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Cambiar para no quedar igual

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
18/6/2002
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com, S.L
Temáticas:  Redes 
Editorial 324

El uso es maestro de todo
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Cuando se comparan las características de la digitalización abierta y la digitalización cerrada, que hemos examinado en los dos editoriales previos, tanto en sus desarrollos particulares como en el momento del cruce, se advierte que, en realidad, ambas expresaban tensiones y tendencias sociales de mucha mayor envergadura (como, por otra parte, no podía ser de otra manera). Además, si estas características tuvieran -que las tienen- los relieves y depresiones típicas de un mapa de tres dimensiones, veríamos también cómo en algunos casos su orografía se adaptaba como un "continuum" al paisaje social y, en otros, actuaban como verdaderas fábricas de paisajes emergentes. Por eso, cuando se habla del cambio cultural en las organizaciones, el sustrato tecnológico de dichos cambios es tan importante -tanto para promoverlos, como para comprenderlos-, aunque tan sólo expliquen una parte de toda la película.

Una de las diferencias más sobresalientes entre las redes abiertas (como Internet) y las redes cerradas (como las redes de área local que impulsaron la digitalización en las organizaciones y las empresas) es el hecho de que las primeras estaban "vacías" (el contenido lo ponían los usuarios), mientras que en las segundas ya estaban construidas por la información necesaria de acuerdo a las funcionalidades y objetivos de la empresa. Información, por otra parte, suministrada y organizada por quienes ni siquiera tenían que ser usuarios de esas redes. En otras palabras, en un caso no había organización, sino que ésta se construía por parte de los propios usuarios de la Red a tenor de sus propios intereses. Como se dice hoy, la agenda de esa organización no existente la escribían quienes la construían al socaire de las relaciones que se creaban a medida que la información que suministraban (y las interacciones que propiciaban) abrían nuevos espacios virtuales o modificaban los existentes.

Al otro lado de este proceso social, las redes de la digitalización cerrada modificaban también las organizaciones existentes. Así, se reestructuraban los procesos de producción, aparecían nuevos sectores de trabajadores en el mercado laboral, emergía como una "potencia" el sector de servicios montado sobre la tensión entre lo analógico y lo digital y, en resumen, las empresas trataban de adaptarse aceleradamente a un proceso de cambio que, se adivinaba, no era sólo interno, sino que tenía su correspondencia en la dinámica social. Estos procesos vivían su mayor momento de aceleración a lo largo de la década de los ochenta. Los años en que Ronald Reagan ponía a la URSS contra las cuerdas con su "Guerra de las Galaxias" que, como hemos dicho en otra ocasión, no produjo una sola arma digna de tal apellido, pero potenció extraordinariamente la penetración de la digitalización, abierta y cerrada.

El mundo se aventuraba a finales de esa década del siglo XX hacia un tipo de organización no escrita, ni en la historia de la posguerra mundial, ni en las organizaciones que sustentaron el edificio político internacional de la guerra fría determinada por la bipolaridad de las superpotencias. Uno de estos dos imperios, el soviético, inició una travesía de la mano de la Glásnost y la Perestroika (transparencia informativa) que su propio andamiaje político no resistiría. A las pocas horas de las grandes profecías de algunos de los más formidables gurús de Occidente sobre la previsible longevidad de una Europa dividida, el muro de Berlín se cayó y, con él, todo un orden al que  se le diagnosticaba una salud secular. Pero no, ni siquiera llegó a cumplir un siglo de vida.

En esos momentos, finales de los 80 principios de los 90, lejos de las candilejas de los medios de comunicación, proliferaban muchas, muchísimas otras organizaciones que tampoco estaban escritas en ninguna parte. WomenNet, PeaceNet, LaborNet, GreenNet, Trans Community Network -TCN-, etc. (la red de las mujeres, de la paz, del trabajo, verde, de las Comunidades...). Todas ellas existían fundamentalmente en la red, habitadas por más de dos millones de personas. Muchas de ellas formaban parte del paraguas de la Association for Progressive Communications (APC), que cubría prácticamente todo el planeta a través de un tupido tejido de sub-redes. Redes que llenaron el espacio virtual con proyectos propios, con demandas de información y conocimientos para llevarlos a cabo, con demandas y protestas por el papel deletéreo que jugaban el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional cuando estos organismos no eran más que unas opacas siglas en las páginas de economía de los diarios. Las redes se organizaban de acuerdo a la organización de quienes las llenaban de contenido. Los vientos que se sembraron entonces trajeron las tempestades antiglobalizadoras de ahora, entre otras cosas.

En unos pocos años, lo que apenas se adivinaba como un cambio en la arquitectura política de la comunidad internacional, se reveló como una convulsión mucho más profunda en la vida cotidiana y, sobre todo, en la vida de las organizaciones. El encuentro entre la digitalización abierta y la cerrada a mediados de los años 90 se convirtió en un agitador de aguas que muchos habían supuesto estancas para siempre. El conocimiento, fijado como un valor inmanente del capitalismo, y no del cambio social, había sido elevado a los altares de una organización jerárquica social respetuosa de un "status quo" que, sin embargo, se agrietaba sin remedio. Todo es siempre lo mismo, todo cambia para que no cambie nada. Ése era -es- su "motto" ante el que viven piadosamente arrodilladas (no digamos ya sus acólitos).
Mientras tanto, el conocimiento, a través de las redes sociales mediadas por ordenador, plantea nuevas formas de organización social, de agrupamiento y segmentación. Los nuevos modelos de conocimiento revalorizan la información no como un conjunto de datos inamovibles y con propietario conocido, sino como la creación de interacciones en red que abren espacios nuevos de comunicación y de acción social. La información, de repente, se nos revela desvalorizada ("gratis"), a menos que forme parte, y sea producto, de procesos colectivos orientados hacia la consecución de objetivos que, de otras manera, fuera de las redes, resulta difícil, por no decir imposible, alcanzar.

El cruce entre las redes ha supuesto, también, y como era previsible, una fertilización cruzada de criterios y conceptos de un alcance económico y social que trasciende la frontera del mero economicismo interpretativo del sistema capitalista, para adentrarse  en dinámicas más propias de la resocialización de la especie. Los criterios de eficiencia, ahorro de costes (o control del despilfarro), productividad, dimensión, escala, alcance (radio de acción, lo global), intervención en el mercado, coordinación de los recursos, profundidad de las relaciones (nuevas alianzas), adquisición de conocimiento operativo, capacidad de colaborar, etc., dependen cada vez más de cómo (de la destreza y complejidad) se actúe en la Red o se utilicen las redes. Y esto es válido no sólo para esa visión tradicional que adhiere criterios de este tipo a las empresas (como si las empresas hubieran existido siempre en su forma capitalista actual), o a la persecución obsesiva del lucro, sino para todo tipo de organización (desde una indígena a una ONG, desde una asociación cívica a una transnacional) y en todo tipo de circunstancia. Esta es, a mi entender, la espina dorsal del cambio social actual sustentado por el desarrollo tecnológico en la era de las redes.

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