promedio de los hogares de los casados, con un acusado descenso del consumo de recursos.

Liu sostiene que la tendencia en los doce países analizados es que el divorcio promueve un aumento del consumo de recursos cada vez más escasos y cruciales para garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, como el agua, el suelo y la energía. “Más consumo por persona implica que el habitante de la vivienda de divorciados genera también más residuos sólidos, líquidos y gaseosos, los cuales contribuyen a los cambios ambientales globales, como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad”. Además, señala Liu, la separación produce efectos casi instantáneos sobre el consumo de recursos y la generación de desechos: se tiran bienes comunes a la basura y se vuelven a comprar o reemplazar en uno o en los dos hogares.

El divorcio es tan sólo uno de los factores que contribuye a la reducción del tamaño de los hogares. En esta misma categoría entra también el descenso de viviendas donde conviven varias generaciones, el retraso en el primer matrimonio o el aumento de familias monoparentales. La cuestión es: si ya resulta difícil que la sociedad acepte una reducción en su estilo de vida, a pesar de los riesgos ambientales que todos conocemos, ¿como va a afrontar dilemas tales como el del impulso de reconstruir la vida personal que se ha quedado atrapada en la maquinaria cotidiana del matrimonio? Liu recomienda que, ante la dimensión de la agresión ambiental que supone esta tendencia del aumento de divorcios, los gobiernos deberían comenzar a arbitrar políticas que promuevan la cohabitación o la re-constitución de familias. Y concluye, como su investigación, con una especie de advertencia: “Todo lo que promueva y consiga mantener estilos de vida eficientes desde el punto de vista del consumo de los recursos, ayudará a reducir el gasto de los hogares, a contener el derrame urbano y contribuirá a la sostenibilidad ambiental global. Son decisiones difíciles, por supuesto, pero son las que nuestro estilo de vida nos obliga a tomar”.
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(Environmental impacts of divorce. Proceedings of the National Academy of Sciences Online, PNAS, December 5, 2007).
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