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> Artículos > Revista en.red.ando > Artículos en.red.ando 1997
El gallinero digital

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
04/2/1997
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Internet  Gobernabilidad 
Editorial número 57

En casa de herrero, cuchillo de palo


Puede ser que haya gente en España que no conozca todavía el nombre del titular del Ministerio del Interior o de Agricultura, quién es el científico más importante del país o cuántas naciones integran la Unión Europea. Incluso puede ser que a alguno se le haya escapado que rusos y estadounidenses comparten actualmente la estación espacial Mir. Sobre lo que nadie puede argüir ignorancia es que este país definitivamente ha entrado en la era digital. No quiere decir esto que se tenga una idea clara sobre lo que constituye lo digital, sus ventajas, promesas o amenazas, ni que medio mundo haya decidido poner todos sus ahorros en juego para subirse a este barco. No. Lo que ocurre es bastante peor: no existe baldosa bajo la que uno pueda esconderse para huir del aluvión de epítetos con el apellido digital con que nos están bombardeando últimamente. Contra lo que muchos esperábamos, este baño de cultura popular en las premisas elementales de la sociedad del futuro ha brotado por el lado más inesperado: la guerra desencadenada por el diseño del mercado de la pomposamente denominada televisión digital.

Los contendientes, como sucede en estos "sangrientos" conflictos comerciales, aparecen armados de un pragmatismo a prueba de bombas. Por un lado, el gobierno de derechas encabezado por José María Aznar, de autoproclamado liberalismo, enarbola una política intervencionista y reguladora del, para ellos, sacrosanto mercado. En el otro rincón, un grupo de empresas de medios de comunicación de inspiración socialdemócrata (o en sus aledaños) exigen que el mercado lo sea en todo sentido y con todas sus consecuencias, como mandaba el viejo Adam Smith, sin manos ocultas que lo amparen. No voy a entrar ahora en el núcleo de este enfrentamiento. Para desenredarlo sería necesario utilizar una parte de la memoria de Internet infinitamente superior a la que ocupa este en.red.ando y habría que recabar la participación de muchas otras manos para ponerlo en claro. Pero sí quiero llamar la atención sobre un aspecto del enfrentamiento que me parece sintomático de lo que está sucediendo con los medios de comunicación presenciales y del tipo de periodismo por el que están abogando. Sobre todo, por las consecuencias que tendrá para ellos y para el ciberespacio en cuanto medio de comunicación.

La fuerte polémica suscitada entre el gobierno y los grupos mediáticos involucrados (Prisa, Antena 3, El Mundo, Abc, etc.) ha supuesto la institucionalización de la información corporativa (la información generada por la propia actividad de la empresa que informa) en los medios de estos grupos. Un fenómeno que venía ocurriendo hasta ahora de manera más o menos encubierta, discreta dentro de los límites legítimos de los intereses empresariales, sin alcanzar una preeminencia perturbadora para la audiencia de estos medios, se ha convertido de la noche a la mañana (es un decir) en arrolador, invasivo, inescapable, dominante hasta el punto de convertirse en el postaendarte del medio en cuestión desde la misma portada. El volumen de información dedicada a exponer el punto de vista del grupo afectado, el esfuerzo por transmitir dicha información como si fuera de interés general para la audiencia y, sobre todo, el hecho de que ocupe el lugar que podría estar dedicado a la multitud de acontecimientos que suceden en el mundo y que, bajo otras circunstancias, se habría ganado un incuestionable espacio informativo, ha decantado definitivamente la balanza hacia el cariz corporativo de los contenidos. El impacto de esta tendencia dejará una profunda secuela en los propios productos mediáticos de estos grupos y, sobre todo, en la percepción del público sobre el papel que estos juegan en el modelo de comunicación del que son poderosos protagonistas.

Todos sabemos que un grupo empresarial, sea del ramo textil, de las estilográficas o la distribución de pizzas, va a utilizar los recursos que tenga a su mano para defender sus posturas y apuntalar su posición en el mercado. Los medios de comunicación no son una excepción a esta regla, aunque también sabemos que por razón de su peculiar producto —información—, su importancia en este cometido es mucho mayor. No obstante, hasta ahora la legítima defensa de sus intereses interferían ocasionalmente —o en momentos claves— con el volumen total de información, tomando en cuenta que el "color" de este volumen se correspondía por supuesto al de la camiseta de la empresa. La diferencia ahora es que ya no se trata de colores ni de tendencias, sino de que la propia información corporativa, la que produce la empresa a partir de su posición y poder social, es la gran protagonista de los contenidos de sus productos informativos.

El lector (oyente o espectador) asiste perplejo a esta ceremonia en la que el mundo se difumina tras el resplandor de las estrategias empresariales, de las mismas empresas que deberían traerle ese mundo que se le escamotea. Las redacciones están abocadas a confeccionar información corporativa como si fuera una línea de ensamblaje. Pocos acontecimientos han merecido en las últimas semanas un tratamiento tan destacado, continuado y persistente. Es una demostración por vía de una desafortunada paradoja de que, por fin, las noticias no tienen por qué desaparecer de los medios de comunicación de un día para el otro dejando a los lectores con la sensación de que lo que ayer constituía una información fundamental para su continuidad en el planeta, hoy, por razones misteriosas, ya no tiene mayor importancia al volar sin dejar rastros. Es lo que sucede con la polémica sobre la plataforma digital: cada día, la dosis de información al respecto se incrementa y es enriquecida, además, con la aportación de expertos de las más variadas disciplinas, desde la antropología social a la semiótica neuronal. El público asiste incrédulo a este aluvión informativo —que, uno intuye, le interesa muy poco— y de paso confirma sus más profundas sospechas sobre el papel de los medios de comunicación, sobre todo después del período traumático vivido en el fin de la legislatura anterior en la que los periódicos afectos al PP jugaron precisamente esta carta a fondo.

El resultado es una seria degradación de la labor periodística. Se está normalizando lo que comenzó a atisbarse con la conformación de los grandes grupos mediáticos y la necesidad de apoyar su existencia con costosas aventuras de promoción. Ambos aspectos abrieron un camino para que la información corporativa apareciera episódicamente en sus respectivos medios. La feroz competencia, el goteo continuo en el descenso del número total de lectores que todos los estudios recientes vienen confirmando, y la creciente concentración entre los propios grupos, así como el volumen de inversión necesario para abrir nuevos territorios en el mapa de la comunicación, han estimulado aún más esta tendencia. La última eclosión a raíz de la plataforma digital pinta un panorama de la labor periodística que se da de frente con cuanto código deontólogico uno pueda echar mano y plantea graves dudas sobre las vías por las que la profesión puede recuperar su credibilidad (y sé que una considerable mayoría de profesionales viven con enorme preocupación esta grave situación).

Frente a ese modelo de comunicación, en el que el lector, por más plataforma digital que se le prometa, sigue siendo un convidado de piedra sujeto a bombardeos sin casco en los que no ha solicitado ni intervención ni exclusión, el ciberespacio propone una subversión del orden informativo cuyos elementos corrosivos despuntan con mayor claridad en estos momentos. Mientras Internet bulle con información y acontecimientos de todo tipo, en los que los propios internautas tienen mucho que decir —cuando no son directamente ellos los protagonistas—, en los quioscos, radios y televisiones se desarrolla una batalla más de este (¿final?) de modelo basado en el poder, la jerarquía y la autoridad. Si queremos saber qué sucede en el mundo —entendido el mundo como una sucesión de ámbitos interconectados que convertimos por obra y arte de nuestros propios intereses culturales en nuestro barrio virtual, el lugar donde hoy se está configurando el rostro del próximo milenio—, si queremos formar parte de lo que sucede o estar en contacto con quienes hacen que las cosas sucedan, cada vez más la respuesta se encuentra en el ciberespacio, independientemente de la mayor o menor claridad con que se emita en estos momentos. Esto no quiere decir que en el planeta virtual no existan las guerras empresariales que tiñen con el color de su sangre digital la información que producen. Pero el internauta no es un simple testigo ocular desprovisto de los otros sentidos ante estas batallas. Basta abrir el correo electrónico para comprobar la pujanza actual de su posición colectiva frente al intento de unas cuantas corporaciones de volver a acotar el mundo de la comunicación. En este terreno, por lo menos se trata de una pelea abierta en la que podemos participar.


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