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¡A los warblogs!

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
04/3/2003
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com, S.L
Temáticas:  Comunidades virtuales  Redes ciudadanas 
Editorial número 361

Echa un cacho de honradez al puchero y verás que caldo sale

Mientras Bush no cesa de gritar ¡A la guerra! en la Red también suenan los tambores bélicos llamando ¡A los warblogs! Cientos de miles de internautas han convertido a este nuevo medio de comunicación en su principal parapeto, y a la vez ariete de ataque, frente a la invasión mediática que se les avecina. Los webblogs dedicados a desentrañar las claves de este momento histórico (e histérico) echan humo. Muchos de ellos sabiamente dirigidos y administrados por gente que conecta con otras redes para obtener información "fresca y con contenido novedoso". Otros actúan como especie de muro de los lamentos contra el que se escupe la rabia o la decepción y rebota en forma de relación con muchos otros que se encuentran en la misma situación. El resultado, invariablemente, es la apertura hacia otras avenidas informativas donde estos sentimientos encuentran un armazón que les permite envolver de otra manera al mundo plano y embotellado de los medios de comunicación tradicionales.

Alguien llevará la estadística, pero si en los meses posteriores al 11 de septiembre se crearon más de 500 millones de páginas nuevas en Internet, todo apunta a que estamos ante una nueva oleada de este tipo. Sin embargo, a lo que realmente apunta la ebullición digital actual es a una mayor complejidad de todo lo que representa Internet. Resulta curioso que, aún teniéndolo bajo los bigotes, todavía escuchemos análisis que relativizan el valor de la Red en cuanto "organizador colectivo" de redes sociales que aparecen y desaparecen movidas por los intereses de sus integrantes, pero que dejan tras de sí un rastro deinformación y conocimiento que otros más perseverantes consolidan como un archipiélago de iniciativas, conocimientos, actitudes e, incluso, organizaciones con capacidad para irrumpir en la "superficie" del mundo real.

Los warblogs no son otra cosa, desde este punto de vista, que otro consejo de redacción más, de los varios millones que existen en la Red, donde los propios usuarios toman la decisión sobre los contenidos que desean, los buscan, los solicitan, los leen, se autoeducan, son educados y, después, actúan según sus respectivos criterios. Mientras en el mundo real no cesamos de escuchar las proclamas de los bienpensantes (¡Todos estamos en contra de la guerra! ¡Hay que garantizar la seguridad para educar para la paz!), en la Red se viene desarrollando desde hace muchos años la escuela más impensable y monumental para la paz. No porque la proclame a los cuatro vientos como una necesidad de autoafirmación personal o colectiva, o como un objetivo para calmar conciencias, ni siquiera porque se hayan diseñado cursos y asignaturas específicamente para este fin. La gran escuela digital lo que ha creado es un ámbito denso y descentralizado de comunicación donde lo único que podemos hacer es conversar. Y eso, en el mundo que nos ha tocado vivir, y sin perder de vista los mundos de donde procedemos, es directamente subversivo. ¿Conversar? ¿Ponerse de acuerdo?

En la Red no podemos matarnos todavía (más de uno debe estar trabajando en ello, o sea que no hace falta darse prisa al respecto), no podemos mutilarnos, derrumbar la casa del otro, aniquilarle sus fuentes de alimentación y sustento. No podemos convertirle en un paria. Lo único que podemos hacer es intercambiar ceros y unos. Según como los ordenemos, cuántos ceros y unos de los demás incorporemos a los nuestros, cuantas veces los reordenemos, adónde los enviemos, cómo los enviemos, qué hagamos con ellos en nuestra vida cotidiana, cómo los confrontemos con los ceros y unos de los demás, etc., recorreremos el camino que va de los datos a la información, al conocimiento, a la sabiduría. No hay mucho secreto al respeto, pero sí una gran resistencia, porque nos otorga una responsabilidad enorme.

No es lo mismo delegar en los demás el proceso de poner juntos los ceros y unos y comérnoslos vengan como vengan, sobre todo cuando vienen en tropel mediático y parece que no hay otros órdenes alternativos. No es lo mismo esto que asumir uno mismo estos procesos. No deja de ser un viaje inquietante haciaa la oscuridad: ahí, al otro lado de la pantalla (o de lo que sea), hay millones de seres virtuales que se encuentran más o menos en una situación semejante. "Tocarlos virtualmente" para reconocerlos, para reconocer el propio espacio virtual y dimensionarlo de acuerdo a necesidades ni siquiera explicitadas, es una experiencia sin precedentes. ¿Cómo actuar en esas circunstancias? ¿Qué dejo, qué me llevo? Y, de lo que me llevo, ¿cuánto empiezo a transportar conmigo en la vida diaria?

Esto es lo que ha venido sucediendo desde que la Red se fue abriendo paulatinamente al público desde finales de los años 80 del siglo pasado. Durante casi una década y media, se han venido conformando cientos de miles de consejos de redacción de todo tipo, donde no había cortapisas para entrar y participar, escuchar y aportar, intercambiar e interactuar. Grupos de noticias, foros, listas de distribución, espacios virtuales organizados, comunidades virtuales, redes ciudadanas y comunitarias. Millones de personas se metieron en esta especie de centrifugadora que sólo les exigía que hablaran, que hablaran con los demás, que hablaran a través de la Red. Ya fuera mediante su propia voz, textos, gráficos, imágenes o todo combinado a la vez.

Cuanto más complejos son estos espacios, cuanto más integrados con herramientas de tipo colaborativo, mejores son los resultados de las interacciones de sus integrantes, más específica a sus intereses la información y el conocimiento generado. Los medios de comunicación tradicionales nunca supieron de donde salieron estas "redacciones flotantes" ni qué tipo de alternativa les planteaba. Desde el principio opusieron el valor de la profesionalidad al arrasador oleaje de la comunicación pública en red. Pero no sólo ellos. Todavía son legión los propios usuarios que caen en esta trampa, borrando con el codo lo que fabrican con la mente y los dedos.

Nadie ha bajado con las tablas de la ley desde el Sinaí del ciberespacio. Nadie ha dicho que las cosas tengan que ser blanco o negro. Si lo único que se puede hacer en la Red es intercambiar ceros y unos, es decir, hablar, escuchar, negociar y metabolizar esos ceros y unos, lo único que se puede hacer entonces es un ejercicio constante e infinito de síntesis, selección, discriminación, recomposición. En este sentido, como en las buenas matanzas del cerdo, nada se desecha, todo se aprovecha, todo encuentra su lugar. En ese contexto, la profesionalidad de los medios de comunicación juegan sin duda un papel en la creación del volumen total de información disponible, un papel importante, pero sólo un papel. Hay muchos otros, tan o más importantes, que se cocinan en las nuevas redacciones virtuales y cuyos productos sirven mucho mejor a las necesidades e intereses de cada uno.

La interacción entre estas nuevas redacciones, las decisiones tomadas en los incontables nuevos consejos de redacción que pueblan la Red, han modificado definitivamente el paisaje de la comunicación. Uno de los cambios más profundos es el significado que hoy asumen estos tres conceptos: información públicamente disponible, información producida y distribuida de acuerdo a los intereses de cada uno, e información publicada en los medios tradicionales para servir a audiencias desconocidas. La distancia entre la primera capa, información disponible, y la tercera, información publicada, constituye hoy la verdadera brecha digital. En ese abismo se juega (nos jugamos) la construcción de las visiones de nuestras sociedades, de sus perspectivas y posibilidades, el marco, en definitiva, donde se establecen las reglas del juego. Los internautas nos encontramos en aquella primera capa, la de la información públicamente disponible. Pero, como demuestran los últimos consejos de redacción, los warblogs, una parte importante de dicha información procede, como es lógico, de la tercera capa, de la información publicada en los medios.

Por tanto, no se trata de un terreno liso y sin asperezas. Todo lo contrario. Es un campo de batalla erizado de dificultades y donde no se puede dar nada por sentado de antemano. Pero es nuestro campo de batalla: el de la conversación, el del intercambio de ideas, el de un nuevo tipo de organización social basado en la negociación. Una organización en red que se construye y reconstruye a cada segundo, pero que, como es lógico, avanza muy despacio. Somos muchos, todos queremos hablar, todos queremos que nos escuchen. Aprender a hacer esto no se consigue en una noche, por más larga que sea.

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