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Las cazuelas (Cuento de Navidad)

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
25/12/2001
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Innovación  Tecnología 
Editorial número 299

Si cantas al asno, te responderá a coces


El intenso frío del mediodía se mezclaba con el aroma del ciervo que se asaba en la puerta de la cueva. Trinchado en un palo sostenido por dos horquillas, una mujer le daba vueltas de vez en cuando. Varios niños correteaban saliendo y entrando de la cueva, siempre bajo la estrecha vigilancia de los adultos. Algunos de estos se separaban de vez en cuando del fuego para husmear el aire. No había fieras por las cercanías. Sin dejar de vigilar, regresaban al círculo de los sentados alrededor del fuego. De repente, todos se pusieron tensos. Algunos se levantaron con las lanzas en la mano. Todos miraban al mismo punto del bosque. Por allí apareció un joven, resoplando bocanadas de vapor blanco por la boca y cargando un fardo a sus espaldas. Se acercó al grupo y uno de los adultos le preguntó:

.--¿Qué traes ahí, Anul?

.--Cazuelas.

.--¿Caqué?

"Cazuelas", volvió a repetir el joven mientras abría las pieles y esparcía unas cuantas cazuelas ante la mirada asombrada de los habitantes de la cueva.

"¿De dónde las has sacado? ¿Para qué sirven? ¿Para qué las quieres?", le preguntó la mujer que seguía a cargo del ciervo, mientras Anul las ordenaba sobre la piel extendida. Cinco cazuelas, de distintos tamaños, tres de ellas con una tapa. Un par estaban pintadas con una raya en zig-zag de color amarillo apagado. "Sirven para hacer comida", dijo Anul, mientras permanecía en cuclillas al lado de los extraños objetos sin dejar de mirar a la cara a los que le rodeaban. El más viejo, un hombre de unos 38 años, fornido a pesar de encontrarse ya en un estado avanzado de decrepitud como reflejaba los pocos dientes que le quedaban, se agachó lentamente al lado de Anul y calmó el alboroto que habían causado las últimas palabras del joven.

"Anul, ¿de dónde has sacado estas... cazuelas? ¿quién te las ha dado?". Anul miró al anciano, elevó la vista hasta su padre que le observaba expectante y volvió a enfrentar la mirada intensa de quien, de hecho, oficiaba de jefe del clan. "Los otros. Me las han regalado los otros." Un silencio profundo invadió la escena. El ligero silbido del viento, el crepitar de los troncos y la agitada respiración de los presentes era lo único que se escuchaba. Hasta los niños callaron. "Hoy celebran una fiesta, me han dicho. Me regalaron estas cazuelas para que preparáramos comidas como ellos y nos uniéramos a la celebración. También me dieron esto y me explicaron cómo cocinarlo". Anul sacó otro fajo enrollado que llevaba atado a la cintura en la espalda. Lo abrió y mostró diversas hortalizas, setas, manojos de hierbas, bayas y frutas.

El viejo y varios de los adultos no podían reprimir su sorpresa. Pero en sus rostros también se dibujaba el gesto de un suceso esperado: "Ha llegado el momento". El viejo, sin retirar la mirada de los alimentos, preguntó despacito: "¿Y qué celebran, Anul?" El joven esperaba la reprimenda por haber entablado relaciones con los otros, no este súbito interés por lo que hacían o dejaban de hacer. "Dicen que hoy nace el Sol otra vez y la tierra se abre como en un parto. Eso es lo que dicen. ¿Qué significa eso?". "Eso no significa nada, hijo, sólo que quieren atraerte con historias. Te hablan de fiestas, te regalan cazuelas y esas cosas que ellos comen y, encima, nos las traes a nosotros". El viejo parecía contenido, aunque se le notaba que la ira iba subiendo en intensidad.

Anul no parecía impresionado. "Ellos cocinan en estas cazuelas. Ponen esas cosas adentro con agua. Las dejan bastante rato al fuego. Y todo huele diferente. Después guardan las cazuelas con lo que no llegan a comer y tienen comida para todo el día o para varios días. Muchas veces las llevan cuando se van de caza y sólo tienen que encender el fuego y tienen la comida lista enseguida, aunque no hayan cazado nada todavía. Nosotros no podemos hacer esto. Sólo comemos la carne que cazamos y la tenemos que comer en el momento y siempre trinchada sobre el fuego". Anul jugaba con un par de tapas de las cazuelas mientras esperaba el chaparrón.

"Siempre hemos comido así y no nos hemos muerto por eso. Tú, yo, tus antepasados y los antepasados de nuestros antepasados. ¿Qué ha pasado para que ahora tengamos que usar estas cosas que, además, no son nuestras y no sabemos con qué intenciones te las han dado?". Anul miró a su padre, que era quien había hablado. "Hoy celebran una fiesta y me han regalado las cazuelas sin pedirme nada. Sus cuevas huelen diferente a las nuestras, su fuego siempre tiene seis o siete cazuelas con comidas distintas dentro. Además, como se pueden llevar la comida con ellos no salen todos los adultos a cazar y algunos se quedan en la cueva haciendo otras cosas". "¿Como qué?", preguntó con curiosidad su padre. "Vigilan, pintan, buscan hierbas y frutas para poner en las cazuelas, fabrican cosas, cosas diferentes a las nuestras. Tienen piedras y huesos que cortan por las dos caras".

Los adultos se miraron entre ellos. Una mujer preguntó: "¿Y quién vigila todas esas cazuelas? Porque yo me paso todo el día cuidando que la carne no se queme. Si dices que ponen seis o siete cazuelas al fuego, ¿cuánta gente está atenta para que no se queme lo que hay dentro?". "Yo sólo veo a uno o dos que remueven lo que hay en cada cazuela. No sé, deben saber cuánto tiempo pueden estar al fuego, no sé." Anul estaba cada vez más inquieto. El silencio del viejo le preocupaba.

"Anul", dijo por fin el anciano. "Nosotros hemos comido nuestra caza de esta manera desde la noche de los tiempos. Estamos hechos así: para cazar y comer la carne de lo que cazamos. Si tuviéramos que comer otras cosas y de otras maneras, nuestros antepasados nos lo habrían legado, como nos legaron la lanza. Nosotros somos diferentes y no necesitamos... cazuelas para hacer lo que los otros llaman comidas". Anul se lo pensó unos segundos antes de contestar. "¿Y por qué los otros tienen más herramientas que nosotros? Tienen cosas que llaman arpones, ganchos, armas para cazar animales pequeños o peces...". "¿Y eso que tiene que ver con las cazuelas, Anul? ¿Qué tiene que ver con nosotros? ¿Qué te crees, que los objetos lo es todo, ya sean estas cazuelas o eso que llamas arpones? La vida no se reduce a tener arpones".

"¿A qué se reduce entonces?" La pregunta de Anul flotó demasiado tiempo en el aire. "A mantenernos juntos", dijo por fin el viejo. "¿Nosotros sólos o con los otros también?". Anul no quería ahora soltar la presa. Era la primera vez que hablaba cara cara con el viejo y con los adultos de estas cosas. Miraba a las cazuelas como si en ellas se encerrara un gran misterio que tenía que revelársele en ese momento, antes de sentirse atrapado como un cervatillo. "No nos hacen falta los otros. Nosotros somos más fuertes que ellos, mucho más fuertes, y eso que no tenemos cazuelas", replicó el viejo con cierta sorna en la voz.

Anul le miró a la cara: "Nosotros somos más fuertes, pero ellos tienen más adultos que nosotros. ¿Por qué? Dicen que los más mayores nacieron antes que tu padre". "Te cuentan unas historias muy bonitas, Anul. Nosotros morimos cuando tenemos que morir. Ni antes, ni después. No entiendo adónde quieres llegar", le respondió el padre. Anul tampoco. No sabía adónde quería llegar. Pero las cazuelas y el aroma que emanaba de ellas en la cueva de los otros le tenían fascinado. "A lo mejor viven más porque comen más cosas que nosotros", dijo sin mucha convicción.

"¡Ya estamos con las cazuelas otras vez! ¿Qué tienen que ver las cazuelas en todo esto? ¿Ellos tienen más adultos porque tienen cazuelas? ¿Porque comen esa porquería de hierbas con agua, como tú dices?". El viejo se había puesto de pie. Anul musitó: "Tú tampoco lo sabes. Puede ser que sí, puede ser que no". Todos los adultos miraron al anciano. "¿Crees que ellos son más felices porque tienen comidas distintas?", bramó el jefe del clan. Anul no se esperaba este argumento. No estaba preparado para contestar algo así, de sopetón. El viejo lo percibió de inmediato. "¡Dime! ¿Crees que porque cazan otras cosas o los adultos, según ellos, viven más tiempo, crees que por eso son más felices?". Anul soltó lo único que se le ocurrió en esos momentos: "Hoy, al menos, celebran una fiesta y parece que están todos muy contentos".

"Además", prosiguió rápidamente, "yo sólo quería que probáramos otras cosas. Si cada vez que descubramos algo nuevo nos vamos a poner así...". El viejo dio dos pasos hacia el tesoro de Anul. "¡No me vengas con cuentos! Por supuesto que cada vez que inventemos tonterías nos meteremos en estas discusiones, pero no porque inventemos, sino porque son tonterías, como estas cazuelas que se pueden ir a la mierda".

Dicho y hecho. De una patada las cazuelas volaron por los aires hechas añicos, mientras todos seguían atentamente la inesperada lluvia de trocitos de barro. Nadie vio el avión que surcaba el cielo en aquel momento, a 40.000 años de altura, justo cuando a los otros se les servía la comida. El menú incluía, excepcionalmente y debido a la fecha, asado de ciervo con arroz y verduras hervidas.


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