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La conversación infinita

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
16/3/2007
Organizador:  Entrelíneas. Revista de Red Eléctrica Española
Temáticas:  Redes 
Artículo publicado por LAFH en la revista Entrelíneas, Nº 3 de ENE-MAR-2007, de la Red Eléctrica Española. Un repaso al mundo de los blogs y a su potencial como redes que sostienen una conversación global infinita...


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Los blogs o bitácoras -según el diccionario que uno escoja- eran una innovación anunciada en Internet desde hace muchos años. Aunque faltaba el ensamblaje final en un solo programa que permitiera generar páginas pesonales para publicar de manera sencilla en la web, y que cualquier pudiera añadir sus comentarios, algo que sólo ha sucedido hace cuatro o cinco años, lo cierto es que esta forma de conversación era inevitable. El "big bang" de la blogosfera apunta a fenómenos más profundos y que, sin duda, conformarán nuevas formas de crear contenido, de colaborar en red y de alcanzar lugares todavía impensables a través de Internet. Y, como siempre, todo lo bueno y lo malo del espacio virtual se verá reflejado, de una u otra manera, en este enjambre de actividad incesante a través de las bitácoras.

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Cuando Tim Berners-Lee inventó la web, allá por los inicios de los años 90 del siglo pasado, lo hizo a bordo de un sueño: la posibilidad de crear redes abiertas, transversales, redes jamás experimentadas para el intercambio de conocimiento, experiencias e información directamente entre los usuarios, sin la intervención de intermediario alguno. Ese sueño estaba plagado de páginas que cualquiera podía crear y en las que cualquiera podía intervenir para modificar, corregir, mejorar o aumentar la información que el autor hubiera publicado en ellas. Se trataba de una red neuronal colectiva de imprevisible alcance. Bueno, imprevisible hasta que la dura realidad comercial puso a Berners-Lee en su sitio.

El informático británico trabajaba en el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN – Ginebra) y su sueño estaba destinado, en primer lugar, a los científicos relacionados con dicho centro, gente dedicada a investigar la sustancia de la que están hechas las estrellas y las galaxias. Su red de telecomunicación, aunque conectada de alguna manera a la de Internet (en aquellos años, muchas redes estaban conectadas “de alguna manera” a Internet), era la “red del centro”, a la que se llegaba por diversas redes locales académicas. El invento de Berners-Lee era de una sencillez y una elegancia irresistible. Y era una verdadera revolución de la comunicación: cualquiera podía publicar y cualquiera podía modificar y mejorar lo que se publicaba en la propia página. La World Wide Web se convirtió de inmediato en un oscuro objeto del deseo. Su destino natural no podía ser tan sólo una red particular de científicos enganchados al Big Bang, sino la red donde el universo comenzaba a expandirse a ojos vista: Internet. Y para que la web campara por el ciberespacio era necesario un programa que la hiciera visible, un navegador. Allí se despeñaron los sueños del visionario informático del CERN.

Desde el primer momento del Mosaic y Netscape, los dos programas que permitían ver la información almacenada en la WWW, quedó claro que publicar páginas web lo podía hacer cualquiera. Pero modificar o incrementar su contenido en la propia página, no. Esta función le correspondía sólo el propietario. Esto creó una cierta estructura jerárquica en la red que reflejaba una organización de los conocimientos de los instrumentos tecnológicos junto con el dominio de los contenidos propios. Ello no fue óbice para que la Red explotara y en unos pocos años se midieran saltos absolutamente extraordinarios, tanto en la población de conectados, como en el volumen de información almacenada, transada, intercambiada o negociada a través de las interacciones de los usuarios. No era exactamente el sueño de Berners-Lee y, para ser justos, de millones de individuos y colectivos que aspiraban a un paisaje de la comunicación donde la interactividad sin cortapisas fuera el rasgo dominante, un norte al que apuntaba potencialmente Internet.

Pero, en la Red, lo que es potencialmente posible está siempre a un programa de distancia. Ya en los albores de Internet se podía ensamblar diferentes herramientas informáticas para acercarse a la idea de las “páginas abiertas”. Yo mismo lo experimenté en 1996 y 1997 desde la publicación electrónica en.red.ando. Puse en la página un “remailer”, es decir, un formulario, donde uno dejaba su dirección de correo-e para que se le avisara en cuanto la página experimentara algún cambio. Y había también un formulario para dejar comentarios que automáticamente se añadían al contenido publicado. La idea era estupenda, pero aunque muchos se inscribieron en el “remailer”, pocos, poquísimos dejaron comentarios. En realidad, me dejaron más felicitaciones por mi cumpleaños que reflexiones sobre el contenido de los artículos que publicaba. La Red iba hacia su punto de ebullición, pero le faltaban ingredientes, y madurez.

Estos aparecieron, irónicamente, después de que la burbuja tecnológica reventara y nos dejara bastante exhaustos, pero no desanimados. La comunicación en red había despegado definitivamente y, ahora sí, la gente tenía ganas de despacharse a gusto, de intercambiar ideas, proyectos, preferencias, opiniones, críticas, lo que fuera, pero en el marco abierto del gran teatro digital. Bajo esta presión, el ensamblaje artesanal de diferentes dispositivos para publicar y abrir las páginas al visitante cuajó en un tipo de programa que lo hacía todo: permitía abrir páginas, publicar textos y materiales audiovisuales, editarlos, dejar espacio para recibir comentarios... Eran los blogs, o cuadernos de bitácora. Una especie de invitación compulsiva a decir algo aunque uno no tuviera nada que decir. Cosa que en la Red nunca es cierta: todo el mundo siempre tiene algo que decir, en algún momento, y sobre todo en los momentos que nos están tocando vivir.

Los blogs no sólo venían a rescatar una buena porción del sueño original de la web, sino que proporcionaban un subidón tecnológico de proporciones, lo cual es sin duda uno de los componentes esenciales de su éxito. Los temores razonables de cualquier humano de lidiar con tecnologías tan discretas e inexplicables como las electrónicas, de repente quedaban envueltas en las instrucciones balsámicas del blog: publicar era casi tan fácil como escribir (o así de complicado). Hasta los más renuentes (es decir, casi toda la población internauta) se lanzaron a la infopiscina armados de los blogs, tuvieran o no algo que decir. Y entre todos crearon un nuevo espacio de intangibles proporciones y dimensiones: la blogosfera.

Como sucede con todas las actividades de la Red, los blogs se deslizaron de inmediatamente sobre dos tipos de avalanchas. Por una parte, la humana, propiciada por la facilidad de uso, las ganas de decir cosas y las ganas de los demás de conversar sobre esas cosas. Por la otra, la imposibilidad de clasificar las actividades en la Red y, por tanto, de encorsetarlas de acuerdo a determinados cánones o pautas de conducta. El matrimonio de estos dos aspectos genera un terreno sumamente fértil para las progenies. En la Red se hacen muchas cosas y resulta imposible reducirlas a taxonomías cortadas por reglas precisas sobre lo que está pasando. Lo único que se puede decir es que está pasando algo y que ese algo tiene consecuencias y repercusiones absolutamente en todas las direcciones.

Esta combinación ha sido el detonante del éxito de una forma de hacer las cosas en Internet que ha ganado un peso colectivo muy por encima de las partes que la componen. En el mundo suceden muchas cosas como para no decir algo al respecto. Suceden, además, a todos los niveles, desde lo más local y cercano, hasta lo más global y supuestamente lejano. Y, encima, quienes tienen la obligación –política, cultural, científica, profesional, etc.- de decir algo al respecto o no lo dicen, o lo dicen mal, o lo dicen demasiado tarde, o directamente engañan. En estas circunstancias, lo que antes era un erial de la comunicación controlado por unos pocos, ahora es un campo fértil para todo tipo de iniciativas, desde las más extravagantes y dispersas, hasta las que aparecen revestidas de un indudable tinte profesional, dedicado, casi vocacional.

No tiene nada de raro, pues, que los blogs hayan explotado en primer lugar en la cara de los medios de comunicación y de quienes, por una u otra razón, tienen la obligación de informar al público de sus actividades. Todos ellos tienen ahora un verdadero ejército de vigilantes, paramilitares de la comunicación, armados con una herramienta sencilla pero tremednamente eficaz. Por eso tampoco tiene nada de raro que hayan sucumbido a la tentación de los blogs desde presidentes y ministros de países y regiones, hasta todo aquél cuya actividad se cimiente sobre la comunicación, como empresas, profesionales de todo tipo, instituciones y, por supuesto, individuos con algo que contar (o no, pero les da igual). La enumeración tiende hacia el inifinito, porque uno de los efecto de los blogs es la aparición de nuevos híbridos laborales, todavía no clasificados por las instituciones de la seguridad social, donde se combinan saberes, experiencias, sueños y alguna que otra pesadilla.

¿Habrá vida después de los blogs? No es una pregunta fácil. Los blogs, en realidad, son mucho más que un programa informático que ha simplificado la tarea de la publicación. A pesar de la dificultad de sistematizar de alguna manera esta prolífica y espasmódica actividad, los blogs canalizan lo que podríamos llamar “una pretensión de comunicación transversal a gran escala, o global”. Por eso han generado una economía muy dinámica, apoyada en buscadores especializados, en jerarquizaciones volátiles basadas en la importancia coyuntural de sus contenidos, todo ello apoyado en un grado de penetración altísimo, aunque selectivo, en prácticamente todos los ámbitos de todas las actividades que podamos imaginar.

La evolución del blog apunta hacia la conformación de galaxias o, más bien, redes de galaxias de blogs que se activan (comparten y distribuyen información común) de manera esporádica y coyuntural, al socaire de acontecimientos anodinos o extraordinarios, pero generando, al mismo tiempo, una especie de materia oscura universal del ciberespacio sin la que no será fácil vivir. Habrá que aprender a hacerlo y eso significará el refinamiento de muchas de las herramientas de las que hoy disponemos para buscar los blogs que nos interesen, seleccionarlos como nuestros suministradores de información en áreas específicas o convertirlos en nuestros interlocutores mientras su cháchara nos pertenezca. Muchos dirán inmediatamente: “Sí, ¿pero cómo sabremos si son fiables?”. Esa es una pregunta que uno debe aprender a hacerse y a responderse desde el ámbito doméstico y familiar, mucho antes de ni siquiera pensar en Internet. Es la única forma de salir a la calle preparados para enfrentar esta sociedad de la información y el conocimiento que construimos incluso cuando estamos calladitos.

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blog.es

La blogosfera no reconoce banderas, aunque su ritmo de desarrollo, crecimiento e influencia ha variado notablemente en EEUU, por una parte, y en el resto del mundo, por la otra. Las victorias electorales de George W. Bush, las consecuencias del atentado del 11-S, las guerras en Irak y Afganistán, amén de una mayor madurez en el uso de Internet, crearon las condiciones para que los blogs adquirieran una importancia coyuntural considerable. Los medios de comunicación se sintieron vigilados como nunca, pero, al mismo tiempo, están convirtiendo en blogueros a algunos de sus más destacados periodistas. En España, la difusión de la denominada blogosfera hispana ha tenido que superar obstáculos notables como la baja penetración de la Red, la relativa escasez de contenidos y una cultura en el uso de Internet con una fuerte impregnación gremial. Aún así, los buscadores reflejan un notable crecimiento en la creación de blogs, aunque es poco lo que se sabe sobre la continuidad de su mantenimiento y la operatividad de los contenidos y las conversaciones que difunden.

Por ahora, el impacto de muchos de estos blogs depende de la capacidad de comunicación de quienes los miran y registran y difunden sus actividades, más que de su engarce en un territorio blog de creación, gestión e intercambio de información con impacto generalizado en la red, algo que, sin embargo, ya comienza a suceder en algunas áreas de información.

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El ránking de la Deutsche Welle

Existen centenares de buscadores de blogs. Dos clásicos son Google y Technorati. En cuanto a la calidad de los blogs, a continuación se propone un enlace a los mejores blogs en varios idiomas, según una de las tantas instituciones que se dedican a clasificar este tipo de páginas siguiendo inclasificables criterios. En este caso, es la clasificación que anualmente realiza la Deutsche Welle, el equivalente alemán a la BBC.

Los BOBS, creados por la Deutsche Welle, premian "los mejores blogs del mundo". Estos son algunos de los galardonados en 2006:

Mejor blog en árabe. Ejemplo de periodismo ciudadano. El autor ha cubierto incidentes ocurridos en su ciudad natal, Alejandría.

Mejor blog en chino. Bitácora de una crítica gastronómica con cáncer de estómago.

Mejor blog en alemán. Escrito por una inmigrante alemana en Israel. En él cuenta su vida y analiza las imprecisiones y errores de los medios de comunicación norteamericanos, alemanes e israelíes.

Mejor blog en holandés. Dos periodistas holandeses informan sobre la Nueva Europa.

Mejor blog en español. Analiza la actualidad, el periodismo y la blogosfera.

Mejor blog en inglés. Publica información sobre contenidos digitales.

Mejor blog en francés. Blog dedicado al pastoreo y la diversidad.

Mejor blog 2006. Aboga por la transparencia en el Gobierno y el Congreso de EEUU.


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