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Sicarios digitales

Autor: Luis Ángel Fernández Hermana
12/3/1996
Fuente de la información: Revista en.red.ando
Temáticas:  Conflictos  Internet 

Editorial número 10

Sacar el ascua con mano ajena


La WWW es el resplandeciente escaparate de Internet. El gran almacén que se mantiene abierto las 24 horas del día, con sus letreros luminosos encendidos y sus estanterías constantemente repletas de bienes, servicios y promesas. Dicen que cada 4 segundos se publica una nueva web. Dependiendo se quien cuenta, el total de páginas ronda entre los 15 y los 19 millones.

El ciberespacio va tomando cuerpo a través de esta abigarrada concurrencia de servidores de información que crean y recrean incesantemente espacios nuevos, los barrios, plazas, avenidas y calles de la urbe digital. Me he detenido en calles, pero podía haber seguido con las callejuelas, pasajes, descampados y bajos fondos, que también existen en el WWW.
Mientras los grandes nombres atraen la atención pública con la pulcritud de sus páginas y el prestigio de sus imágenes corporativas, en los márgenes de la WWW se libra una desigual batalla en forma de escaramuzas y guerra de guerrillas electrónica. El objetivo no es otro que el de imponer un determinado tinte ideológico a la información que circula por Internet. Hasta ahora, este fenómeno había surgido fundamentalmente en EEUU, sin atraer mucho la atención pública, a modo de guerra sorda, pero costosa. Ahora, poco a poco, comienza a emerger cada vez de manera más descarada amparada por la "Internititis" (fiebre por regular los contenidos de Internet) que aqueja a los gobiernos y que comienza a adquirir dimensiones de pandemia.

Numerosos grupos ecologistas de EEUU —al igual que muchas otras entidades dedicadas a cuestiones que afectana las llamadas minorías sociales— han sido los primeros en sufrir en carne propia los avatares de esta guerra sucia. Muchos de estos grupos han visto potenciado enormemente su audiencia y su capacidad de pegada social gracias a Internet. Donde antes eran unos cuantos individuos agrupados alrededor de una determinada demanda de carácter local, ahora —vía el WWW— se han convertido de la noche a la mañana en una potente red de entidades capaces de movilizarse con rapidez y de poner en jaque a caciques y corporaciones. Y esto ha hecho infeliz a mucha gente. Sobre todo a los caciques y las corporaciones y, cómo no, a las "mayorías morales" que suelen tener una especial debilidad por estos dos tipos de especímenes.

Antes de Internet, la solución de esta infelicidad solía resolverse con apaleamientos, destrucción de los locales del "enemigo" y un amplio catálogo de delitos que solían quedar silenciados con la complicidad de la comunidad bienpensante, aunque la oferta incluyera incluso el asesinato. Ahora, con Internet, las cosas no son tan fáciles. Los ordenadores pueden estar en cualquier lado y el impacto del mensaje estriba en la capacidad de síntesis y de agrupación de la información generada en muchos puntos distintos.
Por tanto, el método de "lucha ideológica" ha cambiado. A tono con los tiempos, el protagonista ahora es el sicario digital: niños o jóvenes contratados por grupos de la derecha —muchos de ellos amparados por cuerpos de seguridad que responden directamente a los estados o al gobierno federal— a los que se les dota de buen equipamiento para que enmascaren su identidad, penetren en los sistemas del "enemigo", emborronen sus pantallas, saturen sus servidores con información basura (varios megas de correo electrónico con archivos inútiles) o los mantengan constantemente ocupados o, directamente, los destruyan para evitar que difundan sus ideas a través de la Red.


El hecho de que actúen en los márgenes de la Web y apenas se les preste atención no diluye la gravedad de este tipo de comportamiento. Aquí sí vemos asomar la peor sombra de lo que puede ser en el futuro cercano el ansia de los grandes centros de poder por recuperar el control de la información y el conocimiento que Internet les ha arrebatado. Utilizan métodos que conocen bien, tienen las arcas repletas para financiarlos y, como siempre, son los sicarios los que dan la cara. Ellos no se manchan. No obstante, sus posibilidades de éxito son muy reducidas. Podrán "sacar" de la red por un tiempo a algunos internautas, pero siempre habrá muchos más dispuestos a prestar sus memorias electrónicas para mantenerlos dentro del ciberespacio.

Los sicarios digitales y sus amos se divertirán un rato, pero, a la larga, comprobarán cuán difícil será para ellos la transición de la sociedad postindustrial a la sociedad de la información. En ésta, no se descarta por supuesto que el desacuerdo se manifieste incluso con mensajes en el web del vecino. Pero firmados: así todos sabemos quién es quién, qué piensa cada uno y dónde estamos ante cada una de las situaciones que nos plantea la vida. Este es, precisamente, uno de los factores que han contribuido al éxito irrefrenable de la comunicación interactiva en línea.


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