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Bombas saludables

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
13/4/1999
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Ciencia  Política 

Fecha de publicación: 13/4/99

Editorial número 163

Para el mal que hoy mata, no es remedio el de mañana

Con la misma discreción que una picada de mosquito en el atardecer, así ha pasado de puntillas por la prensa occidental los últimos avatares africanos de la vacuna contra la malaria. En la reunión más importante de malariólogos de este siglo, celebrada en Durban hace menos de un mes, el equipo del Hospital Clínic de Barcelona presentó los resultados del último ensayo clínico realizado en recién nacidos en Tanzania con la vacuna desarrollada por el doctor colombiano Manuel Patarroyo. Después de haber superado todas las pruebas previas a lo largo de 13 años, la Spf66 no logró salvar esta postrera y decisiva valla. Africa, sobre todo el Africa Subsahariana, se ha quedado sin vacuna frente a uno de los flagelos más impenitentes que asola su población. Cada año, el parásito causante de las fiebres palúdicas lleva al hospital a unas 500 millones de personas en el mundo. Según sean las estaciones de lluvias, entre uno y tres millones de éstas mueren, la gran mayoría bebés. Y casi el 85% de las víctimas habitan el Africa Subsahariana. Para ellas no hay acciones de despliegue rápido para evitarles el sufrimiento, ni puentes aéreos de ayuda humanitaria, ni nada que se le parezca. Para ellos, aparte del hambre, la pobreza y las guerras, la llegada del Siglo XXI les ha traído la peor noticia posible: no habrá vacuna contra la malaria al menos durante una o dos décadas. No sólo porque haya fallado la fabricada por Patarroyo, sino porque también así lo hemos decidido los países ricos y, seguramente, así se cumplirá a menos que nuestra percepción de las cosas, de la riqueza y la pobreza, de los real y de lo posible, cambie de óptica.

La vacuna de Patarroyo ha demostrado que reduce los casos clínicos de malaria en un 30% en niños africanos de entre uno y cinco años. Si se tratara de una vacuna contra el Sida, ningún gobierno occidental se atrevería a descalificar el invento con esos resultados en la mano y a esperar a que llegaran vientos  mejores. Pero la malaria no es el sida. La primera afecta fundamentalmente a la población más desfavorecida del planeta. La segunda también, pero también a la más opulenta. El resultado es que tras el sida opera un poderoso lobby que nunca habría dejado en la estantería una vacuna que prometía un magro resultado --protección del 30%--, pero que abría una puerta a la que nadie, hasta ahora, había logrado ni siquiera asomarse. La vacuna de Patarroyo, efectivamente, es la primera en la historia contra la malaria que funciona, que protege contra un parásito y, además, que se consigue por síntesis química y no por procedimientos biológicos.

Pero no es suficiente. En las condiciones actuales de pobreza en que se debaten los millones de personas que sufren --y mueren de-- las fiebres palúdicas, la vacuna debe funcionar, aunque sólo sea al 30%, en los recién nacidos. Porque sólo para esa franja de edad, la OMS ha conseguido desarrollar una infraestructura, denominada Programa Ampliado de Inmunización (PAI) para administrar un paquete de vacunas de golpe en los países menos desarrollados del planeta: tuberculosis, difteria, tétanos, tosferina, polio y sarampión. Si hubiera que poner en marcha un plan de vacunación masiva para proteger de la malaria a los "mayores" de uno a cinco años aunque sólo sea con una eficacia del 30% (lo cual puede representar el salvar unas 300.000 vidas al año), la respuesta de la OMS y de los países donantes es expeditiva: no hay recursos. Mientras tanto, hace tres semanas comenzó el ensayo en países del sudeste asiático de una vacuna contra el sida en humanos, mucho más menos probada y menos eficiente en el laboratorio que la de Patarroyo, pero que cuenta con el apoyo de potentes firmas de biotecnología de EEUU y del propio gobierno estadounidense.

Ya sé que es un recurso demagógico, pero también un apunte pornográfico: bastaría una parte infinitesimal de lo que la OTAN está invirtiendo en bombardear Yugoslavia, ya no digamos de los presupuestos militares de los cuatro o cinco grandes fabricantes de armamento, para establecer una red de centros de investigación y atención sanitaria de arriba abajo de Africa que garantizara la vacunación del segmento de población susceptible de ser protegida por la Spf66 (o cualquier otra que venga detrás con una eficacia mejorada). Sabemos que no va a suceder. Entre otras cosas, porque la malaria, aparte de sus atractivas connotaciones bíblicas y de los ocasionales casos de turistas afectados, no es un "bien" informativo para los países info-opulentos. Todo lo contrario de lo que sucede en el 80% del planeta. Su población requiere generar sus propios sistemas de información sobre las enfermedades infecciosas, encontrar el equilibrio entre las medidas terapéuticas y las preventivas, generar los recursos para alcanzar unas y otras y encontrar un encaje con la ciencia occidental que supere la dualidad misionero-evangelizado. Y esto depende en gran medida de la oportunidad que tengan de desarrollar sistemas propios de comunicación que globalicen informativamente a la malaria. Algo parecido a lo que, con tanta eficiencia, consiguen Milosevic, Solana, israelíes-palestinos o Mónica Lewinsky.

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