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El "espíritu Internet"

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
27/2/1996
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Comunicación digital  Redes ciudadanas 
Editorial número 8

A quien le dan en qué escoger, le dan en qué entender

Me toca dar más de un seminario al mes sobre Internet y sus posibilidades para diferentes grupos profesionales. Desde mediados del año pasado, he recorrido un amplio espectro del paisaje laboral, desde mis colegas periodistas —una población mayoritariamente tecnófoba, quizá por la forma como la informática irrumpió en las redacciones barriendo en un santiamén métodos de trabajo que ahora, en la distancia, se asocian con un cierto espíritu bohemio en el ejercicio de la profesión— a médicos, estudiantes, maestros y profesores universitarios, editores, diseñadores, empresarios, proveedores de servicios de diferentes tipos e, incluso a una organización religiosa seglar. Para mí, la audiencia, como se ve, suele ser muy variada. El tema, no tanto. En primer lugar, todos quieren saber, por supuesto, qué es realmente Internet (sin descartar cuestiones existenciales decisivas, como ¿quién hay detrás de la Red, Clinton, Gates, la CIA, ATT, los 500 del Fortune, Dios, todos juntos?) y, una vez que el tiempo urge y la sesión se acaba, se suele pasar a temas menores, más "terrenales e insignificantes", como para qué puede servir Internet, quién está conectado, cuánto cuesta y qué provecho se le puede sacar.

Esta es, huelga decirlo, la parte más interesante de los seminarios, porque allí surgen las mil y unas cuestiones que determinarán la forma como cada uno se apropiará de la Red si llega a utilizarla. Si reuniera todas las inquietudes que brotan en esta parte de las charlas (que lo estoy haciendo), resultaría un FAQ, frequently asked questions (preguntas más frecuentes) fascinante. En primer lugar, se convertiría en un fiel barómetro de lo que significa el "analfabetismo digital" y la prejuiciada liturgia que lo ilustra. Pero, en segundo lugar, y más importante, serviría para mantener el verdadero registro de lo que está ocurriendo en Internet: la velocidad con que aparecen soluciones a sus propias deficiencias. Es lo que yo denominaría el "espíritu Internet", una forma de operar de sus habitantes que les hace navegar por el ciberespacio con los registros neuronales encendidos en el modo "búsqueda y captura" de problemas para proceder de inmediato a su solución. Este dato me parece tan o más fundamental que los otros tan al uso, como que se lanza una web nueva cada cuatro segundos, aparecen 700 nuevos servidores del WWW cada día o la población de la red se dobla cada nueve meses.

Tras cada seminario, me voy a casa con el correspondiente catálogo de "inconveniencias y prevenciones" —y en Internet hay miles o tantas como uno quiera ser de quisquilloso— y lo utilizo como una guía para examinar la evolución de la Red. E, invariablemente, para la siguiente conferencia ya puedo explicar que han surgido decenas de soluciones o que alguien —individuo, organización, empresa, proveedor de servicios, etc.— está en trance de resolver muchas de las dificultades planteadas. Por ejemplo, el masivo volumen de información de Internet, esa gran barrera que inexplicablemente aterroriza a los proto-internautas, cada día aparece de manera más estructurada, más fácil de buscar, más personalizada, sin perder, por ello, la fragancia ácrata propia de la red de redes. Los métodos de búsqueda se refinan incesantemente y aumenta la potencia de los buscadores. Los traductores multilíngües están empezando a ayudar a quienes defienden con razón que quieren publicar en la Red en su propia lengua. Y comienza a plantearse a corto plazo una profunda modificación de la WWW: en vez de tener que consultar un servidor remoto donde se encuentra almacenada la información, el usuario podrá enviar un requerimiento de qué es lo que necesita y el servidor le devolverá una respuesta personalizada. Y estas son tan sólo algunas de las soluciones a las inquietudes más frecuentes de los futuros usuarios. Por el camino han quedado miles de problemas, dificultades, verdaderos abismos digitales, que en menos de un año y medio el "espíritu Internet" los ha enviado al todavía inexistente museo de la sociedad de la información.

Para quienes no se conectan todavía, resulta difícil de entender —y casi tan difícil de explicar— el misterioso mecanismo que mantiene vivo a este espíritu y que confiere a Internet su sello de identidad más sobresaliente. Sobre todo, porque nuestra experiencia cotidiana en el mundo real suele atestiguar exactamente lo contrario: cuando nos encontramos con problemas, ya sea en el trabajo, en la familia o en las relaciones sociales, el esfuerzo necesario para encontrar las voluntades que se sumen a la búsqueda e implementación de soluciones es tal, que preferimos la salida fácil de tirar por un atajo que disimule la ausencia de espíritu de colaboración y maquille la permanencia —y agravamiento— de las dificultades. En el mundo de la comunicación interactiva por el ciberespacio, por alguna razón, predomina, como hemos comentado, la actitud opuesta. Y la explicación no se encuentra tan sólo en los sempiternos "factores económicos", lo cual añade una dimensión mucho más atractiva a este esfuerzo cooperativo.

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