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El terror de los analfabetos digitales

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
13/2/1996
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Redes ciudadanas  Ciberderechos 
Editorial número 6

El abismo llama al abismo

¿Cuál sería el destino de un avión repleto de pasajeros y comandado por alguien que jamás hubiera puesto los pies en una cabina de mando? En el cine, esta idea ha alumbrado incontables películas desde el género del suspense hasta la saga cómica del tipo Aterriza como puedas. Parece que ésta última debe ser una de las favoritas de Bill Clinton y de muchos de los congresistas de EEUU, a tenor de la forma como han legislado la cuestión de la "decencia" en Internet (véase la página de los Profesionales de la Computacion por la Responsabilidad Social —CPSR— para saber más sobre esta ley y el intento de declarar inconstitucional el Decency Communications Act por parte de varias organizaciones de defensa de los derechos civiles). Ahora resulta que, precisamente los que no se conectan ni aprovechan Internet, es decir, los analfabetos electrónicos, quieren controlar la Red e imponer sus criterios de censura a todos los demás. Es el "Regreso de la liga de los bienpensantes... en la era digital".

Nos aseguran que ellos están muy preocupados por el material de índole sexual que puede llegarle a sus hijos a través de las redes. Mientras, la poderosa Asociación de Padres de Alumnos de EEUU vuelve a declarar por enésima vez que no está de acuerdo con que sus hijos se conviertan en "los pobres de Internet del futuro". Quieren proteger a sus hijos, sí, pero no a costa de escamotearles los beneficios que reporta la red, entre otras cosas, en materia de educación. Si el Gobierno es el que fija los criterios de la censura, ¿quién y cómo establecerá sus límites y en el nombre de qué intereses?

La pregunta es tan vieja como la sociedad industrial, momento en la educación se convirtió por primera vez en un fenómeno de masas. Pero adquiere tintes propios cuando se la traslada a la sociedad de la información. Sabemos que el mal denominado material pornográfico circula por doquier y se expone libremente en los quioscos. Lo más seguro es que los augustos congresistas de EEUU y sus convencidos epígonos se iniciaron en las artes del amor unipersonal acompañados de muestras magníficas de lo que ahora ellos califican de indecente (a pesar de lo cual, han llegado a codearse con los padres de la patria!). De todas maneras, todavía pueden hacer con sus hijos lo que, a buen seguro (y sin saberse muy bien por qué, aparte del temor reverencial que produce el enseñar lo que de todas maneras se debe saber), sus padres hicieron con ellos: prohibirles que compren u hojeen revistas —películas, libros, etc.— donde las señoras (las más) y los señores se muestran o hacen lo que todos sabemos que mostramos o hacemos en determinadas circunstancias.

Ahora bien, se le puede prohibir a un menor que reciba este material (otra cosa es que haga caso), pero le sigue quedando el mundo a sus pies. No se le cierra la biblioteca, por decirlo de alguna manera. Sólo que ésta dedicará menos presupuesto a ciertas suscripciones. Pero, en Internet no sucede lo mismo. Este material forma parte de un torrente de bits perfectamente individualizados pero que, en la suma, queda una síntesis diferente del todo y de cada una de sus partes. Cualquier criterio de censura que antes centraba su rabia en determinados productos, ahora debe cebarse en extensas áreas del conocimiento y la información porque la Red las interconecta y las presenta como una obra transdisciplinar imposible de conseguir en cualquier otro tipo de soporte. Y todo la obra está al alcance del usuario en tan sólo unos segundos de navegación.

Segundo problema: ¿En qué territorio se ejerce la censura? Ya sabemos lo que ha hecho Internet con la territorialidad de los Estados. Si censuran algo en EEUU, se puede publicar inmediatamente en medio mundo y ponerlo otra vez al alcance de todos, incluidos los censurados. ¿Qué va a hacer Clinton, mandar los marines para rastrear, localizar y destruir los ordenadores enemigos dondequiera que estos se encuentren? Por ahora, por suerte, parece ser que esta posibilidad está descartada. Pero, la que está en juego, por desgracia, no es muy tranquilizante: el FBI y la CIA llevan ya más de un año de conversaciones con las policías europeas para establecer grados de cooperación en la vigilancia de las redes (sería bueno que nos contaran públicamente cuál será la política de la Europol en este campo; aunque, sin necesidad de ser malpensados, nos la imaginamos). O sea, que el crimen es todavía mayor: los analfabetos digitales ahora también lo son mundiales y están trabajando para imponer sus criterios de censura en todo el globo.

¿Quiénes son los aliados en esta estrategia? La Casa Blanca, la CIA, el FBI y la Agencia Nacional de Seguridad, o sea, el Estado estadounidense, los estados europeos (ahora le toca a Alemania ejercer el liderazgo), China y las dictaduras o los gobiernos fundamentalistas árabes, o sea, las fuerzas más reaccionarias y retrógradas del planeta, las que poseen la más prolija hoja de servicios en el permanente intento de controlar la privacidad de los individuos, recortar los derechos civiles, fisgar en la vida privada y servirse de todo ello con fines políticos y, si el resultado final no daba para tanto, pues con fines comerciales, que para algo esto es el capitalismo.

No se trata, por tanto, de una cuestión de censura de la pornografía. Internet representa para estos estados la posibilidad de que la libre comunicación interactiva ofrezca al individuo el ejercicio de una potestad que hasta ahora le ha sido negada sistemáticamente. Puede obtener conocimientos que han permanecido clausurados en los baúles de las diversas lenguas dominantes y las diferencias económicas, sociales, religiosas o de otro tipo. Conocimientos arraigados en una territorialidad jerarquizada por el poder sobre los cuerpos físicos que ahora se disuelve en la interconexión de las mentes y en la instantaneidad universal de las redes, en las que comienza a perfilarse la imagen que secularmente ha aterrorizado a los estados: individuos juntos interactuando libremente entre sí. La reacción también secular del Estado ante este paisaje está sobradamente documentada en la historia de la sociedad industrial: volcar ese terror hacia sus propios ciudadanos. Ese es el punto de crisis que se abre hoy en la sociedad digital, un punto ya conocido en su formulación formal, pero revestido con nuevas propiedades: por una parte, la pretensión de los Estados de controlar los contenidos de las comunicaciones por la Red (para lo cual usarán, como siempre, los más variopintos argumentos: pornografía, seguridad del Estado, crimen organizado) y, por la otra, la defensa de la nueva libertad de expresión adquirida al convertirnos en ciudadanos de una nueva urbe: el ciberespacio.


Recomiendo a los lectores de en.red.ando que visiten las páginas de la
Unión de Libertades Civiles de EEUU —ACLU—, Electronic Privacy Information Center y Fundación de la Frontera Electrónica para ampliar este tema.

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