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Los monasterios del Siglo XXI

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
23/1/1996
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Organizador:  Enredando.com, S.L
Temáticas:  Nuevos medios  Comunicación digital  Internet 
Editorial número 3

Múdale el aire al viejo y darte ha el pellejo

Los benedictinos en el Siglo XV y la emigración rural británica en el siglo XIX son quizá los dos hitos más próximos que mejor nos permiten comprender el fenómeno de Internet o, más correctamente, el de la sociedad de la información interactiva y las reglas de juego que ésta impone, en particular, a los medios de comunicación. La actividad en las redes de telecomunicación comienza a subvertir los contenidos, la forma de funcionamiento, la organización y la orientación empresarial de estos medios. Hasta ahora, los medios se han encargado de obtener, procesar, sintetizar y diseminar información, mientras que el papel de la audiencia —lectores, oyentes o televidentes— ha sido fundamentalmente la de ejercer de receptora de esa información, lo cual ha consolidado un modelo basado en una estricta división de funciones entre ambas partes.

Por supuesto, las leyes del mercado, allí donde han funcionado, han impuesto una necesaria afinidad entre el emisor y el receptor a fin de mantener una cierta concordancia —económica, social, política— entre la oferta y la demanda de información. Pero, a pesar del riquísimo gradiente de opciones que ha ofrecido el esquema, los actores en juego se han mantenido inamovibles durante un par de siglos: un centro emisor de información y una audiencia receptora de ella. Internet, tomada como epítome de la comunicación interactiva en-línea, ha dinamitado este matrimonio. Estamos en los prolegómenos de percibir la onda expansiva de una explosión cotidiana y permanente sobre cuya capacidad de voladura lo desconocemos todo.

La información en los medios de comunicación tradicionales está estructurada de manera vertical. Independientemente de lo que en realidad querramos saber o de cuáles serían nuestras preocupaciones ese día, desde la portada hasta la última página (sea periódico, informativo radiofónico o telediario) se nos indica de antemano qué es lo más importante que ha sucedido en el mundo, por el espacio que ocupa, el tamaño de los títulos, las fotos o los gráficos, la página donde se encuentra, etc. Los medios asumen que el papel del lector es eminentemente pasivo.

Sin embargo, todo lo contrario sucede en la comunicación electrónica. Cuando se accede a la red, la relación con la información es horizontal. El propio usuario decide cuál es su primera página, que es lo que más le interesa y selecciona a su fuente de información de entre una oferta impensable incluso en el kiosko mejor surtido del planeta. Además, puede interactuar sobre el mensaje, entrar en contacto directo con los protagonistas que le interesen y, por supuesto, reelaborar el contenido de la información, transformarla en conocimiento a través de un proceso eminentemente participativo y, si lo desea, volverla a colocar en la Red. Se ha operado una curiosa y trascendental metamorfosis. Ya no es un mero receptor, sino que ha adquirido las capacidades de un diseminador de información. En otras palabras, es un medio de comunicación con todas las de la ley.

Internet, por tanto, ha devuelto la voz a millones de seres que hasta ahora sólo tenían ojos. Seres que, individual o colectivamente, están aprendiendo a satisfacer de otra manera sus necesidades de información y conocimientos según las leyes aún no escritas de la sociedad de la información. A los medios de comunicación tradicionales no les queda más remedio que investigar seriamente este aspecto crucial de la nueva era en vez de tratar de atrincherarse en las posiciones conquistadas hasta ahora y en hacer valer un prestigio como "diseminadores profesionales de información" que, previsiblemente, a mediano plazo, será cuestionado por la diversidad y multiplicidad de medios en la red.

Ahora tienen la oportunidad de actuar a partir de la propia dinámica que genera la nueva infostructura y la variedad de recursos que pueden desplegar en esa dirección. Porque si a lo máximo que llegan es a trasladar a la red sus actuales contenidos —y hábitos de elaborarlos—, no hace falta ser un profeta para augurar los problemas que deberán afrontar.

En el capitalismo (en cualquier "ismo") nadie goza de derechos inalienables. Las tendencias brotan, se consolidan y mueren o languidecen a manos de otras nuevas. A las organizaciones que las vehiculan les ocurre lo mismo. Hoy hay un nuevo paradigma en marcha que pone en cuestión quién y cómo obtiene y difunde la información y el conocimiento y, sobre todo, para qué. Las empresas de comunicación que no respondan a esta nueva situación y no eleven sus competencias y capacidades para afrontar el nuevo reto, están destinadas a sufrir. Para participar plenamente en la sociedad de la información no valen solamente las consideraciones económicas tradicionales (dónde está el beneficio, quién está dispuesto a pagar qué, etc.) porque hacen perder de vista el peso gravitatorio del propio acontecimiento social: yo, con mi voz y la de los vecinos electrónicos, puedo generar una visión nueva de repercusiones inimaginables.

Y aquí vienen a cuento los benedictinos y las otras órdenes religiosas que durante la Edad Media montaron el más vasto y prolífico negocio editorial de que tengamos memoria. Hasta que un tal Juan Gensfleisch, conocido como Gutenberg, les sacó del libro de la historia y les metió en los museos al inventar la imprenta de tipos móviles en 1440. Por irónico que parezca, los bellísimos códices murieron estrangulados por la alfabetización. Una alfabetización que comenzó pausadamente, pero que se disparó con la fenomenal emigración del campo a la ciudad en los albores de la sociedad industrial. Nadie supo aquilatar en aquel momento las consecuencias culturales, sociales y económicas del incipiente fenómeno de las urbes industriales. Hoy, volvemos a tener otra vez este tipo de desafío delante de nuestras narices. Internet es en estos momentos una pequeña ciudad de 40 millones de habitantes: no más que Nueva York, México y Nueva Delhi juntas.

¿Alguien puede imaginar que sucederá cuando los pasivos habitantes de las "zonas rurales informativas" emigren hacia las efervescentes ciudades electrónicas del ciberespacio? Esto no es algo que sólo verán nuestros hijos. Lo viviremos nosotros. Las estimaciones más recatadas de crecimiento de Internet hablan de 200 millones de internautas para el 2000. Las más optimistas, de 1000 millones. ¿Qué empresas de la comunicación actuales se convertirán en los monasterios del siglo XXI tratando de sobrevivir al margen del bullicio, la pujanza y la hiperactividad de un ciberespacio repleto de "info-alfabetos" gracias a su doble faceta de receptores y diseminadores de información?


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