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Guerra preventiva

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
11/2/2003
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com, S.L
Temáticas:  Política  Internet 

Editorial número 358

A cualquier dolencia es remedio la paciencia



¿Podría lanzar Irak un ataque contra EEUU o Europa bajo el concepto de la guerra preventiva? Según fuentes oficiales cercanas a Husein, crecen las sospechas fundadas en el gobierno iraquí de que se está preparando algo gordo contra su país y tiene todas las apariencias de un descomunal atentado terrorista. Allá lejos, en el mar, se distinguen a cuatro portaaviones artillados hasta el palo mayor y rodeados de barcos con mala pinta, todos erizados de cañones. En la frontera del norte acechan más de 30.000 soldados camuflados entre los kurdos. Por el sudoeste, dicen, acaba de desembarcar una división blindada de temible historia y prontuario comprobable. La llegada de aviones de combate de todo tipo a los países limítrofes es constante. Aunque estas fuentes oficiales no lo han podido confirmar, se rumorea que numerosos satélites (que los iraquíes aseguran que no son suyos) se están posicionando sobre su país para dirigir armas de devastación masiva de singular poderío destructivo. Algunos incluso hablan de bombas atómicas.

Por si fuera poco, los presuntos autores de todos estos preparativos están tratando de coleccionar públicamente aliados para incrementar, si cabe, el poder arrasador de sus organizadas células armadas. Lo más sorprendente, según los medios iraquíes, es que ninguna policía del mundo trata de impedir estos preparativos y arrestar a quienes, ya sin vergüenza alguna, aseguran que están dispuestos a atentar contra Irak le pese a quien le pese. Ni siquiera Osama Bin Laden había osado actuar de manera tan descarada hasta ahora ¿Está justificada, pues, una guerra preventiva para impedir esta evidente falta de seguridad para su población, se preguntan estas fuentes iraquíes?

No hay respuesta. Los analistas occidentales están tan preocupados en ocupar un lugar en los medios de comunicación, y hay tantos (analistas y medios) y tienen que procesar los acontecimientos a tal velocidad, que incluso se olvidan de lo que dijeron ayer, o anteayer. Por ejemplo, hace apenas un año y medio, después de la destrucción de las Torres Gemelas y de un ala del Pentágono, aseguraban que el mundo libre formaría un bloque junto al imperio contraatacado tan sólido que cambiaría para siempre el paisaje político que habíamos conocido de la comunidad internacional. Nosotros, desde esta humilde tribuna de en.red.ando, sostuvimos todo lo contrario. Dijimos desde el primer momento que el reordenamiento de Asia Central, el aseguramiento de los yacimientos petrolíferos de la zona y la política regional del imperio garantizaban, en esta época, precisamente lo contrario: la disolución de alianzas que a todos parecían evidentes, la fragmentación de la cohesión social no sólo entre naciones tradicionalmente amigas, sino incluso dentro de ellas. En particular, entre EEUU y en Europa.

Entre las muchas razones para arribar a estas conclusiones se cuenta, ya sea como síntoma o como inevitable política de fondo, la extensión a todo el mundo del tradicional doble rasero con que se ha movido EEUU en el concierto internacional, sobre todo a partir de la mitad del siglo pasado. A Europa le ha costado más verlo, o actuar al respecto, porque se ha sentido -y, en gran medida, todavía se siente- prisionera del legado de las dos guerras mundiales. EEUU ha chantajeado con este argumento, de innegable peso específico, cuanto ha querido a sus aliados. Ahora se encuentra con nuevas generaciones (en su país y en el resto del mundo) que no están dispuestas a pagar este precio a cambio de convertirse en marionetas de la Casa Blanca. Esto también es nuevo y forma parte del "totum revolutum" causado por el 11-S.

Parte de este chantaje es la discusión actual sobre si se extiende o no el "antiamericanismo". Una discusión que se nutre de diferentes torrentes históricos, como el izquierdismo arrepentido que cubre el arco desde la socialdemocracia hasta las organizaciones extraparlamentarias, el comunismo derrotado tras la segunda guerra mundial, los residuos de los acnés juveniles del 68, etc. Los sesudos análisis de quienes fueron los filósofos de aquellas tormentas, como los de Bernard-Henry Levy et al, hoy tratan de empantanarnos en los lodos de la religión o de una escala de valores inmanente sin sujeción a ninguna fuerza terrenal. De repente han perdido de vista la forma -y el fondo- como EEUU ha ejercido el poder de su capitalismo corporativo en casi todo el planeta. Para Levy, la actual oleada de antiamericanismo es "el odio a la idea de Norteamérica como una región del alma".

No sé cómo tiene el alma el señor Levy, pero en ella debe haber cobijo para cosas interesantes. Como la intervención de EEUU sin ninguna clase de miramientos en favor de sus intereses corporativos en la organización y estructura del comercio internacional (¿por qué nadie habla de ello ahora, acaso no es esto lo que vuelve a intentar Bush, sólo que ahora no puede hacerlo como lo han venido haciendo todos los presidentes de EEUU desde el fin de la segunda guerra mundial y durante todo el período de la guerra fría?), su firme oposición a la transferencia tecnológica a los países del Tercer Mundo (que nacieron en Bandung precisamente al amparo de esta reivindicación nunca satisfecha que les ha encadenado a una economía de obsolescencia), las estrictas regulaciones para acceder a los mercados internacionales, las listas negras del comercio mundial para decidir quién fabricaba (o cultivaba) qué y dónde lo podía vender, la política de "mira lo que te pasa según con quien hables" y, en suma, la densa y extensa red de corruptelas de todo tipo que hemos llegado a aceptar como "daños colaterales" entre quienes no lograban sobrevivir a este estado de cosas.

Desde la caída del imperio soviético hace apenas 13 años y, sobre todo, desde la irrupción pública de Internet y de toda una galaxia de nuevos sistemas de información de carácter interactivo, proseguir con esta política se ha convertido en un verdadero vía crucis. Durante más de un década, la última, el entramado diplomático que amparaba el ejercicio de este poder del capital estadounidense quedó en entredicho (no enterrado, ni mucho menos muerto, aunque sí tocado, dentro y fuera de su país). Hemos llegado a un punto en que lo que antes se cocinaba entre bambalinas (el poder es información, la información es poder), ahora no tiene más remedio que salir a la palestra pública: es uno de los peajes que hay que pagar en una sociedad donde la información se ha disuelto en un poder blando incontrolable, difuso, reticular, fragmentado. Un poder exigido y ejercido por la ciudadanía (a ver, que nos expliquen qué quieren hacer y por qué) y, a la vez, conferido por ella a través de múltiples e incontrolables interacciones.

Ahí reside, a mi entender, una de las raíces esenciales del antiamericanismo de hoy: una reacción profunda y sostenida contra el poder del tardo-capitalismo de EEUU, ejercido sin la red de seguridad de un orden internacional organizado desde la opacidad (¡cuántos crímenes nos quedan por descubrir, cuántos legados que reclamar!). Hoy sabemos, aunque nunca lo suficiente, y hoy reclamamos una actitud coherente con lo que sabemos.

Y este antiamericanismo no tiene nada que ver con la relación que cada uno de nosotros, o nuestras sociedades, mantengan con la impetuosa cultura de EEUU. Admirar y participar de la cultura estadounidense no significa necesariamente tener que admirar y participar de la política exterior de EEUU. El ejercicio de la competencia económica amparado por su Constitución sustenta mitos de un innegable poderío cultural, como el "american way of life" o el "self-made man". Pero al metabolizar estos mitos para canalizarlos en una política exterior, sobre todo en esta época (y también en los últimos 50 años), se convierten en mecanismos de control e intervención que contradicen abiertamente los declarados valores que los sustentan. Así, el ejercicio de la libertad en EEUU (algo que se puede interpretar y valorar desde múltiples puntos de vista), se convierte con una facilidad extraordinaria al proyectarla hacia el exterior en una conducta mafiosa, ventajista, defensora a ultranza de intereses políticos y corporativos a cualquier costo, que erosionan y contradicen los propios principios de dicha libertad.

Si no distinguimos claramente la frontera de este doble rasero, o si establecemos una línea de continuidad entre ambas caras del ejercicio del poder de EEUU, nos sumaremos irremediablemente a una de estas dos posturas: o EEUU siempre es un adalid de la libertad (y de ahí que el "antinorteamericanismo" tan sólo sea la manifestación de una perversa envidia hacia el imperio), o EEUU condensa la prepotencia, estupidez, ignorancia y simpleza de una nación sin historia construida alrededor de una Constitución democrática que le ha permitido organizar su violencia para alcanzar y mantener su supremacía económica (y de ahí la notable contradicción de quienes se adscriben a esta postura y deben compaginarla con su entregada adhesión a los valores esenciales de la cultura estadounidense, vehiculados a través de productos de consumo masivo, desde la literatura, la música y el cine, hasta la comida y la vestimenta).

La guerra de Irak encapsula esta sopa de ideas mejor -lógicamente- que ningún otro acontecimiento anterior. Nada de lo que sucede hoy se explica, o se puede explicar, a partir de fotos fijas de nuestra historia reciente, sobre todo del último siglo. Sólo una perspectiva desde la evolución de nuestras sociedades, con especial énfasis en las dos últimas décadas, nos puede ofrecer las claves más significativas para colocar en su contexto los eventos actuales y tratar de entenderlos.

A pesar de los esfuerzos de EEUU por oscurecer todo matiz del "enemigo", la cuestión estriba precisamente no en si Sadam es lo que decimos que es, sino qué es Irak hoy en el concierto internacional desde el punto de vista de EEUU. Aquí no se están ventilando cuestiones de terrorismo (que lo hay), libertad (que no la hay), seguridad (que ni la hubo, ni la hay, ni la habrá), soberanía (que ya no se sabe muy bien qué es eso con inspectores en tierra, aviones espías U2 en el cielo y el país desmembrado en zonas de "incursión y vigilancia activa por las potencias aliadas") o defensa del castigado pueblo iraquí (que lo está entre Husein y los promotores de uno de los embargos más punitivos de la historia reciente). Se trata de saber dónde está Irak en el mundo con respecto a EEUU y el resto de países industrializados beneficiarios principales de la organización actual del comercio mundial.

Visto desde aquí, Irak ha sido, es y, hasta que lo barran, será un competidor importante de EEUU y los países industrializados. Irak es uno de los pocos países productores de petróleo de la OPEP que ha reiventirdo sus beneficios en industrializar el país y alcanzar un grado de desarrollo social y económico peligroso en una zona estratégica importante, con recursos estratégicos importantes y, por tanto, con aliados también importantes, como Rusia, Francia o Alemania. La guerra de Bush es otro episodio de la aplicación de la ley de las tres R: sometimiento por la fuerza de regímenes, regiones y recursos considerados "geoestratégicos" desde el punto de vista del control del comercio internacional, con todas las consecuencias sociales, políticas y económicas que ello implica. Y no hay tres R que no sean geoestratégicas. La única diferencia entre ellas es qué fuerza es necesario aplicar para someterlas.

En este caso, y desde este punto de vista, todo apunta a que Irak es verdaderamente importante para la Casa Blanca. Pero no para nosotros, a quienes se nos quiere obligar a sumarnos, ya sea con un silencio cómplice o una adhesión activa, a este nuevo episodio de terrorismo de estado de los muchos que hemos vivido en las últimas décadas. Sólo que, como dijimos inmediatamente después del ataque a las Torres Gemelas, ahora sabemos más y les costará por tanto mucho más matar sin pagar por la factura política y humana que nos quieren hacer tragar.

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