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El laboratorio ciudadano

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
21/11/2007
Fuente de la información: Madrimasd
Organizador:  Madrimasd
Temáticas:  Redes ciudadanas  Internet 
Artículo publicado en Madrimasd
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El destino de Can Suris, una antigua fábrica textil de Cornellá de Llobregat (Barcelona), no ha sido, como ha ocurrido con casi todas las de su estilo y época, el de caer bajo la piqueta o verse congelada como una pieza de arqueología industrial. Por esas vueltas de la vida, el bello edificio ha sido magníficamente restaurado para alojar al primer laboratorio ciudadano de España dedicado a las tecnologías de la información. Qué paradoja: de punta de lanza de la industrialización en el siglo XIX, a punta de lanza de la sociedad del conocimiento en el siglo XXI. La nueva sede de una Internet diferente a como la hemos conocido hasta ahora, se inaugurará el 23 de noviembre. Y esperemos que cumpla con lo que promete: convertirse en un espacio para la indagación y la búsqueda de nuevos caminos en el paisaje virtual concebida, promovida y agitada por ciudadanos. Si lo consigue, hará justicia entonces a su nombre oficial: Citilab, el laboratorio ciudadano.

El proyecto llega a la línea de salida después de años de una larga gimnasia en la cabeza de un grupo de gente encabezado por Vicenç Badenes, quien desde el Ayuntamiento de Cornellá y en su capacidad de regidor de áreas tan aparentemente dispares como educación y seguridad ciudadana, plantó la semilla que ahora comienza a germinar. Poco imaginaban cuando comenzaron a darle vueltas a la idea de que finalmente dispondrían de 4.500 metros cuadrados en la restaurada fábrica para realizar un ensayo con aroma de futuro, pero firmemente anclado en el presente. Las tres plantas del edificio están, más que divididas, atribuidas a diferentes colectivos. La planta baja se dedicará a actividades sociales de difusión y aprendizaje, orientadas hacia los más jóvenes (jovencísimos) y los más mayores, sin límite de edad ni certificado de experiencia. Aquí se espera conseguir la masa crítica, por una parte, y la actividad de laboratorio que se estudia a sí mismo, por la otra, para preparar iniciativas más avanzadas que den cuenta de necesidades fuera de la Red que puedan abordarse desde ella.

El primer piso combina la investigación propiamente dicha con una especie de semillero de empresas. Badenes sabe que sin tejido industrial de la información, el Citilab quedaría reducido a una fotocopiadora muy cara de experiencias ya probadas en otras partes de la Red. La tercera planta será estudio de televisión y centro de experimentación con los “media digitales”. Además, las salas para celebrar conferencias y talleres de trabajo están tecnológicamente dotadas con los equipamientos más avanzados, lo cual busca el efecto multiplicador de eventos capaces de movilizar y estimular la imaginación de los ciudadanos.

En suma, el laboratorio de los ciudadanos debe confirmar lo que ya empieza a aparecer en distintos puntos de Internet: dotados de las herramientas necesarias y de un espacio virtual altamente organizado, los internautas son capaces no sólo de intercambiar información y conocimientos, sino de trabajar colectivamente en red para generarlos y de investigar y emprender proyectos gestados a la luz de esos intercambios.

Pero, desde mi punto de vista de entidad sufriente del manoseado cambio cultural, el aspecto más sobresaliente del Citilab en estos momentos es que exista. El hecho de que por fin haya abierto sus puertas y se ponga en funcionamiento es el testimonio más evidente de la existencia de un colectivo de gente de diversa procedencia que, contra viento y marea, ha remado hasta poner en marcha este buque. Que se convierta en buque insignia de la Sociedad del Conocimiento dependerá ahora de que alcance una velocidad de crucero impulsado por los propios ciudadanos. El desafío no es menor. El hecho de que no contemos con espacios como Can Suris desparramados por el territorio es también el testimonio de las dificultades que entraña el que administraciones públicas, instituciones académicas, centros de investigación, colectivos profesionales y civiles, comprendan lo que nos jugamos si hacemos un uso inteligente y avanzado de la Red. Internet es una entidad cambiante y en permanente evolución, cada vez más incrustada en el día a día de nuestra sociedad, y su efervescencia marca, en gran medida, el tono y la profundidad del discurso social en la era de la globalización. Esperemos que Can Suris contribuya a su fértil desarrollo y que todos lo notemos.
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