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El polvo de las torres

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
08/1/2002
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com, S.L
Temáticas:  Medio ambiente  Economía 
Editorial número 301

Quien tiene el rabo de paja, no se arrime a las ascuas

Bajo la regla del secreto de los 30 años de ostracismo para la documentación considerada "reservada", el gobierno británico acaba de publicar una serie de interesantes documentos relacionados con la conferencia sobre el medio ambiente de Estocolmo en 1972. Aquel encuentro, el primero de sus características y que sirvió como guía a la Cumbre para la Tierra de Río de Janeiro de 1992, 20 años más tarde, se celebró a pesar de la conspiración de siete países para hacerlo fracasar. EEUU, Gran Bretaña, Bélgica, Italia, Alemania y Francia constituyeron el autodenominado Grupo Bruselas en 1971, cuyo objetivo hoy nos suena a estribillo desgastado: la protección del medioambiente suponía una amenaza para el libre comercio, independientemente de lo que le sucedería a los países más atrasados sino se tomaban medidas expeditivas para evitar la degradación de los ecosistemas. Aunque los documentos no explican cómo, sí aseguran que se lograron "progresos reales en esta cuestión tan espinosa" (New Scientist, edición del 5/1/02).

Los lodos que trajeron aquellos vientos están a la vista: en los últimos 30 años, el deterioro ambiental del planeta ha significado, entre otras cosas, países enteros abocados a la pobreza, la pérdida acelerada de recursos, la imposibilidad de participar en el "libre comercio" y, por supuesto, la guerra, eso sí, siempre por culpa de sus incompetentes gobernantes. Establecer relaciones de causa-efecto en estas cuestiones no debería ser tan complicado como cuando, por ejemplo, se apunta a una asociación directa entre determinados comportamientos y ciertos tipos de cánceres. Sin embargo, a pesar de que los datos están sobre la mesa, seguimos mirando oportunamente hacia otro lado y hablando de los pajaritos de colores. Según la contabilidad más aceptada por los centros de estudios sobre la paz, en la última década el mundo ha vivido 120 conflictos armados que han implicado a 80 estados y han producido 6 millones de muertos. La tónica no fue diferente durante las décadas previas y las cifras de víctimas directas de los conflictos se multiplican por cinco o seis según las fuentes.

Este es uno de los escenarios que nos permiten comprender una parte de la obra de la que formamos parte, ya sea en Ruanda, Palestina, Buenos Aires, Nueva York o Kandahar. El ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre es otra herida más, tan terrible como cualquier otra de las que vienen supurando desde hace décadas con diferentes grados de complicidad de las sociedades industrializadas. Sobre todo, la de EEUU, que hasta entonces no había experimentado mayores urgencias para preguntarse hasta qué punto su estilo de vida tenía alguna relación con el mundo que les tocaba en suerte a los demás. La caída de las torres ha acabado abruptamente con esa era de la inocencia. Y nos vamos a sorprender mucho, otra vez, al comprobar el calado de la otra herida que se está abriendo en el seno de la sociedad estadounidense, a pesar de los intentos del gobierno y de los medios de comunicación de mantener a la población en el limbo más absoluto respecto a la historia de su país en el mundo contemporáneo. En apenas cuatro meses (y, recuerdo, no han pasado todavía cuatro meses desde el 11/9/01), el barómetro de Internet ha ido registrando una notable deriva desde el catatónico "¿Cómo han podido hacernos esto a nosotros?" hacia el descubrimiento de "¿Cómo hemos podido estar haciendo esto nosotros?".

La multitud de foros engendrados al calor del sentimiento comunitario por el horror de los ataques han dejado filtrar lo que los medios tratan de ocultar con notable celo puritano. Las preguntas, en un entorno libre, caótico y prolífico como el de la Red, han empezado a encontrar algunas respuestas que, para la ingenuidad (o inocencia, según algunos) del promedio de la sociedad estadounidense, se revelan como semillas de imprevisible cultivo. Poco a poco han ido emergiendo, como los primeros borbotones de los géiseres de un desierto, retazos del papel jugado por la administración estadounidense en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que muchos intelectuales norteamericanos están jugando a fondo la carta del "odio hacia nosotros" o la "envidia de nuestras libertades", lo que en realidad se intenta difuminar tras el demonizado "sentimiento antinorteamericano" es la cruda aplicación de criterios de doble moralidad con efectos deletéreos para numerosos países del mundo.

Por supuesto, no se trata tanto de envidiar la libertad de que goza EEUU, como sostiene incluso una izquierda europea reconvertida en funcionaria virtual de la política oficial de la Casa Blanca, sino de condenar todo lo que ha hecho y hace para que otras partes del mundo no gocen de la libertad que merecen. No se trata del odio hacia la capacidad de consumo de su mercado y la evidente pujanza de su cultura y su creatividad científica, sino del rechazo abierto a las formas como ha estrangulado la emergencia de otros mercados comerciales y culturales en los que le iba la vida a millones de personas. Se trata, en el fondo, de que si los principios consagrados en la constitución de EEUU hubieran inspirado su política exterior, posiblemente hoy estaríamos hablando de otro mundo y, por supuesto, de otra sociedad estadounidense, mucho menos aislada, menos insular, culturalmente más curiosa sobre lo que sucede más allá de un palmo de sus narices y, desde luego, más preocupada por las repercusiones de su estilo de vida en los ecosistemas sociales, históricos y biológicos del planeta.

Algo de esto está empezando a suceder fundamentalmente en la Red. La enorme dificultad de extrapolar los acontecimientos del ciberespacio al mundo exterior y, en particular, convertirlos en relaciones sociales tangibles, no quiere decir que no tengan lugar. Y, sobre todo, que no estén afectando a las visiones de cientos de miles de personas educadas en la simplicidad de un mundo dividido entre buenos y malos, en el que a ellos siempre les había tocado el papel del rubio, alto, guapo, sexy, capaz de resolver con un sencillo golpe de astucia (o de efectos especiales) las situaciones más complicadas. El camino hacia la duda, sin duda, es muy largo y no se puede escribir la historia de un siglo a los tres días de haber comenzado.

Sobre todo porque la olla de Internet en EEUU ha hervido en estos cuatro meses fundamentalmente con caldos locales. Ahora comienzan a verterse ingredientes globales, pocos todavía, pero suficientes para abrir nuevas brechas en la discusión y en los planteamientos. Es la primera vez que sectores considerables de la sociedad estadounidense debaten abiertamente con sectores de otras sociedades del mundo. Un debate mediatizado en gran medida por las fuertes corrientes aislacionistas y culturalmente degradadas de la propia sociedad norteamericana, así como por el peso considerable de sus medios de comunicación que pugnan por ser tan mediocres como la mediocridad media social que registran las encuestas. Y por una clase política fuertemente comprometida con (y corrompida por) la aplicación de la vena imperial en el exterior que ahora, por primera vez a escala nacional, trata de imponer también en el interior.

Si, como hemos dicho muchas veces, las redes permiten expresar, nuclear y agregar la inteligencia de sus usuarios, posiblemente estemos asistiendo al primer batacazo histórico de esta política del rodillo militar de EEUU. Con el tiempo, si esto es así, la interpretación de las secuelas del 11 de septiembre puede mostrar derivaciones inimaginables. Y el papel que la Red puede jugar en hacer cada vez más complejas esas secuelas está apenas en sus primeros balbuceos. Los incipientes estudios de las consultoras y los centros de investigación de Internet apuntan a que, en los próximos cinco o seis meses, el total del volumen de información generado por el ataque a las Torres Gemelas puede representar más del 50% de toda la producción de la Red desde 1990 hasta hoy. Dicho de otra manera, el polvo tras la catástrofe todavía no se ha asentado y nadie sabe a ciencia cierta qué paisaje emergerá cuando se despeje el horizonte.

Posdata: Hoy, 8/1/02, la revista en.red.ando cumple seis años. Gracias por habernos acompañado durante este tiempo y esperamos contar con tu apoyo y confianza en estos tiempos turbulentos. A fin de cuentas, siempre han sido así, lo diferente es que no podíamos contárnoslo con la regularidad y cercanía que ahora lo hacemos a través de la Red.

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