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Año de la Ciencia: asignaturas pendientes

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
19/12/2007
Fuente de la información: Madrimasd
Organizador:  Madrimasd
Temáticas:  Ciencia  Comunicación digital  Nuevos medios 
Artículo publicado en Madrimasd
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Fecha: 12/12/07
Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
Año de la Ciencia: asignaturas pendientes

Se cierra el Año de la Ciencia y se abren los años de la ciencia. Según han insistido distintos portavoces del gobierno y de la propia Fundación Española de la Ciencia y la Tecnología (FECyT), esto no ha hecho más que empezar. El Año de la Ciencia concluyó oficiosamente con el IV Congreso de la Comunicación Social de la Ciencia, que se celebró en Madrid en noviembre de 2007. La numerosa asistencia parece atestiguar que vivimos un excelente momento en la comunicación de la ciencia a la sociedad. Pero, antes de repicar campanas, leamos a Cecilia Cabello Valdés, responsable del Departamento de Ciencia y Sociedad de la FECyT, quien escribe en Tribuna de la Ciencia bajo el título "2007: Un Año de la Ciencia para la próxima década": “[...] en nuestro país persiste un cierto desconocimiento, por parte de la sociedad, del importante progreso español en I+D+I y del valor social de la ciencia y la tecnología. Podríamos decir que la ciencia española vive un buen momento, pero, como si se tratara del feo o la fea de las películas de adolescentes, nadie quiere invitarla al baile – ni todavía se ha enterado del atractivo que ha ganado”.

La sociedad desconoce, efectivamente, mucha de la ciencia que se hace en este país. Eso lo decimos casi todos y lo refrendan numerosas encuestas, las cuales también apuntan, casi invariablemente, a que la sociedad quiere más información científica. Pero esta es una moneda de dos caras y muchos de los que hacen ciencia persisten en su desconocimiento sobre cómo comunicar lo que hacen. El Año de la Ciencia ha venido a enderezar algunas de estas falencias. No pocos científicos han cogido sus bártulos y se han ido adonde está la sociedad (centros cívicos, ayuntamientos, cárceles y salas de diferentes organizaciones y organismos) para mostrarle a la gente algunas cosas de las que hacen. Ese pedacito de la sociedad que estaba allí, que pudo asistir o participar en el baile, se enteró de la música e incluso pudo palpar la consistencia física de los científicos.

Quienes no estuvieron en estos jolgorios, no se enteraron de nada, o de muy poco, por más empeño que hayan puesto en saber que ocurría en otras partes de la geografía científica de España. Ni información, ni comunicación, ni siquiera para los que, de una u otra manera, son arte y parte de la comunicación social de la ciencia. La cultura del chiringuito propio y ni se te ocurra tocármelo, es lo que prevalece frecuentemente por encima de muchas otras falencias. Y esto sirve para mucha de la política que se despliega por museos, universidades, OPIs, medios de comunicación, administraciones, todo lo cual cubre con un velo de opacidad proyectos tan encomiables como el propio Año de la Ciencia y sus diferentes manifestaciones. Esta cultura se impone incluso aunque los protagonistas luchen diariamente contra ella, por la simple razón de que una cosa es decir “esto se hace para todos” y otra, muy otra, es poseer las estructuras adecuadas que nos permitan trabajar para todos.

Entre las múltiples estructuras posibles para lograr una comunicación social de la ciencia “inclusiva”, la más a mano de todas, tanto para la ciencia como para los ciudadanos, para los organismos de política científica y las administraciones, es la Red. La posibilidad de crear nuevos medios de comunicación de la ciencia en red en la Red ha cambiado la dirección y el contenido de la comunicación social de la ciencia. La preocupación de los científicos por acceder a los medios de comunicación tradicionales hoy no tiene mayor sentido. Son los propios centros de públicos de investigación los que deben asumir la indelegable opción de comunicar ciencia a los ciudadanos. Pero no como lo hacían antes (y lo siguen haciendo ahora): mandando notas de prensa a la prensa para dar a conocer de manera sincopada los hitos de sus investigaciones. La Red permite desenrollar la evolución de campos de la investigación, delimitar sus territorios, enriquecerlos con los contextos necesarios, modificarlos a medida que cambian, destacar a sus protagonistas y reelaborar esta información hacia las necesidades específicas de las diferentes audiencias que pueden consultarla en cualquier momento, o cuando suceda algo relacionado con ese “estado de la cuestión”. En otras palabras: cuando salte la noticia sobre un determinado aspecto de la investigación científica, tendremos la oportunidad de saber donde colocarla y no, como sucede ahora, que vamos de una a otra y no sabemos ni por qué nos toca.

En vez de esto, ¿qué tenemos? Las web de la ciencia (centros de investigación, universidades, administraciones...), salvo escasísimas excepciones, son verdaderamente misteriosas. Nos tratan a todos por igual, como si tuviéramos la misma edad, la misma educación, el mismo interés o la misma curiosidad por la ciencia. Y esto lo hacen justo cuando la sociedad potencialmente puede acudir en mogollón a visitarles en el espacio virtual, en vez de pasar de largo por delante de institutos, universidades u organismos públicos de investigación, como ocurre en el mundo físico. No sólo nos tratan por igual, es que además nos tratan como si fuéramos algo tontainas y necesitáramos puré de ciencia a ver si por fin digerimos y entendemos algo. Pero, claro, esta “política de comunicación” retrata más al que la diseña y ejecuta que al que la sufre.

La prueba más palpable de la miopía de semejante política la tenemos en el propio Año de la Ciencia. Algunos hemos tenido el privilegio de cansarnos la vista consultando los proyectos que se han presentado. Muchos de ellos eran simplemente estupendos. No sé el éxito que habrán tenido al implementarlos, pero, sobre el papel, eran la cabal demostración de que en España hay muchos científicos preocupados por la comunicación social de la ciencia, que saben trabajar en equipos eclécticos y que cuando se ponen a ello basándose en su propio trabajo son capaces de imaginar formas de comunicar la ciencia que no están en los libros. Pero que las webs de sus propios centros son incapaces de reflejar y mostrar ambas cosas: lo que hacen cotidianamente y los proyectos a través de los cuales tratan de mostrarlo al público. Cuando dan cuentan de esta actividad, todo queda como en una isla misteriosa, rodeada de nubes y agua, sin forma de avizorar que integra un denso archipiélago.

¿Por qué sucede esto? Se pueden enumerar muchas razones, y no es este el lugar para elaborar el catálogo. Pero mencionaré una que es como una granada de racimo: la mitomanía por los medios de comunicación tradicionales. Tanto la administración como los propios centros de investigación gastan una cantidad de energía y recursos considerable en tratar de conseguir que, por ejemplo, les procuren un cálido rinconcito en las 80 páginas de un periódico, o en la media hora de un telediario para contar su historia. Imposible. Si sale uno (un científico, una noticia, un centro), ya es demasiado. ¿Dos? Lo primero que vamos a escuchar es: “Esto no es una revista científica. Esto es [un periódico], [una radio], [una tele]”.

Y esto sucede en la era de la Red, lo cual no deja de ser extraordinario. Pero mucho más lo es que esta actitud se mantiene cuando en España está cuajando un sector profesional de la comunicación social de la ciencia... ¡en red! Un sector habitado por empresas, comunicadores y científicos que, lógicamente, sólo estuvo representado anecdóticamente en el congreso de comunicación social de la ciencia, porque la Red sigue siendo tratada como ese lugar donde alguien pone información mientras empujamos a los gabinetes de comunicación para que se dediquen a lo que merece la pena, conseguir que nuestro comunicado de prensa se convierta en un suculento breve. Curiosamente, los documentos más recientes de la UE y del propio Ministerio de Educación y Ciencia comienzan a hablar de comunicación social de la ciencia sin hacer una referencia explícita a los medios de comunicación tradicionales, lo cual haría pensar que se empieza a reequilibrar la balanza al reconocer que el abanico de los sistemas de información para la comunicación social de la ciencia es más amplio y complejo que lo pensado.

Pues no tanto. Seguimos sometidos al imperio de instituciones centrales –sean estatales o autonómicas- que hacen sus propias web con el rótulo de “para todos y por todos”, informando por lo general de ellas mismas, sin tomar en cuenta la potencialidad de la comunicación a través de Internet, las interrelaciones, las aportaciones posibles del ciudadano (no el buzón típico: “Diga aquí lo que quiera”)... Desarrollar esto último requiere otra actitud, otro tipo de profesionales y, desde luego, presupuestos. Para decirlo de otra manera, el remanente que nos debiera quedar del Año de la Ciencia es una red de información abierta y transparente donde podamos encontrar fácilmente todos los proyectos que se han realizado o se intentaron realizar, las personas que los han pensado y ejecutado, las instituciones de las que procedían, las formas de contactarlos, etc. Una red que canalice el conocimiento y la experiencia acumulados para provecho de científicos, de las nuevas empresas de comunicación social de la ciencia, los profesionales, las instituciones, las administraciones y los ciudadanos. Una red, en fín, que incluso puede promover la celebración de talleres, seminarios, cursos y conferencias sobre cómo comunicar la ciencia a la sociedad. La gente, la experiencia y los materiales, de entrada, ya los tiene.

Una red de estas características, que no la tiene que hacer sólo el ministerio del ramo, pero sí dotarla de recursos porque son ellos los que poseen una parte esencial de la información, le permitiría a los ciudadanos acceder a la ciencia de primera mano, conocer a los científicos, pensar en la ciencia no sólo como algo que deban absorber o degustar, sino como un campo de reflexión sobre el papel que juega la ciencia en la vida cotidiana, al que, además, puedan contribuir. Por último, crearía las condiciones para sostener el esfuerzo en el tiempo.

Así se cumpliría lo que dice en su escrito Cecilia Cabello: “[con el Año de la Ciencia] simplemente se pretende sentar los cimientos para que los ciudadanos conozcan las posibilidades de la ciencia para mejorar nuestra calidad de vida, sin olvidar los desafíos científicos y tecnológicos a los que se enfrenta nuestra sociedad”. Pues eso, algo así sólo se puede conseguir colocando como sillar a la comunicación social de la ciencia en red por la Red. Menos webs para proclamar nuestras bondades, más sistemas de información en red para que la gente acceda a una ciencia viva, de la mano de quienes la alimentan y cuidan diariamente en los laboratorios y en un entorno virtual donde las interacciones permitan hacer crecer el interés y la preocupación por la información científica. A ver si por lo menos somos capaces de construir estos cimientos... en la Red... a partir de 2008.
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