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Esperando a Da Vinci

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
30/1/1996
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Redes ciudadanas  Innovación  Historia red 
Editorial número 4

No se cogen o pescan truchas a bragas enjutas
(El Quijote, capítulo 71, 2a. parte)


¿Quiénes serán los Leonardo da Vinci del Renacimiento electrónico? ¿Quiénes capturarán la energía y la imaginación de millones de internautas en la era de la sociedad de la información? ¿De dónde provendrá el movimiento creativo que aprovechará a fondo las funciones que hoy prestan las redes, sobre todo la facultad de publicación y comunicación inmediata en un entorno interactivo? ¿Cómo serán las obras que quedarán como el legado indiscutible de la fundación del ciberespacio? Todas estas preguntas, que se pueden resumir en la primera, son las que hoy están colocadas sobre el tapete electrónico de Internet. Cualquier intento de respuesta nos sumerge inmediatamente en el gran dilema de nuestra era: el de los fines de una evolución tecnológica magnética, invasora, omnipresente. El dilema aparece como una pugna sorda, pero "in crescendo", entre el desarrollo tecnológico, por una parte, y los contenidos que le impriman sentido. Internet ha puesto de relieve, de una manera instantánea y universal, la contradicción que ha determinado la evolución de nuestra sociedad durante las últimas tres décadas y, en particular, los últimos tres años. Somos herederos de la fascinación por la tecnología. Una fascinación dotada de rasgos específicos, en particular estos tres: los avances tecnológicos han ocurrido a pesar nuestro; han penetrado en nuestras vidas unas veces de manera sutil, otras con impulsos burdos e invasores; y, finalmente, apenas hemos podido influir en sus contornos, ya no digamos en sus contenidos (cuando los ha tenido).

La comunicación interactiva por las redes está comenzando a modificar este paisaje. Millones de personas, organizaciones y empresas se están convirtiendo en comunicadores en las mejores circunstancias posibles: acceso fácil, vastas audiencias, posibilidad de elaborar el menú informativo a gusto del consumidor y todo ello de manera instantánea y modificable a través de la interacción con los destinatarios. Es un rito iniciático de proporciones, como jamás nadie —ni los expertos en comunicación social ni los teóricos de la aldea global— había imaginado. Esta energía configura un nuevo reto que es propio del ciberespacio: la primacía del desarrollo tecnológico, que previsiblemente luchará a brazo partido para mantener un ritmo de innovaciones crucial para su supervivencia, estará cada vez más cuestionada por el aluvión de iniciativas procedente de los millones de internautas interesados en cómo utilizar las nuevas tecnologías para expresar sus propios intereses.

Esta contradicción se manifiesta en estos momentos como un flujo constante de nuevas posibilidades técnicas, antes incluso de que se hayan aprovechado cabalmente las existentes, que apuntala el discurso hegemónico de los tecnólogos. Las empresas de tecnología se ven impelidas a alimentar esta constante evolución, pues en ello les va su continuidad en el mercado global. Pero el Renacimiento en la era de las comunicaciones por red tendrá que poner en su sitio esta hemorragia de innovaciones técnicas para convertir en una categoría histórica el proceso de creación de sus protagonistas, los internautas. Vint Cerf, uno de los padres del TCP/IP, asegura, en el último número de On the Internet de la ISOC, que "el resto de los años 90 pertenece a los suministradores de contenidos que utilizarán esta infraestructura de rápida evolución para brindadrnos materiales cada vez más sofisticados". Da Vinci, en la era de la sociedad de la información, tiene muchas cabezas, muchos talentos, muchas formas. Ha llegado la hora de que todas ellas afloren para sellar el compromiso con el desarrollo tecnológico a través de contenidos que cristalicen en la transformación de la educación, los negocios, la política, las relaciones sociales y las actividades personales, hasta configurar un mundo cuyos contornos resulta imposible de imaginar con nuestra perspectiva actual.

Da Vinci, a escena!


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