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...a la perplejidad de las masas

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
15/10/1996
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Historia red  Innovación  Periodismo digital  Internet 
Editorial número 41

(Tercer artículo de nueve sobre periodismo digital)

En busca del periodista digital (1-10-1996)
De la dictadura de los técnicos... (8-10-1996)
El nacimiento del "poder suave" (22-10-1996)
El cartero llama miles de veces (30-10-1996)
Cómo escaparse del quiosco y no morir en el intento (5-11-1996)
La universidad flotante (12-11-1996)
El corresponsal del conocimiento (19-11-1996)
Periodismo de disco duro (26-11-1996)

Cada grano tiene su paja


El buscador Altavista asegura que consulta 30 millones de páginas. 30 millones de páginas son muchas páginas. Uno, aunque sólo sea por deformación profesional, no puede menos que preguntarse ¿quién diablos está escribiendo todo ese material? ¿cuántos periodistas serían necesarios para elaborar 30 millones de páginas?, sobre todo si pensamos que esta vorágine del WWW comenzó a desatarse apenas en 1994. Un diario importante, con una tirada superior a los 200.000 ejemplares diarios, requiere hoy en día una inversión en infraestructuras de todo tipo (desde los edificios a las tecnológicas) de varios miles de millones de pesetas, una redacción de casi 200 periodistas, un equipo de administración y gestión potente, departamentos de publicidad y promoción que no dejen escapar ni una, una amplia y compleja red de distribución y muchas veces hasta el apoyo de un vasto grupo editorial. Todo eso se traduce en una media anual de aproximadamente unas 40.000 páginas publicadas. Lejos, muy lejos de los 30 millones de páginas que pueblan Internet.

Aunque nos dedicáramos a separar la nata de la leche y descartáramos las repeticiones o lo que muchos llaman "información basura" (calificativo que sólo debiéramos usar cuando poseamos medios para objetivar la basura y no sólo subjetivarla), todavía nos quedaríamos en la mano con una cifra multimillonaria de páginas. Suficientes para saturar el mercado de comunicadores del planeta digital. Luego ¿quién está escribiendo? ¿quién está acometiendo esta gigantesca tarea informativa, ya sea a retazos individuales o en entornos colectivos? La forma más sencilla de averiguarlo sería preguntar directamente a los que ponen páginas en Internet, sean corporaciones o entidades vecinales, universidades, la administración pública o los individuos. Y cuando uno lo hace con los medios de que dispone a mano (el boca a boca, el "mail to mail"), se encuentra casi invariablemente con la misma respuesta: raro es el caso en que haya periodistas involucrados en el proceso de elaboración y publicación de la información que finalmente llega a la Red. Ni en la multitud de páginas colocadas por cada empresa, ni en las pocas de cada uno de los miles de personas que han iniciado su propia aventura en el mundo de la comunicación. Es curioso: el medio más vasto de comunicación que conocemos, la calle principal de lo que tendría que convertirse en la arteria seminal de la Sociedad de la Información, no está poblada por periodistas, sino por gente que de repente se ha lanzado a la actividad comunicadora con un frenesí que ya lo quisieran para sí los escritores dominados por el síndrome de la hoja en blanco.

El fenómeno es aún más significativo si tomamos en cuenta lo que está sucediendo con los periodistas, sobre todo los que trabajan en medios de comunicación (en menor grado en EEUU que en Europa y, sobre todo, en España): salvo excepciones, Internet no forma parte todavía del arsenal de herramientas imprescindibles para realizar el trabajo cotidiano (como lo es el teléfono, el ordenador o el fax), ni siquiera en su vertiente del correo electrónico, que ya debería ser tan imprescindible como el bolígrafo. Y, por supuesto, ni siquiera contemplan que el trabajo que ellos hacen podría tener una traducción digital en el ciberespacio y participar así en estas primeras palpitaciones de la Sociedad de la Información. En esto tiene mucho que ver, desde luego, la forma como las propias empresas de la información se aproximan a Internet (aspecto que trataremos en otro momento), pero los profesionales de la información no deberían perder de vista una de las noticias más espectaculares que se está cocinando bajo sus propias narices: la Sociedad de la Información se está edificando sin periodistas o, más precisamente, sin que ellos jueguen un papel determinante en su configuración. Ellos constituyen por ahora parte de lo que podríamos llamar "las masas perplejas" que acompañan a toda gran convulsión social.

Los nuevos comunicadores, mientras tanto, están abriendo un espacio donde interactúan con los lectores y estos, a su vez, pasan a ser comunicadores, creando una dinámica nueva que imprime su código genético al naciente medio. Estamos en su primeros balbuceos, sobre todo porque la interactividad apenas se ha puesto en pie y echado a andar. Pero el sistema funciona. Su viabilidad no depende ya de Internet o del éxito o agonía de esta red a manos de grandes operadores, corporaciones, Estados o los intereses de todo tipo que confluyen en su desarrollo. Lo fundamental es que se está creando un sistema digital de acopio, clasificación, procesamiento, síntesis y distribución de información y conocimiento en un ámbito interactivo y participativo, abierto y al alcance del ciudadano, tanto en sus costos como en su gestión. Dentro de esta definición, cabe Internet o el sistema (o sistemas) que lo sustituya o lo complemente en el futuro, sea la televisión digital, los "viejos" y los nuevos sistemas multimedia, y un largo etc., cuya característica definitoria será la interconexión.

Interconexión e interactuación. Ambos elementos dependen de los contenidos. ¿Quién los elaborará? ¿Seguirán manufacturándolos el tipo de profesional de la comunicación que conocemos? Por lo pronto, en apenas dos años de vida de Web (la forma más democrática y multitudinaria de los sistemas automatizados e interactivos de distribución de información en vigor), las cosas han dado tal giro que los periodistas casi han desaparecido del mapa. Lo cual nos lleva quizá a la pregunta más irónica que plantean estos sistemas: ¿habrá periodistas en la Sociedad de la Información? O dicho de otra manera ¿qué papel jugarán los periodistas en una sociedad vertebrada a partir de la diseminación de información, comunicación y conocimiento en un entorno interactivo? ¿Seguirá vigente entonces el principio de que la información es poder o, por el contrario, como asegura el filósofo Javier Echevarría, el poder nacerá de la interacción, con todo lo que ello supone en un medio con un elevadísimo grado de participación?

Sin necesidad de responder ahora estas preguntas, lo que ya tenemos en las manos es suficiente como para estimar que la Sociedad de la Información exigirá un tipo de profesional —y de empresa— de la comunicación muy diferente al que hemos conocido hasta ahora. La cuestión es, por tanto, dilucidar qué tipo de profesional, para hacer qué y donde está aprendiendo hoy las habilidades que le capaciten para desempeñarse en el nuevo medio. No es que Internet haya puesto estas cuestiones en el orden del día. Internet, tal y como conocemos la Red ahora, es tan sólo una de las secuelas del fin de la guerra fría y de la crisis del modelo de comunicación que teníamos hasta entonces. La caída del muro de Berlín supuso también la caída del muro que separaba a los dos factores de la información: el informador y el informado, tanto en sus aspectos más rutinarios (periodista y lector), como en los más estratégicos (medios de comunicación y sistema político, poder y sociedad). El escenario resultante es completamente diferente y el papel que juega en él la información y el conocimiento, también.


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