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Luces de Navidad (Cuento de Navidad)

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
23/12/2003
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Prospectiva  Innovación  Ciencia  Tecnología 
Editorial número 403

No viene día que venga tarde


Nunca se había vivido con tanta expectativa y anticipación la tradicional ceremonia del encendido de las luces de Navidad. Ese momento mágico que convertía en espacios resplandecientes a las plazas y calles de miles de ciudades en el mundo durante los últimos días del año, era el pistoletazo de salida para la pléyade de ritos que componían el mecanismo interior de la fiesta: las felicitaciones rituales, los centenares de millones de bienintencionados mensajes mediante postales, correos electrónicos, anuncios o calendarios, los regalos útiles e inútiles, sorprendentes o (los más) repetitivos, la ilusión de la alegría infantil a fecha fija, la gastronomía sin freno posible, la reverencial mirada a las tarjetas de crédito y la vigilancia de soslayo de la cuenta bancaria. Este año 2013, sin embargo, las luces de Navidad prometían algo más que la felicidad con fecha de caducidad.

Los medios de comunicación habían bautizado en esta ocasión al tradicional encendido de las luces navideñas como el "doble big bang". Efectivamente, el alcalde de la ciudad de la ciudad tendría a su disposición dos interruptores. Uno produciría el "big bang" conocido: guirnaldas y figuras de todo tipo se convertirían en un bosque iluminado cuyo fulgor inundaría calles y edificios. El segundo interruptor encendería las "luces del tiempo" que, por primera vez, se usarían públicamente en la fiesta más popular del mundo occidental. La diferencia entre ambas ceremonias era notable. La primera sólo requería, como siempre, los miles de espectadores dispuestos a decir "¡ooooooh!" en el momento adecuado. En la segunda, sin embargo, además de la audiencia que ya se agolpaba alrededor de las cabinas donde se encenderían las "luces del tiempo", los ciudadanos que iban a recibirlas como si fuera el agua de un rito iniciático hacían cola. Ellos, y las luces navideñas, eran los grandes protagonistas de la noche.

Los periodistas, cámara en ristre y armados de micrófonos, no cesaban de entrevistar a unos y otros, a espectadores y actores.

- Qué, ¿usted no se atreve?
- No sé, es que... a mí me gustan las Navidades, aunque reconozco que a veces me dan ganas de irme a otro planeta. Quizá el año que viene lo pruebe.
- A usted lo noto más que nada indeciso...
- Yo voy a esperar a ver qué pasa. Si todo sale bien, entonces lo probaré para el siguiente Forum de las Culturas. Para hacerlo en Navidades siempre hay tiempo.
- ¿Y, usted, está solo o va con la familia?
- No, no, solo, solo. La familia dice que se lo pasa muy bien estos días y prefieren esperarme. Lo voy a probar yo primero y, si todo marcha como prometen, pues me sacaré un abono por el resto de las navidades que me queden.

- ¡Doctora Hau, doctora Hau, por favor, díganos que siente en estos momentos! ¿Le sorprende lo rápido que sus ideas se han convertido en realidad? ¿Es este su mejor regalo de Navidad?
- Bueno, como ya he dicho tantas veces estos días, nunca imaginamos que llegaríamos a este momento tan rápidamente. Ahora suenan más proféticas que nunca las palabras del malogrado Phil Hemmer, del Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea de EEUU en Hanscom, cuando en el 2001 nos dijo: "Ahora que han mostrado que es posible, el siguiente paso es llevarlo a la práctica". Y, por más increíble que parezca, aquí están las "luces del tiempo", en el lugar que les corresponde para su gran estreno: iluminando las navidades.

Lene Hau conmovió el mundo de la ciencia en 1999 cuando anunció que había conseguido rebajar la velocidad de la luz a unos pocos metros por segundo. Dos años después, el mundo recibía atónito una noticia que devolvía una mirada sorprendida hacia Einstein: Mijail Lukin conseguía detener completamente un pulso de luz roja sin perder ninguno de sus fotones. La luz, que viaja en el vacío a 300.000 kilómetros por segundo, y a un poco menos en medios más densos, había reducido su velocidad a cero en un preparado especial de átomos de diferentes gases, como sodio o rubidio. Poco tiempo después, el experimento ascendió un peldaño más mediante un interruptor químico que permitía que la luz "reanudara" su camino mediante saltos controlados hasta alcanzar su velocidad "normal" de crucero.

En poco tiempo, Hemmer y su equipo, junto con investigadores de otros centros científicos, comenzaron a diseñar prototipos donde se pudiera detener la luz, detener el tiempo y provocar, entre otras posibilidades, saltos en el tiempo cabalgando la luz. Las primeras cabinas experimentales comenzaron a funcionar en el 2009. Rápidamente se pasó del laboratorio a los ensayos de campo con animales. En el 2010, miembros del equipo Harvard-Smithsonian, que venían aplicando la detención de la luz al diseño de ordenadores cuánticos superrápidos, se convirtieron en los primeros humanos en probar los saltos del tiempo a lomos de haces de luz.

Un año después, dos compañías de EEUU comenzaron a fabricar las primeras cabinas en serie aunque, en realidad, cada una debía llevar de fábrica la especificación de su objetivo. No se trataba de una máquina del tiempo "a la Wells" con mandos y palancas para escoger dirección y época del viaje. La "luz del tiempo" requería de una compleja combinación de rayos láser y medios químicos para, primero, detener la luz y, después, ponerla de nuevo en el lugar exacto de coincidencia entre el tiempo y el espacio deseado. Ambas compañías decidieron hacer un estudio de mercado, uno de los más extensos jamás emprendidos y con el mayor índice de participación que se había conocido hasta entonces. Internet fue esencial para asegurarse una cobertura mundial. La pregunta era directa y sencilla: "Si usted pudiera cabalgar la luz del tiempo, ¿hacia donde saltaría?".

La respuesta abrumadoramente mayoritaria desde todas las esquinas del planeta fue clara y estentórea: "Me saltaría las Navidades". Un deseo tan masivo provocó una profunda y traumática conmoción cultural. Científicos sociales, expertos de todo tipo, filósofos e intelectuales, columnistas, charlatanes, todo el mundo se abocó a dilucidar mediante una amplísima batería de argumentos y estadísticas las razones de esta espantada sincrónica. Que si el paro, que si el aburrimiento, que si la disgregación familiar, que si el consumo compulsivo... Todavía siguen apareciendo libros y documentales dedicados a encontrar la quinta pata del gato que explique lo que se dio en llamar "el gran éxodo navideño".

Y aquí estamos ahora, a punto de que el alcalde encienda las "luces del tiempo", las luces navideñas que permitirán a unos cuantos evitarse las Navidades, saltárselas cabalgando sobre haces lumínicos que se detendrán completamente para después reanudar su camino hasta depositarlos, sanos y salvos, en otro tiempo de sus vidas, sin "felices fiestas y próspero año nuevo" en el horizonte inmediato.


A las 12 en punto de este 23 de diciembre de 2013, el alcalde apretó el botón. Un bellísimo fogonazo azul inundó el interior de las cabinas. Las siluetas humanas quedaron recortadas sobre un fondo de haces rojos, los cuales fueron derivando hacia un violáceo cada vez más opaco hasta fundirse en un negro azabache. Todo sucedió en un suspiro, sin estruendo ni fanfarria. Las cabinas de las "luces del tiempo" volvieron a iluminarse, ahora por los adornos navideños que se arracimaban en su contorno.

La ceremonia había acabado. Las Navidades habían empezado. Ahora sólo quedaba cumplir con todos los ritos y aguardar a que los jinetes de la luz regresaran allá por la primera semana de enero. En el aire flotaba una extraña sensación, un interrogante irresoluble: ¿cuál era el mejor de estos dos mundos que acababan de inaugurarse, uno con fiestas navideñas repletas de luces y tradiciones inescapables y otro tan sólo ocupado por el galope de una luz quieta? Ante la duda, vamos a comprar lo que nos falta para la cena. Y el año que viene desaparecemos, ¿eh?.



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