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Universo en expansión

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
30/3/1999
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Ciencia 

Fecha de publicación: 30/3/99

Editorial número 161

Quien mucho quiere saltar, de lejos lo ha de tomar

En los últimos 15 años me ha tocado participar en numerosos debates y foros sobre la comunicación social de la ciencia. En todos ellos, invariablemente, los temas candentes giraban en torno a si los medios de comunicación de masas informaban bien, mal, mucho o poco sobre lo que ocurría en el mundo de la ciencia; si el periodista científico nacía o se hacía y, en cada caso, cómo se relacionaba con la comunidad científica; qué pensaban los integrantes de ésta sobre cómo reflejaban los medios su trabajo; cuál era la mejor metodología para incrementar el volumen de información y divulgación científica sin caer en el catastrofismo, la "titularitis" y otras patologías del rigor informativo; la necesidad de alcanzar estos objetivos como parte del proceso de formación en una sociedad democrática, etc. Estos debates, en contra de lo que pueda parecer, han abonado el terreno y han conseguido algunos frutos. Pero, curiosamente, el discurso ha permanecido estancado. Esto es todavía más sorprendente si tomamos en cuenta la potente variable que Internet ha introducido en la comunicación social de la ciencia. Hoy, aunque no vivimos en el mejor de los mundos, hay más información científica en los medios de comunicación. Pero, al mismo tiempo, ha aumentado el estado de desasosiego de científicos y comunicólogos ante lo que califican como "tratamiento escaso o trivial de la comunicación social de la ciencia", en línea con lo que venían pregonando unos y otros hace 15 años. Sin embargo, por el otro lado de la ecuación se ha registrado un cambio notable: cada vez hay más gente interesada en saber qué ocurre con la ciencia y la tecnología y, sobre todo, con la comunicación social de la ciencia.

Este fin de semana pasado vivimos otro episodio de esta aparente disparidad: El I Congreso sobre Comunicación Social de la Ciencia (1), celebrado los días 25, 26 y 27 de marzo en Granada, magníficamente organizado por el Parque de las Ciencias de la ciudad andaluza. Más de 400 participantes siguieron fielmente las sesiones, animadas por la enésima constatación del divorcio entre la pujante importancia de la ciencia y la tecnología en la vida cotidiana, por un lado, y la dificultad de integrar este proceso en una cultura científica a nivel de la opinión pública, por el otro. El hecho de que lo único nuevo en estos encuentros sea el aumento de la población interesada en estos temas ya debería hacernos reflexionar.

El problema, a mi entender, no es específico de la comunicación social de la ciencia, sino de un modelo de comunicación al que se le exige unas prestaciones que ya no puede ofrecer. En estos últimos años, la irrupción de nuevos sistemas para procesar, transmitir y recibir información, entre otras cosas, ha multiplicado espectacularmente el número de emisores y receptores, así como nuestra capacidad de densificar la información (cada uno recibe cada vez más información sobre temas que nos interesan y cada vez más la recibimos mediante sistemas de información complejos a pesar de su sencillez de manejo). Todo esto está modificando nuestra percepción no sólo de la comunicación, sino del papel que jugamos en ella. Aumenta nuestro nivel de exigencia  en cuanto a la inmediatez de la información, o a su calidad de uso, y también respecto a nuestra propia participación en el proceso comunicativo. Para unos es el equivalente de "si no salgo en la foto, no existo". Para otros, es el de la elección de lo que desean, de una información "clientelizada", "a la carta", "personalizada". En ambos casos, el resultado es la constante fragmentación de los mundos informativos en mil pedazos.

De este corsé no se escapa la comunicación social de la ciencia, ni siquiera la comunidad científica, cuyas formas y modos de comunicar los resultados de la investigación comienzan a verse afectados por las tecnologías de la Sociedad de la Información. Pero este cambio ataca directamente al propio modelo en el que están inscritos los medios de comunicación de masas. El crecimiento constante de emisores se corresponde con un crecimiento "desproporcional" del volumen de información en circulación o almacenada en diferentes soportes lista para ser inyectada en el circuito en cualquier momento. Hoy, no hay individuo, organismo, institución, administración o empresa que se precie de su importancia social que no tenga su gabinete de información. Y el destino de su producción es, fundamentalmente, los medios de comunicación, reconocidos como intermediarios válidos en este recorrido entre los emisores y los receptores.

La consecuencia es clara: el volumen de información que deben gestionar los medios se ha disparado en unos pocos años. Lo mismo ha sucedido con los propios medios de diferente tipo, categoría, temática y difusión que tratan de ajustar sus cuentas particulares con esta inflación informativa. Al mismo tiempo, los formatos permanecen estancados en el tiempo fijado por la revolución industrial. La prensa, primero, los medios  audiovisuales, después, comprimen la información en espacios estancos (80 páginas, media hora, cinco minutos, etc.) y allí la desparraman de acuerdo a una organización vertical y jerarquizada. Esto, en un período de expansión del universo informativo, anuncia algo más que problemas coyunturales: es la manifestación de la crisis de un modelo informativo. No se puede publicar más de lo que cabe en el formato, ni de lo que autoriza una forma jerarquizada de organizar la información. Por tanto, la labor de discriminación de ésta alcanza un valor supremo, pero no sortea la cuestión de fondo: hay un límite a la cantidad y la variabilidad de información que puede proporcionar un medio, justo cuando esa cantidad y variabilidad aumenta a ojos vista.

En el caso de la ciencia, esta crisis es particularmente notable, pues entra en juego el recién descubierto papel de emisores de información hacia los grandes medios de las revistas científicas de referencia. Estas se comportan como vulgares gabinetes de comunicación que luchan desesperadamente por un pedacito de papel impreso o sus 15 segundos de fama en un espacio audiovisual. Si a este panorama unimos que el agujero del embudo analógico por donde discurre la comunicación social de la ciencia es muy, muy pequeño, no es difícil deducir por qué el debate se ha estancado. Gira como un gigantesco agujero negro que se alimenta de la "información cesante", la que pudo ser y nunca será, la que pudo ser tratada de una cierta manera, pero ni siquiera rozó el borde del ideal, la que debería ser y, sin embargo, permanece como una utopía irrealizable.

Todo lo contrario sucede en los medios de difusión digitales interactivos, en particular en Internet. La Red ofrece la oportunidad de comunicar la ciencia de una manera diferente, sin estas limitaciones y con una participación del ciudadano en este proceso hasta ahora impensable. Estamos en el umbral de un cambio importante desde este punto de vista: la transición de una opinión pública basada en una visión reduccionista de los acontecimientos que suceden a su alrededor, a una opinión personal basada en la selección personal de la información suministrada con criterios maximalistas. Ahora bien, para llegar a este punto tenemos que "descubrir" las enormes posibilidades que nos ofrece la investigación científica para desarrollar nuevos medios adaptados a las necesidades de la comunicación social (casi diría, personal) de la ciencia. Si tomamos como ejemplos las universidades y centros de investigación, vemos que la información que suelen ofrecer en la WWW está más impregnada del aroma estático del  póster que de un servicio informativo dirigido hacia la opinión pública, la industria e incluso sus propios pares en la comunidad científica. O sea, hay todavía un mundo de oportunidades para desarrollar nuevos medios basados en la información científica, tanto para la propia comunidad investigadora, como para los ciudadanos. Nuestra modesta experiencia desde la l'Associació Catalana de Comunicació Científica ACCC) (2) con una simple lista de distribución en la que participan periodistas y científicos de España y América Latina es suficiente expresiva de las enormes posibilidades del medio.

Vista desde este prisma, la cuestión, por consiguiente, no es si carecemos o no de una cultura científica, sino de cómo participamos en la cultura de las redes. Y ésta supone desde desbaratar la estructura jerarquizada de la información, hasta llegar a procesar ésta en colaboración con los sectores interesados y diseñar flujos de comunicación que logren acercar a la demanda y la oferta (así como ahora lo hacen los foros sobre la comunicación social de la ciencia, aunque los discursos sean dispares, entre otras cosas porque todavía reflejan la actual jerarquización de la información: a un lado los que saben de ciencia y comunicación, al otro los legos).

Esperemos que el II Congreso sobre Comunicación Social de la Ciencia comience a ajustar cuentas con la Sociedad de la Información, de cabida a la incipiente representación de la comunicación científica a través de las redes y, pruebe su apertura hacia la cultura de las redes enredando al propio congreso. En el de Granada nos comportamos como dignos hijos de la comunicación de la revolución industrial: nos distribuimos papeles, recibimos nuestro excelente libro de ponencias y disfrutamos con el contacto físico en las sesiones. El próximo congreso debería ser capaz de mantenernos en contacto antes y después de las sesiones presenciales, alimentar los debates a través de las redes y alentar la proliferación de iniciativas que devengan en medios de comunicación pre, durante y post congreso.

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