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El armario virtual

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
18/2/2003
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com, S.L
Temáticas:  Redes ciudadanas 
Editorial número 359

De esta capa nadie se escapa

Los varios millones de personas que este fin de semana marcharon contra la guerra por ciudades de los seis continentes (la Antártida entra en esta contabilidad) fue, sin duda, la "salida del armario" más multitudinaria de que se tenga memoria. En este caso, del "armario digital". La Red se convirtió durante muchos meses, y en particular durante las últimas semanas, en el lienzo natural donde se fueron trazando las alianzas, los contactos, los consensos, los vínculos de solidaridad, las aceptaciones o los rechazos, las iniciativas en suma que abrieron las tripas de Internet y lanzaron a la calle a cientos de miles de ciudadanos de todo el planeta enojados con sus gobiernos, con Sadam, con Bush y con todas las santas alianzas sedientas de sangre y de otros líquidos más viscosos y no menos energéticos. Las manifestaciones de este mes de febrero vinieron a cerrar un bucle, un largo bucle, que comenzó a gestarse a principios de la década de los 90 del siglo pasado.

www.voila-uhren.de Si bien los intercambios por Internet alcanzaron la escala del "rojo frenético" en las semanas previas a la convocatoria de las marchas contra la guerra en Irak los días 15 y 16 de febrero, el sedimento de esta disconformidad tiene una larga historia en el ciberespacio. Como ya hemos contado en otras ocasiones (véase el editorial "Cumbre: Zona Cero"), una Internet todavía adolescente desde el punto de vista de su uso público, sirvió para organizar la parte medular del Foro Global que se celebró en Río de Janeiro en 1992 junto con la Cumbre para la Tierra, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. Previo al evento, cientos de ONG de todo tipo y lugar, habían organizado conferencias e intercambiado información a través, sobre todo, de la Association for Progressive Communications (APC), una organización paraguas de numerosas redes telemáticas repartidas por los cinco continentes.

Tras la cumbre de Río, la efervescencia de estas redes sembró la semilla de una multitud variopinta de sistemas de información sobre la situación local en distintas partes del planeta. Allí comenzaron a desarrollarse los análisis sobre el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, sobre sus políticas de reestructuración económica que sustituían cultivos tradicionales, desplazaban a a poblaciones enteras o las reducían al hambre al someterlas a un intercambio desigual en el comercio internacional. En "aras del progreso" se sacrificaban pueblos, productos y las bases sostenibles que podían garantizar la supervivencia de sociedades enteras. Toda la información sobre esta verdadera masacre estaba en la Red, pero la Red permanecía en gran medida oculta para las sociedades avanzadas, supuestamente las grandes beneficiarias del acceso privilegiado a la información. De más está decir que estos no eran los temas preferidos de los medios de comunicación de masas, a menos que tuvieran algún tinte catastrofista o antropológicamente interesante para los documentales.

Hasta que el sarpullido de Seattle hizo saltar todas las alarmas. De repente, y sin que se supiera muy bien cómo (y, para muchos, porqué) el Banco Mundial y el FMI se convirtieron en los grandes lobos de la globalización, a pesar del escaso espacio que ocupaban ambas instituciones en los medios tradicionales. Una globalización entendida como la imposición mafiosa de una serie de políticas e instrumentos económicos que reconstruían las reglas de juego del comercio internacional en favor, siempre, de los países ricos e industrializados. Contra esta globalización aparecieron en las calles miles de ciudadanos que, al principio, se reclamaron antiglobalizadores, para comprender más tarde que ellos eran los verdaderos globalizadores: miembros de redes sociales organizadas, fundamentalmente, a través de Internet, que reivindicaban el derecho a expresarse, a organizarse y a ser tomados en cuenta en los procesos de toma de decisión que les afectaban decisivamente. Aquellas lluvias provocaron las riadas del Foro Social Mundial de Porto Alegre, entre otras.

La Red se fue poblando de organizaciones y de individuos que hablaban de cosas sobre las que los medios de comunicación tradicionales ni tenían tiempo para dedicarles una atención pormenorizada. La ocasional emergencia en la superficie de la sociedad de lo que sucedía en Internet se veía más como un folklorismo que como un síntoma de lo que iba mal, o de lo que se intentaba reparar: una moral pública que aceptaba un estado de cosas a escala planetaria flagrantemente injusto y dirigido con la prepotencia que otorga la "política del misil inteligente". La superposición de sedimentos digitales finalmente ha comenzado a ceder y a aflorar abiertamente fuera del armario virtual. En la calle, en el trabajo, en el ocio, en la representación artística, en los colectivos profesionales. En casi todos los lados, menos en el escenario político, todavía deudor de una forma de comunicación y de participación vertebrada a partir del autoritarismo y la jerarquía.

Es curioso (y predecible: véase el editorial "Guerra preventiva" del 11/02/03), desde esta perspectiva, el giro producido desde los ataques a Nueva York y Washington del 11-S. Cuando millones de estadounidenses, espantados y horrorizados ante el espectáculo del colapso de la Torres Gemelas, se lanzaron a la Red para indagar las claves de semejante desastre, la información mejor organizada, más estructurada, más relevante y más rápidamente servida era la que procedía de la cumbre de Río de Janeiro y sus secuelas (Río +5, entre otras). Pero no se trataba de la información más agradable en aquellos agitados momentos para el castigado espíritu de la sociedad estadounidense. Encontrarse de golpe y porrazo con que el mundo era un lugar hostil para muchas de las instituciones más obtusas para el norteamericano medio, incluida su política exterior, tiene que haber producido un notable cortocircuito del que todavía no se ha repuesto del todo. Sin embargo, allí está esa imagen, grabada indeleblemente sobre el soporte digital: cada vez que quieren buscar algo significativo en la Red relacionado con los acontecimientos que están marcando la época, como el intento de Bush de derrocar a Sadam a sangre y fuego, vuelve a aparecer la fotografía de lo que ha sucedido en estos últimos 10 años y el costo humano y medioambiental de una política que se ha querido ignorar por activa y por pasiva.

¿Cuánto tiempo se puede vivir engañado cuando las claves para deshacer el entuerto las tienes en la pared de tu salón (o en la pantalla de tu ordenador)? ¿Cuándo vamos a comenzar a conversar, a escucharnos, a decidir conjuntamente sobre lo que queremos ser y hacer (o destruir)? Sobre todo, ¿cuánto vamos a tardar en hacerlo ahora que poseemos instrumentos que nos permiten abordar una tarea que, sin ellos, tan sólo sería una cuenta pendiente más sin fecha de caducidad? Internet ha permitido canalizar una gran parte de esta "nueva" energía para depositar en las calles de cientos de ciudades a millones de personas. Es tan sólo un paso y, quizá, tan sólo un paso previo a lo que debería ser la verdadera caminata fuera del engaño, de las patrañas del poder imperial y de las artimañas de sus palafreneros.

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